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Alimento de Paz en Pascua

BY JOSEPH R. VENEROSO, M.M.

María Magdalena llora la muerte a solas.
“Mujer, ¿por qué lloras?”
pregunta el jardinero, bien intencionado, acaso distraído.
“Señor, si usted se lo ha llevado,
dígame dónde está”.
Un rayo ilumina su alma oscurecida
cuando ella oye su nombre dicho con tanta ternura:
“María”.

Pedro no se atreve a creer—
su culpabilidad es demasiado fuerte, su fe demasiado débil.
Indigno de amor,
mucho menos de redención, confiesa,
“Señor, tú lo sabes todo.
Sabes que te quiero”.
Y se encuentra de repente
encargado de alimentarnos para siempre
de la fuente del perdón.

Tomás duda de su historia,
hasta acaso de su cordura, porque seguramente
los muertos no resucitan, pero
la prueba física
irrumpe en una verdad eterna:
“¡Mi Señor y mi Dios!”

Nos encaminamos a Emaús abatidos
y desanimados, sin esperanza ni felicidad
hasta que un extraño abre nuestras mentes,
pone nuestros corazones en llamas,
se sienta con nosotros en la mesa,
y partiendo el pan,
nos otorga a nosotros y al mundo entero
misericordia sublime.

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