Misionero Laico Maryknoll Tim Ross, izq., con el señor López, un indigente, en la comunidad Tutunichapa en San Salvador, El Salvador. (Meinrad Scherer-Emunds/El Salvador)

MISIONEROS LAICOS MARYKNOLL BRINDAN AYUDA A LOS SIN HOGAR EN EL SALVADOR

Mientras María, Óscar Ulysses y Tim Ross hacen sus rondas con termos con café, sándwiches de huevo y pequeñas bolsas de agua fría para beber, son recibidos calurosamente por las personas sin hogar del centro de San Salvador.

Muchos de los hombres, mujeres y familias sin hogar de la zona duermen en las aceras o en cartones, mojándose durante la temporada de lluvias y respirando los gases del incesante tráfico de San Salvador.

El Misionero Laico Maryknoll Tim Ross ha liderado esta ruta de pan y café los viernes y sábados por la mañana. En el verano de 2018, se asoció con Erica Olson, una ex misionera laica Maryknoll, que ahora trabaja para Hábitat para la Humanidad en San Salvador, y Nelly Ramírez, para comenzar una casa de hospitalidad de Trabajadores Católicos en San Miguelito, uno de los barrios de la ciudad.

La Carpa

Ellos explican, en un boletín, que llamaron La Carpa a la casa “como recordatorio de nuestra impermanencia en la Tierra, nuestro anhelo de una morada eterna… [y] el estilo de vida de aquellos a quienes tratamos de servir: errantes, hambrientos, buscando comida y un lugar seguro para dormir”.

MisioneroTim Ross brinda desayuno a un grupo de hombres sin hogar afuera de La Carpa, una casa de hospitalidad deTrabajadores Católicos, en el barrio San Miguelito, San Salvador. (Erica Olson/El Salvador)

María, quien no quiere que se use su apellido, y Ulysses son dos de cuatro ex sin hogar y residentes de La Carpa que han sido parte de la comunidad por más de un año. Han acompañado a Ross para proporcionar a las personas sin hogar no solo una comida muy necesaria, sino, algo más importante, un ministerio de presencia y amistad.

“Tim es un ángel. Tim nos ha dado amistad… y lo amamos”, dice Louis, un hombre sin hogar, en un inglés fluido y casi sin acento.

Muchos de los sin hogar de San Salvador luchan con problemas de adicción. Louis recientemente quedó limpió durante unos meses y vendió pan dulce en los autobuses, pero ahora está de vuelta en la calle.

“Hay mucho uso de drogas, y aunque muchas personas expresan su deseo de cambiar sus vidas, no ven una salida fácil”, dice Ross. “Están muy acostumbrados a que a nadie le importe lo que les sucede”.

Deportados de Estados Unidos

Al igual que un sorprendente número de personas sin hogar en San Salvador, Louis ha aprendido su inglés impecable después de muchos años de trabajo en Estados Unidos. Como muchos otros, fue deportado y tiene problemas para reintegrarse y encontrar trabajo en El Salvador.

“Tienen una mayor conexión cultural con Estados Unidos que con El Salvador”, explica Ross. “Una vez de regreso en El Salvador, a menudo no tienen una red de apoyo. Es muy difícil para ellos tener éxito aquí”. Ser un extraño es muy peligroso, particularmente en áreas controladas por pandillas, lo cual es un gran problema en El Salvador, dice.

Dos de los residentes de La Carpa también vivieron en Estados Unidos durante décadas. Christian Rivas vivió y trabajó en Virginia, donde crió a dos hijas, ahora de 21 y 16 años, de las que se separó cuando fue arrestado por conducir con una licencia suspendida. Después de ocho meses en un centro de detención de ICE, fue deportado a El Salvador. Desde su regreso, ha trabajado duro, primero en la construcción y ahora en un centro de atención telefónica, pero terminó viviendo en las calles y en refugios para personas sin hogar hasta que llegó a La Carpa en noviembre de 2018.

