Miembros del pueblo Tikuna bailan en la calle de su barrio en Manaus, Brasil. Las familias Tikuna comenzaron a mudarse a la ciudad en la década de 1980 desde sus aldeas forestales en la región del Alto Solimoes de la Amazonía. (CNS, Paul Jeffrey / Brasil)

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Sínodo de los obispos en octubre discutirá los desafíos que enfrenta la Iglesia en la región amazónica

LLo primero que sorprendió a Teresa Glass cuando se mudó a Riberalta, en las profundidades de la región amazónica de Bolivia, fue que en este mundo de ríos enormes, serpenteantes, a veces agitados, no había puentes.

En su trabajo como terapeuta ayudando a familias que tenían niños con discapacidades, Glass, que se desempeñó como misionera laica Maryknoll en Bolivia desde 1989 hasta 1996, recorrió los caminos polvorientos o fangosos en una robusta motocicleta roja.

Cuando llegaba a un río, la única forma de llegar de un lado a otro, especialmente en la temporada de lluvias, cuando las vías fluviales se desbordaban, era en botes de madera de aspecto precario. Era casi imposible subir y bajar las riberas empinadas de los ríos con la motocicleta y llegar a través de estrechas tablas de madera a los botes sin ayuda, pero descubrió que alguien siempre estaba dispuesto a echarle una mano.

A partir de tareas diarias tan simples, Glass aprendió una de las lecciones más profundas de la Amazonía: personas, plantas y animales, peces, bosques y ríos: todos están interconectados, todos dependen unos de otros para sobrevivir y prosperar.

Ese es uno de los mensajes que escucharán unos 100 obispos cuando se reúnan en el Vaticano en octubre para el Sínodo para la Región Pan-Amazónica. El Papa Francisco convocó a la reunión de prelados del Amazonas para discutir los desafíos que enfrenta la Iglesia en la región, con sus enormes distancias y su vertiginosa diversidad tanto en el mundo natural como en las culturas humanas en las que se encuentra.

El padre agustino Miguel Ángel Cadenas bautiza a un bebé en una comunidad indígena Urarina en el río Urituyacu de Perú el 6 de junio de 2014. (Barbara Fraser/Perú)
Juscelina Silva Batista (derecha), su hija Geovana, 11, y su compañero Cantidio Rego, en su casa en medio del río Amazonas, cerca de Santarem, Brasil. Son una de las últimas familias que quedan en un área donde se están comprando tierras para construir una instalación portuaria. (CNS / Paul Jeffrey / Brasil)

La gente de la Amazonía tiene “una comprensión de la vida … caracterizada por la conectividad y la armonía de las relaciones entre el agua, el territorio y la naturaleza, la vida comunitaria y la cultura, Dios y las diversas fuerzas espirituales”, según el documento de trabajo para el sínodo, que refleja docenas de discusiones que tuvieron lugar el año pasado entre católicos en los nueve países que comparten la cuenca del Amazonas.

La Iglesia Católica ha sido durante mucho tiempo parte de esa red de relaciones. Los primeros misioneros se abrieron paso a lo largo de los ríos hacia el corazón de la región en el siglo XVII, poco después de que los europeos llegaron a América del Sur.

Desafortunadamente, a veces la Iglesia se puso del lado de los gobiernos coloniales, suprimiendo las culturas nativas y apoyando a los poderosos intereses. Las conversaciones con los líderes indígenas en preparación para el sínodo han demostrado que “todavía hay una herida abierta debido a abusos pasados”, dice el documento de trabajo.

Pero los misioneros católicos también tienen siglos de historia de defender y apoyar a los que más sufren, los que viven al margen de la sociedad, “en la periferia”, como lo expresa el Papa Francisco. El Sínodo para la Región Pan-Amazónica pondrá a la periferia en el centro de la atención de la Iglesia.

Los primeros misioneros Maryknoll en el Amazonas llegaron en 1942 a Riberalta, que era una pequeña ciudad fronteriza en la remota frontera entre Bolivia y Brasil. Viajando en bote, ellos ministraron en las aldeas a lo largo de los ríos. Aunque hay más caminos en el Amazonas ahora que hace 50 o 100 años, muchos lugares todavía son accesibles solo en barco.

