Reflexión de Maryknoll para Corpus Christi

Tiempo de lectura: 4 minutos
Por: La Oficina de Asuntos Globales Maryknoll
Fecha de Publicación: Jun 17, 2022

Por Kathleen Kollman Birch
Domingo, 19 de junio del 2022
Génesis 14: 18-20; Salmo 110: 1, 2, 3, 4; 1 Corintios 11: 23-26; Lucas 9: 11b-17 

Kathleen Kollman Birch, directora de comunicaciones de la Oficina de Asuntos Globales Maryknoll, recuerda la experiencia de una Misa en un refugio para migrantes en representación del poder unificador del Cuerpo y la Sangre de Cristo.

En el verano del 2015 viví en Houston Catholic Worker, conocida como Casa Juan Diego, que era una casa de hospitalidad para inmigrantes y solicitantes de asilo. En cualquier semana, entre las casas de hombres y mujeres, habría entre 30 y 100 personas alojadas allí, de todos los rincones del mundo, principalmente latinoamericanos, pero siempre algunos del continente africano también.

Todos los miércoles por la noche, la comunidad, tanto los invitados como el personal, se reunían para celebrar una Misa en la casa de los hombres. Era una Misa sencilla, en una sala grande convertida en capilla con la adición de un altar improvisado y sillas plegables. Había música, himnos en español dirigidos por los fundadores de Casa Juan Diego, Mark y Louise Zwick, y por lo general un invitado daba un testimonio sobre su viaje a los Estados Unidos en algún momento de la noche.

Un ritual semanal, esta Misa entre semana podría fácilmente descartarse como otra obligación monótona de la vida en la Casa Juan Diego. Algunos de los invitados (que debían asistir) e incluso a veces el personal ciertamente lo vieron de esa manera. Pero en uno o dos de los días miércoles por la noche mientras estuve allí, hubo algo en la Misa que me pareció poderoso, esencial, incluso místico.

Si miraba a mi alrededor, podía observar las dificultades y el trauma que los invitados llevaban consigo. El agotamiento corporal era evidente, ya que muchos de ellos se sentaban desplomados en sus sillas o se levantaban lentamente para comulgar. Muchos vestían ropa que no les sentaba bien y les quedaba mal que habían elegido de nuestro depósito de donaciones. Algunas de las mujeres estaban tratando de que sus niños no se distraigan, usando sus últimas onzas de paciencia para mantener la calma.

Sin embargo, en los rostros de algunos también pude ver algo parecido al alivio. Para muchos, el ritual de la misa era familiar, un bálsamo después de meses de desconocimiento en un viaje duro y peligroso. Aquí en esta Misa en la Casa Juan Diego, la mayoría de los que hablaban español se llamaban “hermanos y hermanas”. Aquí, en este espacio, se les dijo que eran bienvenidos. Había suficiente pan para todos.

En las lecturas de hoy para la Fiesta del Corpus Christi, en las que celebramos el poder de la Eucaristía, escuchamos el relato de la última cena de Jesús de San Pablo, seguido de la hermosa Secuencia del Corpus Christi y por el relato del Evangelio de Lucas de la multiplicación de los panes. Algunas líneas me llaman la atención al recordar la experiencia de aquellas misas de los miércoles por la noche:

De la Secuencia de Corpus Christi: “Bajo símbolos diversos y en diferentes figuras, se esconden ciertas verdades maravillosas, profundas.”

Del Evangelio: “Después Jesús tomó en sus manos los cinco panes y los dos pescados, y levantando su mirada al cielo, pronunció sobre ellos una oración de acción de gracias, los partió y los fue dando a los discípulos para que ellos los distribuyeran entre la gente. Comieron todos y se saciaron”

Ocultas bajo la apariencia monótona de esas misas de los miércoles había “cosas invaluables”, realizadas por la gracia de Dios. En primer lugar, Jesús estaba en medio de nosotros en la Eucaristía, pero también en la reunión pacífica de los creyentes, así como en la presencia misma y la experiencia de los migrantes y marginados.

En este domingo en el que celebramos la centralidad de la Eucaristía en nuestra vida de fe, pienso en esta Misa y me doy cuenta del poder de compartir ese pan y vino, Cuerpo y Sangre de Cristo, para hacernos, un grupo dispar de personas reunidas de todos los rincones del mundo, uno.

Las personas en esa sala eran marginados, llamados “ilegales” y denigrados por muchos en Estados Unidos que no los querían allí. Las circunstancias quebrantadas que enfrentaban eran representativas de la naturaleza fracturada del cuerpo de Cristo. Sin embargo, en esa habitación, experimentamos la realidad “escondida” de nuestra unidad, y representamos la bienvenida al ofrecer hospitalidad y compartir el Pan. Aunque la Misa pasó, pareciendo tan ordinaria, salimos nuevamente “saciados”.

Me sorprende que gran parte de la vida sea así: verdaderas realidades escondidas debajo de las cosas ordinarias. Creer en Cristo Eucaristía nos enseña a mirar el mundo con los ojos de la fe. Jesús está presente en el Pan, y con los ojos de la fe sabemos también que está presente en nuestros hermanos y hermanas, los migrantes y los marginados, y que nosotros, su pueblo, dividido de tantas maneras, somos también de alguna manera hechos uno a través de su amor.

Para leer otras reflexiones bíblicas publicadas por la Oficina de Asuntos Globales Maryknoll (en inglés), haga clic aquí. Y vaya aquí para reflexiones en español. 

Foto destacada: Una mujer recibe el Cuerpo de Cristo en Rio de Janeiro.  Kathleen Kollman Birch reflexiona sobre el poder unificador del Cuerpo y la Sangre de Cristo. (Thays Orrico, disponible en Unsplash)

Sobre la autora/or

La Oficina de Asuntos Globales Maryknoll

La Oficina de Asuntos Globales Maryknoll (MOGC por sus siglas en inglés) expresa la posición de Maryknoll en debates sobre políticas públicas, con el propósito de ofrecer educación en temas de paz y justicia social, defender la integridad de la creación y abogar por la justicia social, económica y del medio ambiente. Visita maryknollogc.org

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