Fileno Antonio Atola pasó unos 25 años en Estados Unidos, trabajando desde lavavajillas a jornalero a trabajador de salmoneras en Alaska. Luchó con el alcoholismo, y ha estado sobrio por muchos años. Regresó a El Salvador en 1996. “No tengo mucha familia aquí”, dice, “una hija, una nieta y una prima. Pero no quiero molestarlos”.

“Dios puso a Tim en mi camino”, dice Atola. Junto con Ross y otros residentes de La Carpa, es voluntario en un comedor cercano, el Comedor Mamá Margarita de la parroquia católica María Auxiliadora, así como en otra iglesia local.

Recientemente, La Carpa dejó la ruta del pan y el café para proporcionar comidas en la casa. Ahora sirve el desayuno seis días a la semana a unas 30 personas afuera de sus puertas en el Pasaje 2 en el Barrio San Miguelito.

El Misionero Laico Maryknoll Tim Ross conversa y le ofrece algo de comer a Louis, un indigente que vive en la intemperie, cerca a un hospital en el centro de San Salvador, El Salvador.

Misionero Laico Maryknoll Tim Ross, izq., acompaña y sirve a personas sin hogar en San Salvador, El Salvador. (Erica Olson/El Salvador)

El Misionero Laico Maryknoll Tim Ross conversa y voluntarios praparan alimentos para personas sin hogar de San Salvador, El Salvador.

La ruta del pan y el café logró cumplir su intención original, dice Ross. “La gente nos conoció… y ahora vienen a nuestra casa para el desayuno”.

Nuevos Desafíos

Sin embargo, servir a docenas de personas en La Carpa ha creado algunos desafíos. “Hay algo de mala sangre entre diferentes grupos de personas sin hogar en San Salvador, y hemos tenido que terminar varias peleas en nuestra acera”, dice Ross. Como resultado, han recibido quejas de los vecinos de que “arruinamos el vecindario”.

Misionero Laico Maryknoll Tim Ross, izq., con el señor López, un indigente, en la comunidad Tutunichapa en San Salvador, El Salvador.

Ross, Olson y Ramírez establecieron la casa de hospitalidad como un lugar donde podían invitar a las personas a quedarse y vivir como residentes permanentes, y a construir una comunidad juntos.

“Nuestra esperanza para esta casa”, dice Ross, “es tener una comunidad cristiana muy unida, donde las personas que tradicionalmente han sido descartadas por la sociedad puedan encontrar un lugar donde sean importantes, valorados y bienvenidos, donde puedan contribuir. Lo que realmente los toca profundamente es cuando se dan cuenta de que estamos aquí como sus amigos, como familia”.

Algunos residentes tuvieron problemas con eso al principio. “Estaban acostumbrados a vivir de manera muy independiente”, dice Ross. “Es conmovedor y gratificante ver cuando se dan cuenta de que quieren que seamos parte de su familia”.

Además de ayudar a servir a la comunidad de personas sin hogar, los siete residentes de La Carpa también se reúnen todos los sábados para reflexionar, orar y estudiar la Biblia, así como para conversaciones, juegos y otras actividades de construcción de la comunidad.

“Probablemente parte del trabajo más importante que hago es simplemente sentarme y escuchar las historias de las personas”, dice Ross. “Todos aquí han pasado por experiencias traumáticas, ya sea que hayan perdido su hogar o su familia, sean víctimas de la injusticia en esta sociedad o de la injusticia en los Estados Unidos. Una vez que las personas salen del modo de supervivencia, se produce una transición. Comienzan a procesar las experiencias por las que han pasado, y ese es un proceso doloroso, pero también es curativo”.

Los residentes de La Carpa provienen de diferentes tradiciones cristianas, pero Ross dice: “Todos somos muy conscientes del llamado a servir a nuestros vecinos, y enfatizamos mucho la espiritualidad de reconocer a Cristo en todos”.