Por Mary Ellen Manz, M.M.
Decimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario
Domingo 4 de agosto del 2024
Ex 16, 2-4. 12-15 | Ef 4, 17. 20-24 | Jn 6, 24-35
No es extraño que algunas personas entre la muchedumbre que vio el milagro de la multiplicación de los panes salieran a buscar a Jesús, con tanto desespero que hasta contratarían a navegantes y cruzarían el mar de Cafarnaúm para encontrarlo. Pero Jesús ya conocía sus intenciones y los desafía.
“Yo les aseguro que ustedes no me andan buscando por haber visto señales milagrosas, sino por haber comido de aquellos panes hasta saciarse”. Y luego les dice: “No trabajen por ese alimento que se acaba, sino por el alimento que dura para la vida eterna y que les dará el Hijo del hombre; porque a éste, el Padre Dios lo ha marcado con su sello”. Ellos le preguntaron: “¿Qué necesitamos para llevar a cabo las obras de Dios?”
San Pablo contesta esta pregunta por todos nosotros en su carta a los efesios: “No deben ustedes vivir como los paganos, que proceden conforme a lo vano de sus criterios”. Por supuesto, podemos entender esto más a fondo respecto a la avaricia, el desperdicio, el egoísmo y muchas más cosas que tientan nuestras vidas.
Me hago esa pregunta a mí misma, mientras pienso en los millones de niños inocentes en Sudán, Gaza, Yemen, Siria, Ucrania y aquí mismo en nuestro propio país que sufren de desnutrición o de hambre, o aquellos niños que, si viven, no podrán desarrollarse física o mentalmente. ¿Qué debo hacer? ¿Qué debemos hacer? No puedo hacer nada yo sola. El Papa Francisco nos llama sabiamente a ser una “Iglesia sinodal“. La sinodalidad se trata de comunión, participación y misión. Es caminar juntos — no sólo con Cristo, sino como Cristo — en el mundo hoy con los pobres y rechazados, tal como Jesús lo hizo.
Las lecturas de las Escrituras en Éxodo nos recuerdan de la presencia constantemente amorosa de Dios y su cuidado con nosotros. Los israelitas se enfrentaban a una posible muerte por hambruna en el desierto. En respuesta a la oración que Moisés elevó por ellos, Dios envió una sustancia fina que parecía rocío en el suelo. Cuando ellos la vieron, se preguntaron con desconcierto, “¿Qué es esto?” Moisés les dijo: “Este es el pan que el Señor les da por alimento”. Así, asombrosamente, los israelitas recibieron maná por los siguientes 40 años, hasta que llegaron a tierra habitable en la frontera de Canaán.
Hay una conexión a través de las Escrituras que va desde el maná en el desierto, la multiplicación de los panes de Jesús, la transformación del pan y el vino en el cuerpo y sangre de Jesús en la Última Cena, la práctica primitiva de los cristianos de compartir la Eucaristía al comer hasta a cómo hoy nos reunimos alrededor de altares en todo el mundo para recibir el Pan de Vida en nuestros cuerpos para ser auténticos con nuestro llamado a traer el amor de Dios al mundo.
Jesús explicó: “No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es aquel que baja del cielo y da la vida al mundo”.
Ellos respondieron entonces como nosotros respondemos hoy: “Señor, danos siempre de ese pan”.
Y Jesús nos asegura: “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre y el que cree en mí nunca tendrá sed”.
La Hermana Mary Ellen Manz se unió a las Hermanas Maryknoll en 1950. Sirvió por 20 años en Chile como maestra y por 24 años en lo que entonces era el sur de Sudán en proyectos de escolarización. En el 2007 la Hermana Manz regresó a Maryknoll, Nueva York, donde escribe y coordina artículos para la revista Maryknoll y Misioneros.
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Imagen destacada: Imagen de un pan tajado, arándanos y avena sobre una mesa. (Helena Yankovska/Unsplash)