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La Visitación del Amor

Por JOSEPH R. VENEROSO, M.M.

Apenas el eco del sí de María se desvaneció
de los oídos angelicales de Gabriel, del eterno silencio surgió
una nueva urgencia para el corazón de la virgen:
¡Levántate! ¡Ve! Comparte tu milagro
con aquella que también recibió gran misericordia.

Entonces, sin saberlo, esta arca viviente del nuevo pacto
volvió sobre el camino tomado por el tabernáculo de David
en la región montañosa de Judá, donde como el rey,
el aún no nacido Juan saltó y bailó desnudo
ante el Verbo encarnado de Dios.
Y llena del espíritu, Isabel, envejecida,
proclamó el asombro que un saludo acelere la vida dentro de ella.

La virgen, la estéril, mujeres al margen
apenas atreviéndose a creer en el Dios de lo imposible:
Amando, ayudando, sirviendo, de persona a persona
de mujer a mujer, de prima a prima, de joven a anciana.
¿Quién más creería lo que Dios había hecho?
¿De qué otra manera expresar esta gracia inexpresable?

El alma de una proclama la grandeza del Señor,
el bebé no nacido de la otra da un salto de alegría.
Nos piden que busquemos y celebremos aquí y ahora
la presencia permanente de Dios en nuestro mundo mundano.

 

 

 

 

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