Eso hace que el trabajo pastoral sea especialmente desafiante. En la cuenca del Amazonas, las parroquias son enormes, las distancias son grandes y el viaje por el río es difícil, lento y costoso. Los sacerdotes y las hermanas no pueden visitar a todos sus feligreses con frecuencia.

Un sacerdote sostiene una Biblia mientras dirige a los peregrinos en oración durante una procesión y peregrinación anual en el río Caraparu en Santa Izabel do Para, Brasil, en esta foto de archivo de 2012. (CNS / Paulo Santos, Reuters/Brasil)

Para muchos católicos en la Amazonía, la misa es un evento muy raro. Algunas comunidades pueden celebrar la Eucaristía solo unas pocas veces al año, dice el obispo retirado Erwin Krautler de Altamira, Brasil. “Para mí, eso es un escándalo”, dice. “Sin la Eucaristía, no puede haber una comunidad cristiana”.

Cómo garantizar que las comunidades católicas en las aldeas remotas puedan mantener una vida espiritual activa será uno de los principales problemas que enfrentarán los obispos cuando se reúnan en octubre.

Las propuestas incluyen alentar las vocaciones sacerdotales, expandir el papel pastoral de los laicos y considerar la ordenación de los ancianos del pueblo, hombres laicos respetados por su fe y su sabiduría, para celebrar la Eucaristía en sus comunidades. (Algunos obispos fuera de la Amazonía han criticado la propuesta de ordenar a los ancianos de la aldea, temiendo que sea un primer paso para permitir que los sacerdotes se casen, pero el Papa Francisco ha enfatizado que el requisito del celibato para los sacerdotes no está en duda).

Es probable que los obispos en el sínodo también consideren nuevos roles de liderazgo para las mujeres en las comunidades católicas en las aldeas.

El empoderamiento de la población local es crucial para la Iglesia en el Amazonas, dice Larry Brixius, quien sirvió en el equipo fluvial de Maryknoll como sacerdote asociado a principios de la década de 1990.

Los misioneros viajaron en bote a las comunidades a lo largo del río. Dirigieron talleres para personas que sirvieron como líderes católicos en sus aldeas, capacitándolos para celebrar bautizos y matrimonios y para preparar a los fieles para la primera comunión.

Vista aérea de una parcela deforestada del Amazonas en el Bosque Nacional Bom Futuro en Porto Velho, Brasil, en el 2015. (CNS / Nacho Doce, Reuters)
Francineide Silva fue desplazada por las inundaciones causadas por la presa de Belo Monte cerca de Altamira, Brasil. (CNS/Paul Jeffrey/Brasil)

Brixius dice que fomentar esa red de relaciones es la parte más importante de ser un misionero.
El regalo de una vida misionera, dice, fue “levarme a una mayor conciencia: se trata de personas que aman a las personas y se preocupan por ellas, y ahí es donde Dios está presente”.

Cuando el Papa Francisco habló con unas 2.500 personas amazónicas en Perú durante su visita a ese país en enero de 2018, dijo que quería darle a la Iglesia un “rostro amazónico”.

Los misioneros dicen que el Amazonas no tiene un solo rostro, sino muchos. Hay cientos de grupos indígenas en los nueve países amazónicos. (Para leer más detalles sobre esta visita, vaya a “Papa Francisco defiende derechos de pueblos amazónicos”)

Y en Brasil, los esclavos que escaparon del abuso en las fincas huyeron al bosque y formaron comunidades llamadas quilombos. Sus descendientes aún viven en esas comunidades, manteniendo vivos el recuerdo y las tradiciones de sus antepasados.

Hay caras urbanas y caras rurales, y hay mucha migración de las zonas rurales a las ciudades a medida que las personas viajan en busca de educación o trabajo.

