Relatos de Sudán del Sur, Myanmar, Haití y El Salvador

Tiempo de lectura: 3 minutos
Por: Misioneros Maryknoll
Fecha de Publicación: Jul 1, 2016

Veronica Calleman es miembro de la comunidad católica en el campamento para refugiados de Naciones Unidas en Malakal, Sudán del Sur. Cuando estalló un enfrentamiento entre los grupos étnicos Shilluk y Dinka el 17 de febrero 2016, ella y su familia huyeron con lo que vestían. En vez de salvar sus posesiones familiares, ella sacó los materiales de la parroquia: mantelería de altares, vestiduras, cáliz, hostias, velas y libros litúrgicos. Para Veronica, no sólo eran cosas de la parroquia, sino las cosas de Dios. Ella rezó: “Dios ayúdame”. El área donde vivió fue destruida en el ataque. Veronica dijo que Dios la ayudó a encontrar refugio durante el ataque. Le ofrecimos asistencia de las colecciones de la parroquia para que compre comida y prendas para ella y su familia. Fue lo mínimo que pudimos hacer por alguien que se sacrificó para que la comunidad católica continúe rezando en el campamento de refugiados.
Michael Bassano, M.M.
 

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Un domingo por la mañana en Yangon, Myanmar, donde ofrezco un ministerio de educación y alimentación; y talleres de liderazgo para niños y jóvenes, fui invitado a concelebrar una Misa en una parroquia vecina. Justo antes de la liturgia, le pregunté a una Hermana en la parroquia si tendría que sacarme mis sandalias para la celebración, como es costumbre en muchas parroquias en Yangon. Esto ocurrió sólo una semana después de las elecciones generales el pasado noviembre de 2015, que ganó la Liga Nacional para la Democracia. Ella me respondió: “Todo está bien. Podemos hacer lo que queremos. ¡Estamos en democracia ahora!” Entonces, yo ¡me quité mis sandalias!
James Kofski, M.M.
 

En la parroquia católica Nuestra Señora de la Perpetua Ayuda en Croix des Bouquets, Haití, empezamos un grupo juvenil, que incluye un programa para la crianza de cabras para generar ingresos para ayudarse en la escuela. Esto, gracias a la parroquia católica St. Andrew the Apostle en Waynesboro, Pennsylvania. Con su ayuda, compramos cabras para nueve jóvenes de secundaría y árboles que fueron distribuidos en la comunidad—un esfuerzo de los jóvenes para traer verde al medio ambiente. Con respecto a las cabras, le pedimos a los jóvenes que devuelvan la primera y la quinta hembra que repoduzcan al programa, para que más jóvenes puedan beneficiarse. Tener una cabra es como tener dinero en un banco. Ellos pueden reproducir cabritas dos veces por año y en seis meses venderlas para pagar la escuela o comprar útiles escolares. Gracias a la parroquia St. Andrew por hacer felices a estos jóvenes y ayudarles a que sigan en la escuela.
Susan Nchubiri, M.M.
 

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Mientras servía como misionera laica Maryknoll en El Salvador, una de las pequeñas cosas que hacía era dar latas y botellas plásticas a un mendigo para que las recicle. Un día me preguntó si podía llenar una de las botellas con agua para beber. Cuando vio que llené la botella, no con agua de la tubería sino de nuestro envase de 5 galones, quedó sorprendido y agradecido. Él me dijo que usualmente las personas no le dan buena agua para beber sino agua del caño. A mí ni siquiera se me hubiera ocurrido no darle la misma agua que yo bebo. Espero siempre tratar a las personas con dignidad y poder ver en ellos a Cristo, sin importar su condición. Todos somos hijos de Dios y merecemos respeto.
Debbie Northern, MKLM
 

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