Por Madeline Dorsey, M.M. †
Domingo 1 de septiembre del 2024
Dt 4, 1-2. 6-8 | E Sant1, 17-18. 21b-22. 27 | Mc 7, 1-8. 14-15. 21-23
Esta reflexión se publicó previamente en 2014.
La Hermana Maryknoll Madeline Dorsey (1918-2021) sirvió muchos años en El Salvador, donde en 1980 ella y la Hermana Terry Alexander tuvieron que identificar los cuerpos de dos hermanas Maryknoll, Ita Ford y Maura Clarke y otras dos misioneras que habían sido masacradas por la Guardia Nacional.
Nuestra hermosa oración de apertura hoy es emblemática del tema que contienen todas las lecturas: “Dios misericordioso, de quien procede todo lo bueno, inflámanos con tu amor y acércanos más a ti a fin de que podamos crecer en tu gracia y perseveremos en ella”.
Moisés le dice al pueblo que escuche los mandatos y preceptos cuidadosamente que enseña para que así puedan dar evidencia de su sabiduría e inteligencia a otras naciones. El salmo nos dice que aquel que obra con justicia será grato a los ojos del Señor.
San Santiago declara que cada don valioso, cada don genuino, viene de arriba y que debemos aceptar la palabra que nos dice que cuidemos a huérfanos y viudas en sus tribulaciones. Jesús les dice a los escépticos fariseos que sólo aman a Dios de la boca para afuera y que sus corazones están lejos de él.
La gente pobre y sencilla de El Salvador, durante la larga guerra civil que destruyó hogares, pequeñas propiedades, asesinó a miembros de familia —especialmente a la juventud y a cualquiera con potencial para el liderazgo, incluidos catequistas y líderes de comunidades cristianas— se mantuvo valiente y fiel. Fue mi privilegio el vivir entre ellos y servirles.
Me gustaría compartir con ustedes como pudieron vivir y mantener un grado de seguridad en medio de una guerra que estaba a la vuelta de la esquina. Contando todas las familias en la aldea, el bosque, en los rieles del tren y en las cabañas, nuestra comunidad de desplazados superaba las 5.000 almas.
Nuestra ubicación estaba fuera del pueblo de Ilopango, donde había una base militar y un centro de entrenamiento para tropas como las que asesinaron a los seis jesuitas y dos mujeres en la Universidad Centroamericana (UCA) en 1989.
Éramos una extensión de la parroquia de Ilopango, cuyo pastor, el padre Fabian Amaya, era amigo y vicario para el Monseñor Óscar Romero. Él celebraba la Misa para nuestro rebaño una vez a la semana. Cuando Charles Beirne SJ, quien era entonces presidente de Santa Clara Collen en San José, California, vino a reemplazar a Ignacio Ellacuría —el primero de los seis jesuitas martirizados en la UCA— él celebraba la Misa de la tarde del sábado y amaba a la comunidad de Monte Carlo.
Una hermana que me acompañaba organizaba el catequismo para los niños y guiaba los deberes de la juventud. Yo organizaba comunidades eclesiales de base y el consejo de la iglesia. Teníamos un número de comunidades eclesiales que dedicaban al estudio y la reflexión de las Escrituras.
La profundidad del entendimiento de estas mujeres casi analfabetas y su manera de poner en práctica los preceptos me emocionaba. Cuando les pregunté cuál era su necesidad más grande y cómo podrían superarla, su respuesta fue inmediata: un huerto de hierbas y medicina, cuyo costo no podían pagar.
Así empezó nuestro trabajo. Los esposos de las mujeres sabían que necesitaban poner una cerca en el lote aledaño a nuestra capilla. Un empleado experto del acueducto de la ciudad extendió la tubería para poner un grifo en la parte de afuera de nuestra capilla para el riego. Esto también nos ayudaba a limpiar la capilla. Plantar las hierbas tomó tiempo, pero parecieron crecer de una noche a otra y eran plantas bien cuidadas.
Luego empezamos a preparar jarabes y pomadas, para los cuales necesitábamos comprar vaselina y otros ingredientes que requerían fondos mínimos. Nuestro ingenio llevó a las mujeres a pensar qué bien se venderían las pupusas (un tipo de tortilla rellena que se tuesta sobre el fuego) después de nuestra Misa del sábado. ¡Y vaya se vendieron! Sobra decir que también son una comida favorita mía.
La arquidiócesis tenía un programa de entrenamiento de salud que con clases para nuestras devotas trabajadoras. Un pedido de parte de Maryknoll y nuestros amigos en casa donaron suficientes fondos para erigir una estructura sencilla que sirviera de clínica y de área de trabajo. Además, nos visitaba un doctor semanalmente. La medicina herbolaria estaba disponible y atención a la salud de las personas pobres también.
Otro ministerio notable empezó con una joven que durante mis años tempranos de ministerio en El Salvador llegó a conocer a nuestras hermanas que fueron martirizadas por la Guardia Nacional que seguían órdenes de arriba en diciembre de 1980. Esto se puede llamar un éxito de la no violencia en medio de los horrores de la guerra.
Lupe Calderón había recibido entrenamiento como catequista y trabajadora de la salud. Ella vivía en una colonia de la segunda ciudad más grande de El Salvador, donde ministraba en una parroquia en evolución con todo lo que ello implica.
En honor a las cuatro religiosas martirizadas, empezó el programa Niño a Niño que también ofrecía instrucción a las mujeres. El programa se llamaba Fundación para la salud de la niñez y la mujer Maura, Ita, Dorothy y Jean (FUSANMIDJ). Los participantes del programa plantaban vegetales y huertos de frutas para cubrir las necesidades en el área local.
Durante los dos terremotos que el país sufrió después de que terminó la guerra, ella reclutó a mujeres y niños para ayudar en la reconstrucción de casas. Su trabajo continúa, pero los fondos son pocos.
¡Qué grande es tu bondad, Señor! Tú la reservas para tus fieles y la brindas a los que se refugian en ti”. (Salmo 31)
Para leer otras reflexiones bíblicas publicadas por la Oficina de Asuntos Globales de Maryknoll, haga clic aquí.
Imagen destacada: Mural de las cuatro religiosas asesinadas en El Salvador. (Alison McKeller/Flickr)