Iglesia Católica lucha para dar ayuda humanitaria a Myanmar

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Por: ACI Prensa
Fecha de Publicación: Abr 3, 2025

Por Victoria Cardiel, ACI Prensa

Los equipos de rescate trabajan contrarreloj en Myanmar en busca de sobrevivientes bajo los escombros después del terremoto de magnitud 7,7 del pasado viernes. Pero la lucha no solo es contra el tiempo o las altas temperaturas, de más de 40 grados.

“El ejército no permite que los equipos de ayuda operen libremente”, explica a ACI Prensa un sacerdote de la diócesis de Loikaw, en el este de Myanmar.

“La Iglesia también está tratando de ayudar, pero nos encontramos con innumerables obstáculos. No podemos acceder libremente a las zonas afectadas porque hay controles militares en todas partes. Se confiscan suministros, se impide el paso de los voluntarios y en algunas áreas el ejército ni siquiera permite que las víctimas reciban la asistencia que necesitan”, denuncia el presbítero, que ha pedido mantener su anonimato.

El sacerdote teme que haya represalias del régimen militar que tomó el poder mediante un golpe de Estado en febrero de 2021 y que derrocó al gobierno democráticamente elegido del partido Liga Nacional para la Democracia.

De momento, el balance oficial de víctimas del terremoto asciende a 2.886 muertos, mientras que los heridos se acercan a los 4.639, según las últimas cifras compartidas por la junta militar. Se espera que esa cifra siga aumentando.

La devastación se extiende, sobre todo, por Mandalay, la segunda ciudad más grande del país, a tan solo 17 kilómetros del epicentro del terremoto, así como en la capital, Nay Pyi Taw, que está a más de 240 kilómetros de distancia, y en la región de Sagaing, en el noroeste del país.

 

La Iglesia Católica, “una de las primeras en responder” a la tragedia

“Mucha gente sigue atrapada bajo los escombros, pero el tiempo pasa y las posibilidades de encontrar sobrevivientes se reducen. Además, los que lograron salir con vida están en condiciones deplorables: sin comida, sin agua potable y sin refugio. Hay una gran necesidad de asistencia médica, pero tampoco hay acceso a hospitales adecuados”, relata el sacerdote.

“La gente está desesperada. Esta mañana escuché a una persona decir: ‘Si no pueden darnos otra cosa, al menos dennos agua limpia’. Eso demuestra la gravedad de la situación”, añade.

Desde el primer momento, la Iglesia Católica intentó movilizarse para atender a los damnificados. A través de Cáritas Myanmar (KMSS), se han coordinado equipos para distribuir agua potable, alimentos y medicinas.

“La Iglesia ha sido una de las primeras en responder a la emergencia, pero nos encontramos con barreras en cada intento de ayudar. Hay puestos de control militares en las carreteras, se nos exige permiso para transportar suministros y, en muchos casos, los militares simplemente confiscan la ayuda o impiden el paso”, explica el sacerdote.

Myanmar, un país en crisis

La nación, una de las más pobres de Asia, lleva cuatro años sumida en una guerra civil desencadenada por el golpe de Estado de 2021 que perpetró la actual junta militar en el poder. El conflicto ha desplazado a 3,5 millones de personas, según la ONU, y ha exacerbado la pobreza y la inseguridad alimentaria.

A pesar de la crisis humanitaria desatada tras el potente seísmo, la espiral de violencia no ha cesado.

“El conflicto hace que sea casi imposible trasladar ayuda de una región a otra. La junta militar controla el acceso a las carreteras principales, hay retenes en todas partes y cualquier persona que intente llevar suministros corre el riesgo de ser arrestada o de que le confisquen todo”, relata el sacerdote.

El arzobispo de Rangún y presidente de la Conferencia Episcopal de Myanmar, Charles Maung Bo, ha pedido un alto el fuego en su país para facilitar las labores de rescate. Su llamamiento no ha tenido éxito.

“Hemos recibido reportes de enfrentamientos en algunas zonas, pero las comunicaciones están dañadas, lo que dificulta evaluar el impacto total”, asegura Lisette Suárez, jefa del Departamento de Salud Mental y Protección de Acción contra el Hambre en Myanmar, una de las asociaciones encargadas de hacer acopio de la ayuda humanitaria extranjera y distribuirla por el país.

“Es fundamental garantizar el acceso seguro y sin restricciones a todas las comunidades afectadas, sin importar bajo qué control se encuentren”, insiste.

La distribución de ayuda humanitaria se ha visto también obstaculizada porque muchas carreteras y vías principales “han quedado completamente destruidas” tras el temblor.

“Además, algunos aeropuertos locales aún están trabajando para restablecer sus operaciones, lo que limita el transporte aéreo de ayuda humanitaria”, señala Suárez.

Sin alimentos, agua y electricidad

A esta parálisis de infraestructura se suman los problemas administrativos, ya que muchas oficinas gubernamentales también han sufrido daños y parte de su personal está directamente afectado por la tragedia, comenta Suárez.

“El país ya atravesaba una crisis humanitaria antes del desastre, con un conflicto que limita la movilidad y el acceso seguro a muchas zonas”, añade.

El suministro de electricidad y agua corriente sigue interrumpido, lo que dificulta el acceso a los servicios de salud y aumenta el riesgo de propagación de brotes de enfermedades a través del agua y los alimentos. Además, los hospitales funcionan a medio gas.

“Están atendiendo a pacientes en las calles, con recursos limitados y sin electricidad. Los pocos centros de atención en pie están desbordados”, advierte esta trabajadora de Acción contra el Hambre, organización que lleva 30 años en el país.

Los problemas de suministro afectan también a la alimentación. “Los mercados han colapsado y no hay acceso a alimentos básicos. Miles de familias han perdido sus medios de subsistencia”.

El terremoto no solo ha empeorado las condiciones de los desplazados internos por el conflicto. “Ha afectado a todos, sin distinción. A comunidades desplazadas, a quienes vivían en zonas en conflicto y a quienes no”, explica Suárez, que también hace hincapié en el  incalculable impacto psicológico para una población ya traumatizada por la guerra.

“El terremoto ha dejado una marca profunda en la salud mental de la población. No solo las comunidades han sufrido pérdidas humanas y materiales, sino también los equipos de respuesta están trabajando en condiciones extremadamente difíciles”, detalla.

A pesar de las dificultades, la ayuda internacional ha comenzado a llegar, aunque la magnitud del desastre supera con creces las capacidades locales.

“Muchas organizaciones están utilizando suministros que habían sido reservados para la temporada de monzones (junio-octubre) pero probablemente no sean suficientes”, advierte Suárez.

En todo caso, a pesar de la devastación, la pequeña comunidad católica en Myanmar sigue mostrando una gran resiliencia.  “Nuestra fe sigue fuerte. A pesar de las dificultades, seguimos unidos, orando y ayudándonos unos a otros. No podemos perder la esperanza en que vendrán días mejores”, concluye el sacerdote.

Imagen destacada: Una madre desplazada abraza a su hijo mientras espera al lado de la carretera para recibir ayuda en Sagaing, Myanmar, el 2 de abril del 2025. El 28 de marzo un terremoto de 7,7 grados impactó el país. Mientras se espera que las cifras superen los 3.000 muertos, organizaciones católicas como Catholic Relief Services están trabajando contrarreloj para suministrar ayuda humanitaria a los necesitados. (OSV News/Reuters)

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