Niñas pescadoras Asmat en Indonesia, donde el Padre Maryknoll Vincent Cole sirve en misión. (Foto por Joshua Irwandi)

Todos los días a mediodía, un oficinista de la ciudad de Nueva York entra al fresco silencio de la Iglesia de la Santa Cruz, en la calle 42, para la misa. A nueve mil millas de distancia, pescadores Asmat ofrecen oraciones y frutas al mar para una captura abundante antes de zarpar. En el altiplano de Perú, un yatiri, hombre santo,—que fue “ordenado” al sobrevivir a un rayo—ofrece encantamientos, hierbas e incienso para sanar a un niño aymara enfermo y con fiebre. Los Luo de África Oriental, aunque abrazan el cristianismo, aún se cuidan de aplacar los espíritus de sus familiares fallecidos para garantizar la armonía, las bendiciones, y evitar las desgracias.

Desde tiempos inmemoriales, los humanos han buscado lo sagrado en el mundo y en sus vidas, ese algo más grande y más poderoso que ellos y su existencia individual. Para los antropólogos tales creencias y prácticas son indicativas de sociedades primitivas y sin educación que tratan de superar el miedo a lo desconocido. Pero las civilizaciones más grandes—egipcia, griega, romana, azteca, inca, indú, y china, por nombrar algunas—tenían fuertes bases religiosas.

Si bien la Europa moderna parece estar sometiéndose a la secularización, Estados Unidos todavía disfruta de una sólida dimensión religiosa y espiritual. De hecho, Nueva York, posiblemente la ciudad más materialista, financieramente poderosa, étnicamente diversa, culturalmente importante, más educada y políticamente influyente en la Tierra, es, al mismo tiempo, extremadamente religiosa con más de 6.000 casas para el culto.

Y estas iglesias, sinagogas, mezquitas y templos no incluyen los innumerables lugares en los que la gente busca lo sagrado: la costa, el bosque, una montaña o un cielo limpio y estrellado. O en un concierto. O realizando trabajo voluntario en un comedor de beneficencia. El registro más famoso de humanos que buscan lo sagrado es, por supuesto, la Biblia. Extendiéndose por milenios, sus historias, mitos, parábolas, salmos, profecías, epístolas y evangelios abarcan toda una gama de emociones y experiencias.

La Biblia ofrece un verdadero tesoro de sabiduría sobre dónde, qué y quién es sagrado. Adán y Eva disfrutaron de la presencia de Dios incluso después de su caída. Abraham y Sara experimentaron lo sagrado mientras mostraban hospitalidad a los extraños. Al darse cuenta de que estaba parado en tierra santa, Moisés se quitó los zapatos cuando se encontró con lo sagrado en un arbusto en llamas en la cima de una montaña. El pueblo de Israel experimentó el poder milagroso de Dios para liberarlos de la esclavitud. Y de manera inversa, Dios resistió el impulso humano de confinar la divinidad en un templo hecho por el hombre: “Así habla el Señor: El cielo es mi trono y la tierra, el estrado de mis pies. ¿Qué casa podrán edificarme ustedes y dónde estará el lugar de mi reposo?” (Isaías 66, 1)

La mayor guía para buscar lo sagrado y encontrar a Dios está en los Evangelios. Al celebrar la encarnación de Dios en Jesús, los Evangelios nos invitan a buscar lo sagrado en los acontecimientos cotidianos y muy humanos. ¿Qué es más humano que dos mujeres embarazadas, Mary y Elizabeth, que se visitan una a la otra? Los Reyes Magos cruzaron fronteras, culturas y religiones para encontrar la santidad en la forma de un bebé recién nacido en un humilde establo. La mujer samaritana, mientras sacaba agua en el calor del día, apagó la sed de su alma en las palabras vivificantes de un rabino judío. Y, el más impactante de todos, es encontrar lo sagrado clavado en una cruz.

Como misioneros, nuestro deber y alegría es acompañar a las personas en su búsqueda de lo sagrado a través de nuestros actos de caridad y solidaridad. Como dijo la Madre Teresa: “Le doy a las personas una experiencia de Dios. Después, depende de ellos cómo eligen rendir culto”. Las personas pueden estar en diferentes lugares en sus viajes hacia lo sagrado. Es imperativo respetarlo y no menospreciar sus creencias o imponer las nuestras. Muchas veces llegamos a apreciar lo sagrado a través de ellos, sus creencias, oraciones y rituales. Como dice el Padre Maryknoll Vincent Cole, que vive con el pueblo Asmat en las selvas del oeste de Papúa, Indonesia, “el pagano que reza al viento puede estar más cerca de Dios que el cristiano que no reza”.