Paisaje del Lago Titicaca, en Lima Perú. Relatop de una hermana Maryknoll. (Nile Sprague/Perú)

En 1960 recibí mi primera asignación misionera en Juli, un pueblo en Perú, a 13.500 pies sobre el nivel del mar y a orillas del Lago Titicaca. Nuestra pequeña casa estaba cerca al lago. A las 5:30 a.m. me senté frente a la ventana para rezar. En este momento, antes del amanecer, el lago era sólo una sombra negra hasta el primer rayo del sol. Entonces, empezó a tener una tonalidad azul oscura, que lentamente se convirtió en un azul más suave que brillaba constantemente ante el sol naciente. ¡Maravilloso! Ese día aprendí una nueva palabra en español, “amanecer” (to awaken). Los indígenas Aymara no dicen subida del sol (sunrise) sino amanecer—¡el despertar del amanecer! El cielo parece volverse lentamente de color morado oscuro, luego casi rojo cardenal, luego durazno o incluso dorado, ¡todo frente a un cielo azul manchado de nubes blancas! ¡He visto el despertar del amanecer! Dios me permitió ser testigo de todo esto en la primera mañana de mi nueva misión.

Helen Phillips, M.M.

El Padre Maryknoll Rodrigo Ulloa ofrece servicio misionero en China. Él comparte una vivencia. (Cortesía de Rodrigo Ulloa, M.M./China)

Como usualmente lo hago tres veces a la semana, subí al ómnibus número 800 para ir a un seminario local en China. Aunque parezca mentira, en una ciudad de alrededor de cuatro millones de personas, ese día el ómnibus tenía bastantes asientos disponibles. Me senté en uno de ellos—ese día vestía pantalones caqui—y de repente sentí algo mojado. Puse mi mano debajo de mi pierna para verificar y, ¡bingo! Con tantos asientos disponibles, me había sentado en el menos indicado. ¡Aún hay más! No sólo era agua, sino que era agua que olía a pescado. Supongo que alguien estaba llevando pescado en una bolsa que tenía un agujero y lo puso en el asiento que yo tuve la suerte de escoger esa mañana. Miré alrededor del ómnibus y simplemente empecé a reírme y me pregunté: “¿Qué es lo peor que me puede pasar si huelo a pescado?”. El Papa Francisco nos pide que olamos a oveja. La vida misionera aquí en China es aprender a aceptar la incertidumbre.

Rodrigo Ulloa, M.M.

Una mujer preparando pupusas, una especialidad de tortillas rellenas salvadoreñas. Relato de una misionera laica misionera. (Cortesía de Erik Cambier, MKLM/El Salvador)

La comunidad de San Antonio de Padua, en El Salvador, conmemoró la fiesta de Nuestra Señora de Lourdes con una novena y un festival. La preciosa capilla al aire libre, que estaba ubicada en una colina, estaba repleta durante la misa de clausura por la noche. La electricidad se perdió durante la mayor parte del servicio, pero esto no afectó el espíritu festivo de nadie. Al contrario, esto creó un animado ambiente con velas iluminadas. Nuestra curiosidad alcanzó su punto máximo cuando unas personas procedieron al altar con una gran caja de cartón cubierta con una tela. Al final de la misa se formaron filas y los feligreses esperaban pacientemente para tomar un pequeño pan de la caja. En la oscuridad, todos nos dirigimos con cuidado a la parte de abajo y afuera para mirar los coloridos fuegos artificiales y a comer pupusas, una especialidad de tortillas rellenas salvadoreñas.

Margo Cambier, MKLM

Misionero Laico Gabe Hurrish sirve en Sudán del Sur. (Paul Jeffrey/Sudán del Sur)

Estaba hablando con algunas personas afuera de nuestra u Solidarity Teacher Training College (STTC) en Yambio, Sudán del Sur. Mientras estábamos parados conversando sentí algo mojado en mi mano. Mire hacía abajo y una pequeña niña había puesto su fría y sudorosa pequeña mano en la mía. Ella quería saludar al extranjero. La saludé en el inglés usual, “¿Cómo estás?” y ella respondió, “Estoy bien”. En su idioma, zande, luego le pregunté su nombre. “Soy Isabella”, dijo ella con su sonrisa desdentada. “¿Qué edad tienes, Isabella?” “Tengo cuatro años”. Después se fue a jugar con sus amigos. Ella no lo supo, pero me alegró el día. Pensé en Isabella todo el día y oraba por ella cada vez que regresaba a mis pensamientos. Ella es el futuro de Sudán del Sur. Su sonrisa me da esperanza que el futuro de Sudán del Sur cambiará.

Gabe Hurrish, MKLM