Yohan Tingrenan (centro), quien rescató a gente en Kachin, con el obispo de Myitkyina (quinto izq.) y catequistas y misioneros como el Hermano Maryknoll John Beeching (tercero izq.). (Cortesía de John Beeching/Myanmar)

Catequista lleva a su pueblo a la seguridad

Yohan Tingrenan La Aung es catequista de la Diócesis de Myitkyina, en el estado de Kachin, al norte de Myanmar. Yo lo considero un Moisés moderno, que sacó a su pueblo del exilio.

Conocí a Yohan a través del obispo de Myitkyina, Francis Daw Tang, cuando llevé suministros de socorro a más de 40 campamentos para personas internamente desplazadas. Kachin está atrapado en lo que se dice que es la guerra civil más larga del mundo. El año pasado, más de 2.000 aldeanos quedaron atrapados en bosques a los que habían huido frente a un inesperado bombardeo aéreo. A medida que disminuían los suministros de alimentos, el obispo Francis apeló públicamente para que se intentara rescatar a los aldeanos.

“Entrar a una zona de guerra, sembrada con minas, era un riesgo que nadie estaba dispuesto a emprender”, dijo el obispo.

Pero Yohan dio un paso adelante. Le dijo al obispo que él había ministrado en el área y sentía que estaba siendo llamado para llevar a la gente a la seguridad. Sin más preámbulos, el catequista partió hacia la jungla y ubicó a los refugiados.

Yohan Tingrenan La Aung es catequista de la Diócesis de Myitkyina, en el estado de Kachin, quien sacó a su pueblo cuando quedaron atrapados durante la guerra civil.

Con el obispo Francis como traductor, Yohan me relató la experiencia. Su rostro mostraba una profunda paz espiritual cuando habló de tener que calmar a los aterrorizados aldeanos y explicarles cómo moverse juntos, siempre cuidando que nadie quede atrás. Recordó cómo coordinó con las fuerzas de Kachin para tener suministros de alimentos en el camino. Fue una ardua caminata, especialmente cuando fueron por estrechos senderos.

Yohan hizo una pausa, y el obispo le instó a continuar. “Los niños mayores de 3 años tenían que caminar”, explicó Yohan. “Los más pequeños fueron colocados en canastas en la espalda de las personas. Los hombres se turnaban para llevar a los ancianos y enfermos”. Una vez tuvieron que detenerse, dijo, hasta conseguir elefantes de trabajo para transportar a niños y ancianos a través de ríos rápidos. En el esfuerzo inicial para cruzar el río sin elefantes, recordó con tristeza cómo un niño de 10 años de edad fue arrastrado a su muerte, cuatro bebés nacieron en el camino, cinco personas perdieron la vida y muchos cayeron enfermos, mientras que otros sufrieron heridas al cruzar la espesa selva y la maleza.

El habló con calma sobre el viaje que muchos describirían como una pesadilla. Pero, mientras hablaba, pensé que tal vez su notable serenidad era la razón por la cual la providencia de Dios lo había elegido para guiar a la gente a la seguridad.

En un momento, recordó Yohan, bordearon una aldea abandonada, y él insistió en detener la marcha mientras ubicaba la capilla. Continuaron el viaje llevando consigo el Santísimo Sacramento.

Al llegar a una antigua carretera de suministro de la Segunda Guerra Mundial, los aldeanos agotados encontraron la caminata más fácil, dijo Yohan. Los campamentos de desplazados internos, aunque todavía distantes, les daba esperanza, y finalmente la gente se refugió allí. Yohan terminó su historia diciendo que había tomado algunas fotos con su teléfono en el camino y quería compartirlas conmigo, pidiendo si se pudiera dar a conocer el largo sufrimiento de su gente.

A diferencia de Moisés, Yohan y su pueblo no tenían una columna de nube durante el día ni una columna de fuego durante la noche, solo la inquebrantable fe de Yohan en la misericordia y el poder salvador de Dios. Al final, ¿no es eso lo que todos necesitamos?   

El año pasado, más de 2.000 aldeanos de Kachin,estado de Myanmar que vive una de las guerras civiles más prolongadas del mundo, se quedaron atrapados en bosques a los que habían huido después de un inesperado bombardeo aéreo. Yohan Tingrenan La Aung, catequista de la Diócesis de Myitkyina, en Kachin, respondió al llamado de su obispo a rescatarlos. Él compartió fotos de la travesía y el sufrimiento de su gente con her Hermano Maryknoll John Beeching.