Según The Alliance for Appalachia, la minería en West Virginia, Kentucky, Virginia y Tennessee, ha dañado más de 500 montañas. (CNS/Kentucky)

Viaje de inmersión misionera a Appalachia enseña a participantes a cuidar nuestra casa común

¡Bienvenidos a la peregrinación de Maryknoll a la tierra santa de Appalachia!” Así nos recibió el Padre John Rausch, nuestro anfitrión, a 11 católicos de Estados Unidos que fuimos a una experiencia misionera de cinco días en el este de Kentucky el verano pasado. “Vamos como aprendices con un sentido de humildad y esperanza, y oremos para que nuestras vidas cambien”, continuó el sacerdote de Glenmary Home Missioners, la sociedad de padres y hermanos que coauspició la peregrinación con los Padres y Hermanos Maryknoll.

El padre Rausch, quien ha vivido y prestado servicios en Appalachia por más de 40 años, coordina un ministerio sobre educación de justicia que incluye llevar a visitantes a un tour donde conocen a las personas y los problemas sociales de la región. Nuestra peregrinación fue iluminada con sus comentarios con base en el Evangelio.

“Las lecciones que aprendimos en nuestro viaje de Appalachia nos conectan con los problemas globales de cuidado de la creación de Dios a los que Maryknoll responde a través de nuestros ministerios misioneros”, dijo el Diácono Paul Bork, el promotor misionero de la Sociedad Maryknoll que ayudó a
organizar el viaje.

Peregrinos en el viaje de inmersión a Appalachia visitaron la Granja Urbana Berea, la cual ayuda a proveer vegetales para la comunidad. (Octavio Durán, O.F.M./Kentucky)

Según The Alliance for Appalachia, la minería en West Virginia, Kentucky, Virginia y Tennessee, ha dañado más de 500 montañas. (Octavio Durán, O.F.M./Kentucky)

Matt Gray, el autor de este artículo, participó en un viaje de inmersion a Appalachia organizado por Glenmary y Maryknoll. (Octavio Durán, O.F.M./Kentucky)

El Padre John Rausch, de Glenmary Home Missioners, habla con Richard Olson en su granja urbana en Berea, Appalachia. (Octavio Durán, O.F.M./Kentucky)

Christ Barton, un guardabosque y profesor en la Universidad de Kentucky, le habló a los participantes sobre los castaños americanos en Robinson Forest. (Octavio Durán, O.F.M./Kentucky)

El Padre de Glenmary John Rausch bendice árboles plantads por peregrinos en un viaje de innmersion a Appalachia.

Contaminación en Appalachia. (Octavio Durán, O.F.M./Kentucky)

Paul Bork (dcha.) y el Padre de Glenmary John Rausch (camisa blanca) guían a peregrinos en un viaje de inmersión a Appalachia. Los participantes incluyen (de ezq. a dcha.) Sheila y David Sallen, Matt Gray, Ryan Burchett, Gary y Theresa Johnson y Ken Tisinger. (Octavio Durán, O.F.M./Kentucky)

Nuestra tarea fue observar y reflexionar cada día, como comunidad, sobre lo que vimos, y regresar a nuestras casas a compartir lo aprendido. Experimentamos el pueblo del carbón de Appalachia a través del lente de la encíclica del Papa Francisco, Laudato Si’: Sobre el cuidado de la casa común.

Uno de los temas principales de la encíclica es nuestra interconexión. El papa nos recuerda “que el cuidado genuino de nuestras vidas y nuestras relaciones con la naturaleza son inseparables de la fraternidad, la justicia y la fidelidad a los demás”. Mientras viajábamos por las colinas y montañas del este de Kentucky, esas palabras cobraron vida.

Visitamos algunas heridas profundas dejadas por el desprecio de la gente por la tierra y, por consiguiente, por sus habitantes. Nos detuvimos, por ejemplo, en un antiguo emplazamiento de minas. El padre Rausch nos dijo que ese terreno llano y estéril había sido una montaña de 300 pies más de alto, y floreciente con árboles. Fuimos testigos de lo que quedó después de que las compañías de carbón utilizaron dinamita para explotar la montaña y transportar el carbón. La ley federal, explicó el padre Rausch, obligó a las compañías a reemplazar la vegetación, pero estableció pocas regulaciones. Las empresas sólo plantaron especies de arbustos de rápido crecimiento.

