Por Victoria Cardiel, ACI Prensa
Hay unos 20.000 marineros atrapados en el estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más estratégicas del mundo, según los datos que maneja la Organización Marítima Internacional (OMI).
Pero más allá del impacto económico y geopolítico, la guerra está “quebrando la salud mental de estos trabajadores”, advierte Mons. Luis Quinteiro Fiuza, Obispo emérito de Tui-Vigo (España) y presidente del Apostolado del Mar, en declaraciones a ACI Prensa.
“Los que están encerrados en esos barcos sin poder salir desde hace semanas viven una angustia constante; la vida se cuenta por segundos, con el miedo real de que todo pueda terminar en cualquier momento con un bombardeo”, asevera.
La semana que sigue al Triduo Pascual, Mons. Quinteiro tiene previsto viajar a Londres (Reino Unido) para tener reuniones de alto nivel en la OMI, organismo de las Naciones Unidas responsable de la seguridad y la protección del comercio marítimo, que ha propuesto la creación de un “corredor marítimo seguro” que permita a los buques abandonar la zona del Golfo Pérsico y el estrecho de Ormuz sin riesgo.
“Estamos ante una situación verdaderamente dramática para todos, pero especialmente para los marineros y sus familias”, subraya Mons. Quinteiro. Pese a las limitaciones logísticas en la zona, donde casi no hay presencia de cristianos, el Apostolado del Mar mantiene el contacto con algunas familias de las personas que están encerradas en los barcos.
“Las familias viven esto con una angustia enorme. Están horrorizadas: pendientes minuto a minuto de lo que ocurre, y muchas nos transmiten que están completamente desbordadas, incluso con la esperanza quebrada”, detalla.
Marineros atrapados en Ormuz reciben apoyo espiritual
En muchos casos, además, el aislamiento de las naves que no han podido salir del estrecho de Ormuz desde que empezó la guerra es casi total: “Ahora mismo hay barcos con el internet caído. Es una situación de abandono completo”.
“Imagínese estar en un barco viendo pasar misiles o instrumentos de destrucción. ¿Cómo puede sentirse una persona en medio de eso? Absolutamente conmocionada. La vida se cuenta por segundos”, describe Mons. Quintero, quien asegura que la misión de la Iglesia en este contexto es ofrecer un acompañamiento anímico y espiritual, tanto a los marineros como a sus familias.
Esta presión constante, unida a la imposibilidad de abandonar la zona, agrava aún más la situación: “No pueden ser repatriados. Están atrapados. Esa es la palabra: completamente atrapados”.
“El 90% del comercio mundial se realiza por mar, pero, por desgracia, nos olvidamos de los marineros. Además, es un sector cada vez menos atractivo, ocupado en gran parte por personas de países más pobres, lo que agrava las injusticias”, agrega el prelado.
El Papa León XIV recordó —aunque de manera indirecta— a los que están atrapados en Ormuz durante el rezo del Ángelus del pasado Domingo de Ramos, en el que pidió oraciones por los marineros sufren las consecuencias de los conflictos.
En noviembre, además, reconoció como persona jurídica al Apostolado del Mar en una decisión en la que reforzó su papel como instrumento de acompañamiento espiritual y humano a un colectivo frecuentemente olvidado, pese a ser esencial para el funcionamiento del comercio mundial.
La Iglesia lleva años acompañando a las personas que trabajan en el ámbito marítimo. Ya en 1914, el Papa Pío X, mediante el motu proprio Iam pridem, abrió el camino a una atención pastoral específica para quienes, por su movilidad, no podían acceder a la vida parroquial ordinaria.
La labor pastoral de la Iglesia en alta mar
En 1977, la entonces Comisión Pontificia para los Migrantes publicó el decreto Apostolatus Maris, actualizando la normativa tras el Concilio Vaticano II. Dos décadas después, San Juan Pablo II renovó este marco con el motu proprio Stella Maris, consolidando la misión de la Iglesia en el ámbito marítimo. Más recientemente, el Papa Francisco encomendó la dirección de esta labor al Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral, subrayando la importancia de una atención integral a las personas del mar.
“En el mundo marítimo hay una gran necesidad de justicia. Evangelizar hoy significa estar junto a estas personas, acompañarlas y hacerles sentir que no están solas: significa no solo defender la justicia y los derechos de los trabajadores, sino también ofrecer cercanía, consuelo y esperanza en medio de situaciones límite”, concluye el obispo.
Imagen destacada: Un pescador migrante repara una red de pesca en el puerto de Taichung, el segundo más grande de Taiwán. Mucho del personal que trabaja en botes de pesca son inmigrantes de las Filipinas y otras naciones asiáticas. (Paul Jeffrey/Taiwán)
