¿De Quién es la Iglesia?

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No es una pregunta capciosa. Es la Iglesia de Jesús. Lo dice en el interior del Vaticano, en palabras en latín que rodean la cúpula de Miguel Ángel: “Tu es Petrus et super hanc petram aedificabo ecclesiam meam …” (Mateo 16,18) “Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré MI iglesia …” (Énfasis agregado). Esto resulta ser más literal de lo que la mayoría de la gente sabe. Los huesos se descubrieron debajo de la Basílica de San Pedro en 1942 y se identificaron en 1968, por lo que la Iglesia fue en efecto construida sobre el papa que lleva el mismo nombre.

La conclusión principal es que, desde sus inicios, la Iglesia perteneció a Cristo.

Es solo cuando nosotros, el Cuerpo de Cristo, olvidamos este hecho esencial, que nos sentimos abrumados y desesperados por el estado actual de la Iglesia.

No podemos negar que existen problemas muy serios que no deben ser minimizados: los efectos del escándalo de abuso sexual de menores del 2002 continúan socavando la confianza de la gente en los obispos, así como en la institución. Las demandas legales obligan a los obispos a vender las propiedades de la iglesia. Las divisiones políticas han fragmentado los consejos parroquiales. Menos vocaciones sacerdotales y un sacerdocio cada vez más envejecido han obligado a los obispos a cerrar y consolidar cientos de parroquias. Los feligreses desanimados disminuyen su apoyo financiero o abandonan la Iglesia por completo.

Épocas como esta no solo nos ayudan a recordarnos a nosotros mismos que la Iglesia le pertenece a Cristo, sino también que miremos un poco más de cerca nuestra historia de 2000 años.

La Iglesia ha pasado antes por épocas de tribulaciones. De hecho, los primeros cientos de años fueron testigos de brutales persecuciones y martirios desatados por déspotas decididos a desaparecer el nuevo “Camino”. Sin embargo, la Iglesia resistió y creció.

Internamente, la Iglesia ha estado plagada de conflictos y divisiones, incluido el Gran Cisma (división) de 1054 entre el catolicismo romano y la ortodoxia oriental.

Durante los días más oscuros, el Espíritu Santo elevó santos para guiar a la Iglesia hacia la luz.

En la época medieval, cuando los papas y obispos llevaban estilos de vida opulentos y la corrupción era desenfrenada, Francisco de Asís escuchó a Jesús hablarle desde la cruz: “Francisco, reconstruye mi Iglesia”. Al principio, Francisco tomó el mensaje literalmente; comenzó a reparar una capilla abandonada, una piedra a la vez.

Pero finalmente se dio cuenta de que su llamado era ser un testimonio vivo de Cristo. Renunció a todas las posesiones mundanas, y se dedicó a la prédica del Evangelio y al cuidado de los enfermos. Pronto tuvo una banda de seguidores haciendo lo mismo.

Más cerca a nuestro tiempo, durante la Gran Depresión, la periodista estadounidense Dorothy Day se convirtió en una defensora incansable de los pobres.

Ella fundó el Movimiento del Trabajador Católico, dedicado a ofrecer hospitalidad a las personas sin hogar y a protestar en contra de la guerra, la violencia y todas las formas de injusticia.

Day nunca dudó en alzar la voz contra los males que vio, incluso cuando le trajeron críticas de la jerarquía católica, como por su postura pacifista durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, ella siguió siendo una católica leal que buscaba su fuerza en los sacramentos y rituales de la Iglesia. La causa de su canonización se encuentra actualmente en el Vaticano.

Los profetas apasionados como ellos llaman a miembros del clero y a laicos por igual a una conversión radical al Evangelio.

¿De quién es la Iglesia? Es de Cristo y es nuestra. Sobrevivirá y prosperará si recordamos que pertenecemos a Cristo y que, como Francisco de Asís y Dorothy Day, estamos llamados a ser Cristo en el mundo de hoy.

Tengamos en cuenta el resto de esa cita de Mateo 16,18 dentro de la cúpula de San Pedro: “Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

Imagen destacada: Feligreses, mayormente filipinos, adoran fervientemente a Dios en una misa dominical en el 2018, en la iglesia de Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción en Taichung, Taiwán. (Nile Sprague/Taiwán)

About the author

Joseph Veneroso, M.M.

Joseph R. Veneroso, M.M., es el ex editor de la revista Maryknoll. Él sirvió como misionero en Corea y ahora vive en el Centro de Maryknoll en Ossining, Nueva York, y también atiende las necesidades pastorales de una comunidad coreana en una parroquia católica en New York City. Es autor de dos libros de poesía, Honoring the Void y God in Unexpected Places, una colección de columnas de la revista Maryknoll titulada Good New for Today y Mirrors of Grace: The Spirit and Spiritualities of the Maryknoll Fathers and Brothers.

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