Vimos “agua naranja”, un resultado directo de los metales pesados que dejó el proceso de extracción de carbón. También aprendimos que las personas que viven en las regiones de carbón de Appalachia tienen las tasas más altas de cáncer en Estados Unidos.

Pero en medio de la devastación, vimos a Dios en acción al conocer a  personas que están tomando medidas para cuidar de nuestro hogar común.

Visitamos a Renée Powell y su esposo Russ Miller, que han elegido vivir fuera de las redes eléctricas y no depender del carbón. Usando madera reciclada, ellos han construido un complejo de cinco edificios en 25 acres, donde cultivan la mayoría de sus propios alimentos.

En una ciudad llamada Deane, Elaine Tanner, agente de bienes raíces, nos mostró el “agua naranja” que indica la contaminación causada por los residuos tóxicos de las operaciones mineras en el área. “Vi a niños con convulsiones y adultos con cálculos biliares y cáncer debido al agua contaminada”, dijo. Nos contó cómo se educó a sí misma y trabajó con una organización de base llamada Amigos por la Justicia Ambiental para llevar a las compañías del carbón a los tribunales y hacerlas responsables de limpiar los desechos tóxicos. Elaine estuvo encantada de decirnos que 97 familias de la comunidad ahora tienen agua potable limpia. “Sentí que Dios me estaba llamando a hacer esto”, dijo Elaine. “Dios está conmigo en cada paso del camino”.

Chris Barton, un guardabosque y profesor de la Universidad de Kentucky, nos acompañó a Robinson Forest, donde la universidad posee 15.000 acres dedicados a la investigación y la enseñanza. “Estamos tratando de recuperar el bosque”, nos dijo Chris, explicando que algunas secciones del bosque han sido devastadas por la minería a cielo abierto. Plantar una variedad de árboles, dijo, puede ser un antídoto. Con el padre Rausch guiándonos en un emotivo ritual de oraciones y bendiciones, plantamos tres castaños americanos en el bosque como un paso hacia la restauración de la tierra.

Aguas anaranjadas por la contaminación tóxica de compañías mineras en Kentucky. (Octavio Durán, O.F.M./Kentucky)

“A menos que caminemos suavemente en el jardín de Dios, lo destruiremos”.

“Somos administradores de la creación de Dios”, nos dijo el padre Rausch. “A menos que caminemos suavemente en el jardín de Dios, lo destruiremos”. Los nuevos castaños son un recordatorio de la curación en la que una comunidad intencional puede participar con la naturaleza.

En el transcurso de nuestro tiempo en Appalachia, almorzamos en una cocina comercial familiar que enseña a los jardineros locales a cultivar y luego a vender los cultivos. Visitamos a un agricultor urbano, que estableció una cooperativa para ayudar a proporcionar alimentos saludables para su comunidad. Nos detuvimos en una clínica médica que trata a las personas sin seguro, muchas de las cuales tienen enfermedades respiratorias y de otro tipo causadas por la contaminación ambiental. Pasamos tiempo en una organización sin fines de lucro que trabaja para restablecer la confianza y la dignidad de las mujeres que han sufrido relaciones abusivas y tiempos difíciles. Hicimos un recorrido por una granja solar que utiliza 32.300 paneles solares para generar suficiente energía para aproximadamente 1.000 hogares—energía renovable en pequeños pasos.

Hay sufrimiento y tremenda lucha en el este de Kentucky. Sin embargo, el mensaje es claro. Se trata de plantar un árbol a la vez. Es el impacto de una familia, un agricultor, una mujer curada, una clínica, un panel solar. Es cada persona que toma la decisión de vivir con un propósito y con la conciencia de Dios sanando activamente en nuestro mundo.

Este espíritu es contagioso. La fe se extiende. La gente ama y acepta a los demás y se libera de causar daño. Mientras esto sucede, el medio ambiente sana. Parece que este es el tipo de esperanza que el Papa Francisco usó cuando escribió Laudato Si’. Esta es la alegría del evangelio. Esto es lo que quiero compartir de mi peregrinación a la tierra santa de Appalachia. 

Matt Gray vive en Pleasanton, California. Trabaja para una agencia de seguros y es director del programa RICA en su parroquia en Pleasanton.

Marge Gaughan contribuyó en el artículo.