Por Michael Snyder, M.M.
VII Domingo Ordinario
Domingo 23 de febrero del 2025
1 Samuel 26, 2. 7-9. 12-13. 22-23| 1 Corintios 15, 45-49| Lucas 6, 27-38.
Las personas halagaron a David por su valentía al vencer y dar muerte a Goliat. Gracias a las Escrituras sabemos que el Rey Saúl envidiaba el triunfo de David y quería matarlo. David tuvo que huir. Sin embargo, en la lectura de esta semana, David tiene la oportunidad de darle la vuelta a la situación y matar al Rey Saúl. Él se niega a hacerlo. En lugar de eso, toma la espada de Saúl y desde una gran distancia, llama a Saúl y le dice que hubiera podido matarlo, pero que no le haría algo así al rey designado por Dios.
En el salmo responsorial proclamamos: “El señor es compasivo y misericordioso”. El Evangelio de hoy es conocido porque enfatiza la importancia de la misericordia y el perdón. “Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los aborrecen, bendigan a quienes los maldicen y oren por quienes los difaman”. Estas palabras reflejan las acciones de David en aquel encuentro con Saúl. Palabras como estas son fáciles de decir, pero son tan difíciles de vivir en nuestra vida diaria. Vemos conflictos en todo el mundo: en Israel, Palestina, Ucrania, Sudán y en tantos lugares y entre grandes poderes. No creo que la misericordia y el perdón sean una prioridad para los líderes del mundo.
Durante mi misión en Tanzania viaje a muchos países. Muchos de estos países no eran amigables con Estados Unidos o con los cristianos en general. Este fue el caso de Sudán en los noventa. Fui allí a visitar a nuestros misioneros en el país. Llegué a Jartum con mucho miedo. Conocí a un hombre del sur de Sudán que trabajaba en Jartum pero que vivía en un campo designado específicamente para los sureños que venían a trabajar en fábricas de la ciudad. Muchos de estos trabajadores eran cristianos. Este hombre era además catequista. La policía lo arrestó y lo metió en una celda abarrotada en donde no podía ni siquiera sentarse. Luego lo interrogaron y trataron de hacerlo negar su fe. Él no cedió. Así fue por muchos días. Finalmente, lo metieron en la parte trasera de un auto policial y condujeron fuera de la ciudad, donde lo tiraron del auto. Afortunadamente, aunque estaba herido y con moretones, pudo volver al campo a continuar sirviendo como catequista.
Esta historia contrasta enormemente con mis experiencias con los musulmanes en mi viaje a Jartum. Un día, me perdí mientras caminaba. Me armé de valor y le pedí dirección a un policía. Amablemente, él me señalo el camino. Me subí a un bus repleto de gente y muchos jóvenes se pusieron de pie para ofrecerme su asiento. Me di cuenta de que la mayoría de las personas solo están tratando de sobrevivir, día a día, para poner comida en la mesa, cuidar de sus seres amados y vivir en armonía con sus vecinos. Me di cuenta de que esto es cierto en muchos de los países que visité a lo largo de los años.
En nuestros corazones, sea cual sea nuestra religión o nuestra alianza política, sabemos que el Señor abunda con misericordia y gracia. Y es nuestra vocación, como seguidores de Jesús, mirar a los demás como Dios los ve. Nuestro Evangelio de Lucas declara claramente: “Al que te pida, dale… Traten a los demás como quieran que los traten a ustedes”.
El Padre Maryknoll Michael Snyder, de Rutheford, Nueva Jersey, sirvió como pastor y capellán en Tanzania por más de 20 años. También sirvió para la Sociedad Maryknoll como director de vocaciones y en el consejo general. Actualmente es director de admisiones.
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Imagen destacada: Un grupo de hombres vestidos con túnicas se abrazan cerca de Jartun, Sudán, 2008. (Rita Willaert/Flickr/Sudán)