Cecil Zamora les da la bienvenida a representates Maryknoll como el diácono Matt Dulka y el Padre Robert Jalbert, quienes visitaban el ministerio Ugnayan en Taichung. (Foto cortesía de Ugnayan Taiwan)

Voluntaria de Ugnayan Demuestra que Uno Puede Ir De Una Herida A La Plenitud

C ecil Zamora podría ser una persona amargada. Nacida en la ciudad de Cebú, en Filipinas, fue abandonada por sus padres cuando sólo tenía 15 días de edad. Pero, dice, “Crecí y maduré con un corazón compasivo por los demás”. Ahora, con 53 años y viviendo en Taiwán, comparte su tiempo, talento y tesoro con los demás.


Desde el año 2000, Cecil ha sido una de los más de 100 voluntarios en Ugnayan, un ministerio cuyo nombre significa “conexión”. Fue iniciado por el Padre Maryknoll Joyalito Tajonera, para ayudar a los trabajadores migrantes en Taiwán con refugio, capacitación en habilidades, defensa y los sacramentos.

Los voluntarios en Ugnayan ayudan al sacerdote Maryknoll a dirigir el ministerio. Muchos de ellos son migrantes que han sido heridos por sus propias experiencias pasadas.

La herida de Cecil vino no sólo de ser abandonada, sino también de vivir en la calle durante sus primeros 13 años de vida. Cuando se reunió con sus padres biológicos a los 14 años, recuerda que enojada le preguntó a su madre: “¿Por qué me abandonaste?”

Su madre, dice ella, trató de explicar que el padre de Cecil aún estaba legalmente casado cuando  quedó embarazada de Cecil. “Ella dijo que era una maestra de una escuela pública y que sería vergonzoso para ella tener un hijo fuera del matrimonio. Además, sus padres ni siquiera sabían que estaba embarazada”, dice Cecil, quien no se inmutó con la explicación y dice que no podía perdonar a sus padres.

De una Herida a la Plenitud:

Cecil Zamora (izq.) y otros voluntarios durante la visita del Obispo MartinYao Wen Su de la Diócesis de Taichung. (Foto cortesía de Ugnayan Taiwan)

Cecil se volvió rebelde y empezó a beber alcohol, fumar y a abusar de otras substancias. Ella recuerda haberle dicho a su madre: “Si alguna vez quedo embarazada, no abortaré ni abandonaré a mi hijo. Lo cuidaré bien porque es mi hijo”.

Cecil dio a luz a una niña cuando estaba en su cuarto año de la escuela secundaria. Más tarde se casó pero el matrimonio fracasó. Sin embargo, ella mantuvo su promesa de cuidar a su hija.

Ella viajó a Taiwán en septiembre de 1999 para ganar dinero como ayudante doméstica y enviarle dinero a su hija en Filipinas. “Me sentí más cerca de Dios y de la iglesia”, dice Cecil, quien compartió su talento para el canto en el coro de una iglesia en Taichung. Cuando escuchó sobre Ugnayan, decidió ser voluntaria en el ministerio. También se involucró en la Legión de María y ayudó a planear liturgias en las parroquias de Taichung, donde el padre Tajonera celebra la Misa para los migrantes. Su constante conexión con la iglesia y el vivir su fe, dice, la llevó a aceptar el pasado y perdonar a quienes la lastimaron.

“Me volví compasiva y pude relacionarme con los demás. Me atreví a compartir mi tesoro, mis ingresos, para ayudar a mis padres e incluso a apoyar a los hijos que mi difunto esposo tuvo con otras mujeres porque creo que no tienen ninguna culpa por las deficiencias que tuvieron sus padres”.

En la actualidad, Cecil, que es cariñosamente llamada Nanay (Madre en el dialecto cebuano) por las personas que la rodean, espera retirarse de su trabajo en Taiwán y regresar a Filipinas para reunirse con su hija y el resto de su familia y comenzar una nueva vida con ellos.

Al igual que muchos de los voluntarios, Cecil está agradecida con el padre Tajonera y el ministerio de Ugnayan por cuidar su vida espiritual y darle la oportunidad de comunicarse con otros en lo que el padre Tajonera llama “un hogar lejos del hogar”.