En un servicio de oración interreligioso, un grupo de personas rezan por la paz en Baltimore, Maryland. (CNS/Maryland)

ESTE MUNDO ES UNO Y PARA TODOS

Hace poco celebramos la fiesta de Pentecostés, fiesta de una Iglesia que nace del encuentro con la diversidad. Según Hechos de los Apóstoles, cuando los apóstoles, fortalecidos por el fuego del Espíritu salen a anunciar la Buena Nueva del Resucitado, en Jerusalén se encontraban personas de diferentes naciones. El mensaje de los discípulos fue escuchado en diferentes lenguas y gente de diferentes culturas se unieron a las primeras comunidades cristianas.

Habitualmente vivimos esa experiencia en el Centro Misionero Maryknoll para América Latina, donde misioneros de diferentes países, nos encontramos para explorar caminos de misión. Muchos son católicos y otros de Iglesias hermanas con quienes buscamos construir el Reino de Dios.

Dentro de los grandes desafíos actuales de los que nos habla el Papa Francisco, están el desafío ecológico y el de la migración. Para el primero de estos desafíos, el papa nos presenta la Encíclica Laudato Si’, dónde nos invita a una “conversión ecológica” y a nuevos modos de relacionarnos entre los seres humanos y con el cosmos. Allí se habla de los “descartables”, entre los cuales se encuentran los migrantes. También sabemos que la Iglesia se prepara para el Sínodo de la Amazonía, el cuál hablará del compromiso de los cristianos en el cuidado de la creación.

La Tierra, y la vida que la habita, se sostiene por la biodiversidad. Quizá sea hora de aprender que, también la humanidad se sostiene por la diversidad. Diversidad de lenguas, color de piel, pensamientos, creencias, estilos de vida. Como dice la canción Todos Juntos de Los Jaivas: “Si vivimos todos separados, ¿para qué son el cielo y el mar? ¿Para qué es el sol que nos alumbra, si no nos queremos ni mirar… ¿Para qué vivir tan separados, si la tierra nos quiere juntar? Si este mundo es uno y para todos. Todos juntos vamos a vivir”.

Líderes religiosos cantan en la Iglesia Católica Nuestra Señora del Monte Carmelo durante un servicio interreligioso en Sa Diego. (CNS/California)

Viendo estos desafíos, pareciera que la tarea misionera en la actualidad es provocar encuentros. Volver a encontrarnos con la naturaleza, mirarla como hermana, cuidarla, recuperar la conciencia de que somos parte de ella. Al igual que con otros seres humanos, hemos abusado de nuestro planeta, lo hemos explotado hasta agotar sus recursos, contaminar sus fuentes, ensuciar su aire, destruir ecosistemas.

Cuando miramos nuestros países, vemos cada vez más divisiones entre personas. Los procesos de fundamentalismo ideológico o religioso están aumentando cada día más. Lo vemos en el campo político con el avance de grupos marcados por un acentuado racismo y violencia. Lo vemos en lo religioso, con su inserción en los estamentos parlamentarios y su apoyo a grupos de estas características. Nuestros países están divididos entre grupos opositores, y no solamente en lo político sino en temas de vital importancia, como la defensa de la vida. La brecha entre ricos y pobres se está agigantando en muchos de nuestros países.

Hemos roto relación con la naturaleza y también estamos destruyendo los vínculos entre seres humanos. ¿Cuál es el lugar del misionero en medio de esta realidad?

Creo que la misión que nos encomendó Jesús, se expresa hoy al gestar encuentro, recrear las relaciones y redescubrir la diversidad como base de la vida sostenible.

En el Centro Misionero Maryknoll estamos comprometidos con esta labor misionera y nos gustaría invitarte a que te sumes. ¿Cómo podrías ser tú un instrumento de encuentro en tu comunidad?