El Centro Misionero Maryknoll en Bolivia organizó la Peregrinación al Cuidado de la Vida.

Con motivo del Mes Misionero Extraordinario y de la Semana del Cuidado de la Creación, promovida por instituciones de la Arquidiócesis de Cochabamba, organizamos en el Centro Misionero Maryknoll, la Peregrinación al Cuidado de la Vida.

La peregrinación tuvo cinco estaciones que nos ayudaron a reconocer de dónde venimos, la red de interrelaciones que sostiene la vida, la ruptura de relaciones que los seres humanos hemos causado, y las fuerzas que podrían ayudarnos a retejer esas relaciones.

Comenzamos por la estación El Cosmos para tomar conciencia que somos parte de un todo, una red de interrelaciones por las que se sostiene la vida. La invitación fue a conectarnos con la naturaleza con todos los sentidos. Luego escribimos nuestros nombres en un papel y lo colocamos en una red para manifestar nuestro ser en relación con todo lo creado.

La segunda estación, Ruptura con la Creación, y la tercera, Ruptura con Nuestros Hermanos, nos ayudaron a comprender que los seres humanos hemos roto la red de relaciones y el equilibrio que permite el desarrollo de la vida y la convivencia entre todos los seres.

Primero, nos encontramos con El Árbol de la Abundancia reconociendo todos los frutos que la tierra nos ofrece. Luego nos acercamos al Árbol de la Escasez, rodeado de sequía y contaminación. Dimos gracias y pedimos perdón a la Tierra por el daño que ocasionamos. Ahí recordamos lo que el Papa Francisco nos dice: “el grito de la Tierra y el grito de los pobres” son dos caras de la misma crisis, una profunda crisis socio-ambiental.

En la tercera estación representamos el drama de los migrantes, para comprender el dolor, desprecio y sufrimiento que viven, así como las expresiones de racismo y discriminación a lo largo del mundo, que provocan tanta violencia.

La cuarta estación, Diálogo de Espiritualidades y Sabidurías, nos invitó a recuperar las fuentes que nos ayudan a retejer las relaciones. Creemos que sin una fuerte espiritualidad y la recuperación de saberes ancestrales no podemos lograr la tan ansiada “conversión ecológica” a la que nos invita Francisco. El lugar donde nos reunimos estaba rodeado de imágenes de líderes espirituales, rituales de diversas tradiciones, los mártires de la ecología, entre otros. Allí se nos invitó a realizar la experiencia de caminar en un laberinto de meditación para conectarnos con lo más profundo de nuestras motivaciones para construir un mundo más fraterno.

En la quinta y última estación, Celebrar la Diversidad de Nuestros Pueblos, personas de diversas culturas compartieron las características de la espiritualidad de sus pueblos y la riqueza de sus valores culturales. Después de los testimonios, los catequistas rurales nos motivaron con su música, muy propia del mundo andino, y terminamos en un gran baile celebrando la diversidad de nuestros pueblos.

El cielo bendijo la jornada con una fuerte lluvia, que debió ayudar a apagar los incendios que estaban azotando el Cerro Tunari, una reserva natural en Cochabamba.

Hemos hecho de la experiencia que la llamada misionera exige un compromiso con el cuidado de la creación y con la construcción de puentes que nos hermanen y permitan vida plena para todos.

Como dice el Papa Francisco en Laudato Si’: “Si ‘los desiertos exteriores se multiplican en el mundo porque se han extendido los desiertos interiores’, la crisis ecológica es un llamado a una profunda conversión interior. Pero también tenemos que reconocer que algunos cristianos comprometidos y orantes, bajo una excusa de realismo y pragmatismo, suelen burlarse de las preocupaciones por el medio ambiente. Otros son pasivos, no se deciden a cambiar sus hábitos y se vuelven incoherentes. Les hace falta entonces una conversión ecológica, que implica dejar brotar todas las consecuencias de su encuentro con Jesucristo en las relaciones con el mundo que los rodea. Vivir la vocación de ser protectores de la obra de Dios es parte esencial de una existencia virtuosa, no consiste en algo opcional ni en un aspecto secundario de la experiencia cristiana. (LS 217).