PArábola cotidiana nos llama a tener actitudes misioneras

En una de las audiencias de los miércoles, el Papa Francisco, estaba sentado en la gran explanada, desde donde da su mensaje semanal. Al lado estaba sentado otro cardenal, detrás dos guardias suizos y al costado diferentes personas que traducían su mensaje a los distintos idiomas.

En eso, un niño se acerca y se pone a jugar alrededor del papa, toma el brazo al guardia suizo y corre de un lado al otro. Cuando su madre se acerca, le explica al papa que eran de Argentina, que el niño tenía autismo y pedía disculpas.

El papa, muy cariñosamente, le dijo: “Si quiere jugar acá, déjalo” y el niño siguió de lo más tranquilo, correteando y dando vueltas.

Ha sido una escena muy tierna, pero al mismo tiempo una poderosa parábola de lo que significa la transformación misionera de la Iglesia con la que el Papa Francisco sueña (EG 27). Una Iglesia donde todos y todas se sientan como niños jugando en el patio de su casa con la libertad y alegría de sentirse acogidos y amados.  Una Iglesia “Casa de puertas abiertas”, como suele decir el pontífice.

Es una parábola poderosa para este tiempo. Veamos la situación:

El niño invade un espacio que habitualmente le sería prohibido, en realidad nadie pareciera poder entrar ahí si no es convocado especialmente. El niño se escapa de las manos y seguridad de sus padres y con total inocencia siente que puede estar ahí jugando libremente.  Frente a este hecho surgen diferentes actitudes: La sonrisa del papa sin inquietarse en lo más mínimo; la vergüenza de la madre que sale a buscarlo y disculparse; la inmutabilidad de los guardias suizos que permaneces inmóviles aun cuando el niño tira de sus trajes o toma sus manos; el desconcierto de los asistentes al papa que no saben si sacarlo o dejarlo jugar y el asombro sonriente de toda la feligresía presente al ver la ternura de Francisco para con el niño y su madre.

Esta parábola me hizo meditar en uno de los mayores desafíos misioneros de nuestro tiempo: el fenómeno migratorio. Desde hace tiempo, en diferentes partes del mundo se han producido oleadas masivas de grupos humanos migrando en busca de una vida mejor. Recordemos los miles que han partido en Centroamérica con intensión de llegar a un lugar donde sienten que vivirán mejor aun cuando saben que no serán fácilmente recibidos, pues es un espacio prohibido, como el que el niño argentino ocupó sin pedir permiso.

Todos recordamos las diferentes reacciones que surgieron en los diferentes territorios que recorrieron, recibiendo acogida en algunos y hostilidad y violencia en otros. Muchas de nuestras ciudades cuentan con la presencia de grandes cantidades de migrantes venidos de los países de alrededor o lejanos.

¿Cuál será la actitud misionera de nosotros, cristianos y cristianas, hacia ellos? ¿Los acusaremos de invadir nuestros espacios? ¿Les recriminaremos que nos quitan el trabajo? ¿Pediremos a las autoridades que los deporten? ¿Les pagaremos miserias en trabajos que no queremos hacer, total son migrantes?

El Papa Francisco dijo a la madre del niño: “Si quiere jugar acá, déjalo”. Da para pensar sobre nuestra actitud frente a los diferentes, de quienes, muchas veces, sentimos que invaden nuestro espacio, que no deberían estar acá. El papa dijo en marzo de 2013 en una audiencia a los comunicadores: “¡Ah, cómo me gustaría una Iglesia pobre, para los pobres!”

Foto principal: Un niño se acerca a un guardia suizo durante la audiencia general del Papa Francisco en el Vaticano. (CNS/Roma)