Cristo amerindio se ve en el santuario de la Iglesia Católica en la aldea de San Ignacio, en las afueras de Lethem, Guyana. Fue tallado por Lloyd Fredericks, un carpintero en el pueblo cercano de Shulinab. (CNS / Paul Jeffrey/Guyana)

La migración se ha expandido en los últimos años, ya que cientos de miles de venezolanos han cruzado las fronteras hacia los países vecinos, huyendo de la agitación económica y política en el país. Cada vez más, los migrantes son familias, que llegan solo con lo que pueden llevar. Muchos tienen hambre.

Los trabajadores de la iglesia ayudan con comida y refugio mientras los migrantes intentan encontrar formas de mantenerse o viajar para reunirse con familiares en otros lugares.

La hermana Inés Arciniegas, una misionera de Consolata, dejó su Colombia natal para ayudar a ministrar a los migrantes que cruzan la frontera sur amazónica de Venezuela hacia Brasil.

Debido a que es hispanohablante, la suya fue una cara especialmente bienvenida para los inmigrantes de habla hispana mientras navegaban por su llegada al Brasil de habla portuguesa.

Marta Nicanor Alfredo es una mujer tikuna en Manaus, Brasil. Su familia se mudó a la ciudad hace décadas desde un pueblo forestal en la región de Alto Solimoes en la Amazonía. (CNS / Paul Jeffrey / Brasil)

Ser solidaria con los migrantes “es lo que significa ser misionera en el Amazonas”, dijo la hermana Arciniegas mientras visitaba a las familias en un campamento improvisado en la ciudad de Boa Vista, Brasil. “Significa viajar ligero”.

El rostro amazónico de la Iglesia, dice ella, también es “el rostro de alguien que es compañero en el viaje, que se convierte en un amigo, que comparte—un rostro profético, acogedor, que escucha a la gente”.

Al proclamar el Evangelio y ayudar a construir el reino de Dios en la Amazonía, “es importante buscar una vida digna para todos, especialmente para los más pobres”, dice el padre Miguel Ángel Cadenas, un sacerdote agustino español que ha ministrado por casi tres décadas entre los pueblos indígenas a lo largo del río Marañón de Perú y en Iquitos, la ciudad amazónica más grande de Perú.

Cada vez más, eso significa ayudar a la población local a defender sus derechos a medida que los extraños invaden sus tierras.

En la parroquia donde el padre Cadenas trabajó en el río Marañón, los derrames de petróleo de un gasoducto envejecido contaminaron el agua e hicieron que el pescado, del que dependían los indios Kukama para obtener proteínas e ingresos, fuera inseguro para comer.

La misión en los márgenes a veces es peligrosa, tanto para la gente local como para los misioneros que defienden el medio ambiente.

En Brasil, la Hermana Dorothy Stang, miembro estadounidense de las Hermanas de Notre Dame de Namur, fue asesinada en 2005 debido a su trabajo con pequeños agricultores que luchaban por defender su tierra contra los especuladores, madereros y ganaderos.

Una cruz roja se encuentra junto a la tumba de la hermana Dorothy Stang, nacida en Estados Unidos, en Anapu, Brasil, quien fue asesinada en 2005. (Barbara Fraser/Brasil)

Al lado de su tumba, debajo de los árboles en un pequeño centro de capacitación en las afueras de la ciudad de Anapú, donde trabajaba, hay una cruz roja pintada con los nombres de 16 personas locales que han sido asesinadas desde su muerte.

De los 165 asesinatos de defensores del medio ambiente registrados por el grupo de vigilancia sin fines de lucro Global Witness en 2018, la mitad fueron en América Latina.

Con los años, la gente ha aprendido a defender sus derechos, pero los misioneros continúan acompañándolos, dice la hermana Jane Dwyer, también de las Hermanas de Notre Dame de Namur.

A pesar de las dificultades y el peligro, ella dice: “La gente nos da esperanza. La gente no tiene (mucho), pero tiene comida. Ellos tienen la tierra. Son comunidad. No van a rendirse fácilmente”.

Para mayor información:
Sobre el Sínodo para la Amazonía, vaya a http://www.sinodoamazonico.va/.
Recursos de MOGC (en inglés) https://maryknollogc.org/article/synod-amazon-what-expect
Moterial de reflexión y oración: https://redamazonica.org/sinodo-amazonico/40-dias/