Una mujer sin hogar sentada afuera de su carpa en el barrio de Skid Row en el centro de Los Ángeles, California. (CNS/Los Ángeles)

COMUNIDAD PARROQUIAL EN CALIFORNIA ALIMENTA A PERSONAS SIN HOGAR

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osé López tenía 7 años de edad cuando llegó de México a Los Ángeles, California, con su familia. Iba a la escuela y a misa los domingos con su mamá. Pero cuando tenía 14 años, se sintió atraído a una pandilla que se reunía en un parque cerca a su casa. “No sé qué me atrajo a hablar con ellos. Fue tonto”, dice López. Se unió a la pandilla y empezó a tomar alcohol y luego a consumir heroína. 

A los 17, dejó de ir al colegio, abandonó su casa y se volvió un adicto a las drogas.

Con unas 450 pandillas, a Los Ángeles se le conoce como la capital de las pandillas de Estados Unidos.

Por más de 30 años, López vivió en centros de rehabilitación, en prisiones o en el asfalto de las calles. 

“Estuve muerto espiritualmente”, dice López ahora. “Comía de los tachos de basura. Recogía botellas para recolectar dinero para comprar drogas”, agrega.

El 19 de julio del 2007, afirma, fue la última vez que fue arrestado por la policía por posesión de drogas. “Pisé fondo”, dice él. “Le pedí a Dios cambiar”. Fue enviado a un centro de rehabilitación y a narcóticos anónimos. 

Eventualmente, López conoció a María, ahora su esposa, quien lo invitó a ser voluntario en la iglesia Nuestra Señora Reina de Los Ángeles, conocida como La Placita, que ofrece servicios a las personas sin hogar.

“Sé lo que pasan las personas sin hogar. Siento su dolor y sufrimiento”, dice él, quien ha sido voluntario por más de 10 años. “Hago esto para agradecer a Dios”.

López, quien ahora dirige a otros voluntarios en este ministerio, ayuda a colocar las mesas, a poner la comida afuera, y ora junto a voluntarios y recipientes del servicio antes de la cena que se sirve al costado de la iglesia frente a un mural de la virgen de Guadalupe.

Este ministerio, que se inició hace 35 años, atiende a unas 300 personas sin hogar cada noche.

En el 2019, el gobierno local reportó unas 60.000 personas sin hogar en el condado, con más de 36.000 en la ciudad de Los Ángeles, siendo la causa principal de esta situación el costo elevado de las rentas. Un apartamento de una habitación puede costar hasta $2000 al mes.

“Para las personas sin hogar, su único recurso es la iglesia”, dice Lorena Zepeda, directora del ministerio de servicios sociales de La Placita. “No tienen otro lugar donde ir. Nosotros cuidamos de ellos”.

La Placita además ofrece un banco de comida, ropa usada y brinda asistencia médica. Una vez a la semana, una enfermera toma la presión, revisa la diabetes, y cura heridas pequeñas de las personas sin hogar.

Como voluntario, José López reparte comida por las noches a las personas sin hogar afuera de la iglesia Nuestra Señora Reina de Los Ángeles. (Cortesía de José López/Los Ángeles)

Zepeda dice que La Placita se unió a los esfuerzos de la ciudad y del condado de Los Ángeles para poner fin al problema de las personas sin hogar. Un trabajador social del condado va regularmente a la iglesia para explicar los recursos existentes, dónde recibir cupones de alimento, cómo obtener seguros de salud y para educarlos sobre sus derechos y los beneficios que el gobierno tiene para ellos.

Las personas sin hogar son de todas las razas y de diferentes trayectorias. Algunos tienen problemas de adicción, otros son discapacitados, desempleados, inmigrantes, refugiados o personas con enfermedades mentales.

Para Zepeda la misión de la iglesia no es solo ofrecer servicios, sino también brindar compasión. Ella recuerda un día en el que el padre Arturo Corral, el párroco de La Placita, cuidó de Terry, un indigente anciano con problemas mentales. Lo encontraron alrededor de la iglesia mojado, con escalofríos y con fiebre. Había pasado la noche bajo la lluvia.

Una mujer empuja un carrito con sus pertenencias en el centro de Los Ángeles. (CNS/Patrick Fallon, Reuters)

“Mientras esperaba la ambulancia, el padre Corral lo cambió y lo limpió. No podíamos encontrar la llave del almacén para sacar unas cobijas, pero el padre fue a su dormitorio, trajo su propia cobija y lo cubrió”, dice ella. “Fue una lección para mí”.

“Nunca hemos tenido ningún problema con las personas sin hogar, nos respetan”, dice el padre Corral. “Para ayudarlos hay que entenderlos”.

Para el sacerdote es muy importante colaborar con el consejo municipal de la ciudad para encontrar soluciones. Por dos años, la iglesia ha ofrecido un espacio, con la ayuda de la ciudad, para que las personas sin hogar puedan guardar sus pertenencias durante el día mientras buscan trabajo o vivienda.

En otoño del 2016, se aprobó una propuesta que autorizó $1.2 billones para construir aproximadamente 10.000 unidades de casas para personas sin hogar y de bajos ingresos económicos en la ciudad de Los Ángeles.

Eso hace que el padre Corral tenga esperanza en el futuro. “No están solos, hay bastante ayuda de la iglesia, la comunidad, la ciudad y el condado de Los Ángeles”, dice él. “Cuando veo a personas dormir en las calles y alrededor de la iglesia, es triste, pero sé que Dios está “Mientras esperaba la ambulancia, el padre Corral lo cambió y lo limpió. No podíamos encontrar la llave del almacén para sacar unas cobijas, pero el padre fue a su dormitorio, trajo su propia cobija y lo cubrió”, dice ella. “Fue una lección para mí”.

“Nunca hemos tenido ningún problema con las personas sin hogar, nos respetan”, dice el padre Corral. “Para ayudarlos hay que entenderlos”.

Para el sacerdote es muy importante colaborar con el consejo municipal de la ciudad para encontrar soluciones. Por dos años, la iglesia ha ofrecido un espacio, con la ayuda de la ciudad, para que las personas sin hogar puedan guardar sus pertenencias durante el día mientras buscan trabajo o vivienda.

En otoño del 2016, se aprobó una propuesta que autorizó $1.2 billones para construir aproximadamente 10.000 unidades de casas para personas sin hogar y de bajos ingresos económicos en la ciudad de Los Ángeles.

Eso hace que el padre Corral tenga esperanza en el futuro. “No están solos, hay bastante ayuda de la iglesia, la comunidad, la ciudad y el condado de Los Ángeles”, dice él. “Cuando veo a personas dormir en las calles y alrededor de la iglesia, es triste, pero sé que Dios está con ellos”. 

José López, quien ahora además de voluntario es un ministro de la eucaristía en la iglesia y tiene un trabajo a tiempo completo, dice que continuará sirviendo a las personas sin hogar. “Siento alegría y paz en mi corazón, porque sé que este es mi nuevo plan”, añade. “Le agradezco a Dios por estar aquí. Es un milagro estar vivo”.