La Hermana Maryknoll Rosemary McCormack (dcha.) da la Comunión en una capilla en Pamplona Alta, Lima, Perú. (Nile Sprague/Perú)

El lugar de la mujer

Imagínatelo: El Cairo, Egipto, Ramadán 1986. Junto con un fotógrafo, tuve una asignación para las revistas de Maryknoll. Una familia musulmana nos recibió por unos días.

A pesar de tener que ayunar durante las horas de la mañana y de la tarde de su mes sagrado, sabiendo que éramos católicos, nuestros anfitriones nos prepararon una deliciosa comida y observaron cómo la comíamos. La hospitalidad sigue siendo una de las principales prioridades en el Medio Oriente, no menos hoy que en el tiempo de Jesús. Como era de esperar, las mujeres cocinaron, sirvieron y limpiaron todo; los hombres nos brindaban compañía con una conversación.

Oh, cómo las cosas no han cambiado. En los 2.000 años transcurridos desde que Jesús caminó en esta tierra, uno pensaría que los viejos estereotipos sociales habrían dado paso hace mucho tiempo a una nueva comprensión de cuál es el lugar de las mujeres en la sociedad. El Evangelio muestra a Jesús desafiando y trastornando los roles y expectativas tradicionales, el ejemplo claro fue cuando visitó la casa de sus buenas amigas, María y Marta, en Betania (Lucas 10, 38–42).

Tener que hospedar a Jesús y brindarle hospitalidad a él y a su banda de 12 discípulos hambrientos debió haberles dado mucho trabajo a las dos hermanas. Pero cuando María dejó a Marta con todo el trabajo en la cocina para sentarse a los pies de Jesús, eso fue demasiado para Marta. “Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje sola con todo el trabajo?” Marta le preguntó a Jesús, y luego añadió: “Dile que me ayude”.

Interesante. En lugar de llevar a su hermana tranquilamente hacia un costado y hablarle, Marta intenta avergonzarla a ella y a Jesús. “¿No te importa …?” María había olvidado su lugar y sobrepasado sus límites. El lugar de una mujer era servir. Sentarse a los pies de Jesús era un privilegio reservado para los discípulos, es decir, para los hombres. Pero Jesús defiende el derecho de María a romper con las restricciones de la sociedad y reprende a Marta: “Marta, Marta, te inquietas y te agitas por muchas cosas, y sin embargo, pocas cosas, o más bien, una sola es necesaria, María eligió la mejor parte, que no le será quitada”.

Una ministra de la Eucaristía da la comunion en una Misa en la Iglesia de la Transfiguración en Brooklyn. (CNS/Nueva York)

Simpatizo con Marta. Su resentimiento es tan comprensible como desafortunado. Un enfoque más iluminado hubiera sido que ella hubiera comprendido cuánto deseaba su hermana escuchar a Jesús y decirle: “Oye, hermana, yo me encargo de todo esto. Ve a escuchar a nuestro Señor”. ¿Y qué hubiera pasado si al ver a Marta sobrecargada de repente, uno de los hombres se hubiera levantado para ayudarla? Ah, pero nuestra naturaleza humana resiste instintivamente el cambio. Además, es difícil renunciar a las posiciones de privilegio.

Sentarse a los pies de Jesús es lo que hacen los discípulos. Es la “mejor parte” y, como tal, no se limita a los hombres.

Pero Jesús también desafía a los hombres, y a las mujeres, a que eviten las posiciones de poder y que voluntariamente y sin resentimientos, realicen servicios. Después de todo, todavía hay trabajo por hacer, hospitalidad por mostrar y servicio por brindar. Por lo tanto, él, como Maestro, se levanta de su lugar en la Última Cena y asume el papel de sirviente para lavar los pies de sus discípulos y los comanda a que se laven los pies unos a otros (Juan 13,14).

Entonces, aun cuando Jesús acepta a las mujeres como discípulos, él desafía a todos sus discípulos a servir. Lecciones escuchadas vs. lecciones aprendidas.