Niñas haciendo su tarea en el Hogar de niñas Nuestra Señora de la Misericordia, Puente Piedra, Lima, Perú. (Nile Sprague/Perú)

Hace más de 50 años, en una escuela para niñas en la que yo enseñaba en el altiplano de Perú, no había pizarra. Pero le encontraron reemplazo. Colgando al lado de la puerta había una madera, de unas 16 pulgadas cuadradas donde escribía la lección. Las alumnas copiaban lo que veían con esfuerzo en un cuaderno al que llamaban ‘el borrador’. Luego, en casa, transcribían lo copiado en otro cuaderno al que llamaban “el limpio”. El segundo cuaderno era muy especial. Se preocupaban por escribir con letra legible, títulos subrayados, etc., pues lo usaban para estudiar. Muchos de estos ‘limpios’ fueron conservados con mucho cuidado en los hogares año tras año, ya que no había libros de texto disponibles en ese momento. ¡Tesoros reales, que demostraban que habían podido ir a la escuela!

Helen Phillips, M.M.

Un hombre canta durante una Misa en una base de la ONU en Malakal, Sudán del Sur. (CNS/Sudán del Sur)

La comunidad católica del campamento para refugiados de las Naciones Unidas en Malakal, Sudán del Sur, celebró la fiesta de Cristo Rey en noviembre del 2018, con gran alegría. Había una banda con guitarras, tambores y un pequeño órgano acompañando al coro, bailarines y todos los fieles que cantaban con entusiasmo. Ver a los jóvenes bailarines vestidos con su ropa étnica tradicional y a todos cantando, hizo que este momento se vuelva memorable. Parecía que el techo de hojalata de nuestra iglesia se elevaba y que el sonido alegre que salía llegaba al cielo.
Eso me hizo recordar el verso de Salmos 42 que dice: “Al recordar el pasado, me dejo llevar por la nostalgia: ¡cómo iba en medio de la multitud y la guiaba hacia la Casa de Dios, entre cantos de alegría y alabanza, en el júbilo de la fiesta!”. Ese fue un día estupendo en el que celebramos por tres horas y media haciendo una bulla alegre a nuestro Dios que está con los más pobres que buscan la paz en Sudán del Sur.

Michael Bassano, M.M.

Misionera Laica Maryknoll Kathleen Bond haciendo yoga con mujeres del Centro de Mujeres Jardín de Esperanza en Joáo Pessoa, Brasil. (Cortesía Kathy Bond/Brasil)

Después de ocho años en São Paulo, regresamos a João Pessoa donde habíamos servido como misioneros laicos Maryknoll. Para reconectarnos, mi esposo Flávio y yo visitamos varias comunidades. Me encantó que Elaine, una líder que participó en un curso que facilité hace 10 años con la Hermana Maryknoll Mercy Mtaita, y que ahora coordina una asociación llamada Centro de Mujeres Jardín de la Esperanza. Ella me invitó a colaborar y en nuestra primera reunión, las mujeres decidieron hacer yoga para reducir el estrés y la ansiedad. Cuando preguntaron qué necesitaban, mencioné que una canga—tela que los brasileños usan en la playa—sería útil.
Cuando regresé, la dueña de una tiendita de ropa gritó: “No sé qué está haciendo en el vecindario, pero siga así. ¡Nunca he vendido tantas cangas en 24 horas!” Le respondí en broma que yo debería tener un precio especial por mi canga. Ella no se rió, pero cuando regresé para tomar el autobús, ella tenía una canga esperándome.

Kathleen Bond, MKLM

Una mujer orando en Tanzania. (Sean Sprague/Tanzania)

Mi esposo Erik y yo servimos como misioneros laicos Maryknoll en áreas rurales de Tanzania por casi una década. Un día, como parte de mi ministerio de servicio a personas con enfermedades terminales, visité a Paula, una anciana que se encontraba postrada en la cama de un hospicio con suero conectado a su brazo. Su esposo, también anciano, permanecía a su lado para cuidarla. Cuando Paula dijo que sentía frío, yo le pregunté si quería una gorra para ayudarla a sentirse abrigada. Ella sonrió con aprecio por este pequeño gesto y eligió una gorra de color beige, que fue tejida con amor y enviada por una amiga de Estados Unidos. Qué felicidad me dio poder pasarle el regalo.

Margo Cambier, MKLM