Quinto domingo
22 de marzo de 2026
Ez 37, 12-14 | Rom 8, 8-11 | Jn 11, 1-45
Si nos preguntamos cómo se ve la violencia en nuestro mundo, tenemos innumerables ejemplos. En El Salvador, la violencia estructural y la violencia interpersonal son visibles: estructuralmente, la mayoría de los pobres luchan por protecciones básicas contra un régimen autoritario, e interpersonalmente, en la aldea donde sirvo, los gritos de la violencia intrafamiliar de los vecinos resuenan sobre los techos de hojalata.
Preguntémonos cómo es la paz. Sabemos cómo debería ser. A menudo la tratamos como una meta futura, una expectativa celestial y esquiva por la que luchamos.
Al igual que Marta (“Ya sé que [mi hermano muerto Lázaro] resucitará en la resurrección del último día”), profesamos que el bien triunfará sobre el mal en un futuro lejano. A veces podemos imaginarlo.
Imaginemos entonces a Jesús respondiéndole a Marta: “Yo soy la resurrección y la vida”. Aquí. ¡Ahora mismo!
Jesús le dice a Marta que la resurrección y la vida existen aquí, ahora, en medio del duelo por la muerte de su hermano. No como una promesa futura para el último día. Sino ahora mismo. En su interior. En él.
¡Cómo se debe haber sentido Marta! Imaginar la bondad en medio de la muerte de su hermano sería insoportablemente difícil.
Lo mismo ocurre con la paz que Cristo trae.
El Papa León nos invita a ver la paz no como una realidad futura, sino como algo que cultivamos a diario: “antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino”. Aunque el Papa Pablo VI pronunció en 1972 la famosa frase: “Si quieres la paz, trabaja por la justicia”, la invitación es también la siguiente: si quieres la paz, trabaja por la paz. Vive la paz. Imagina la paz. Cultiva la paz en acciones y actitudes que sean “vividas, cultivadas y protegidas”. Es un “principio que guía y determina nuestras decisiones”.
Trabajar por la paz no es renegar de un compromiso con la justicia, sino más bien un recordatorio de que la justicia opera dentro de la gratuidad del amor y la misericordia de Dios. Esto nos llama a ser “casas de paz… donde se practique la justicia y se atesore el perdón”.
La aldea donde presto servicio en las montañas de El Salvador a menudo es un ejemplo de cómo es una “casa de paz”. Después de que los combates de la guerra civil arrasaran sus hogares y tras haber vivido muchos años como refugiados en Honduras, los aldeanos regresaron en 1987 para reconstruir toda su aldea. Algunas familias estaban de un lado del conflicto, otras del otro, pero se unieron para construir una nueva vida para sí mismas. Cuando ocurre una muerte en la comunidad, todos dejan todo para asistir al funeral. Incluso se suspenden las clases.
Sin embargo, lejos de ser perfecta, nuestra reciente reunión comunitaria terminó en gritos, descarrilada por palabras usadas como armas (incluso bajo el pretexto de defender ciertos valores). Las viejas heridas aún son profundas. Después de todo, no todos en el pueblo estuvieron del mismo lado durante la guerra.
Sin embargo, todos se quedaron durante toda la reunión. Ningún aldeano se retiró.
Esto no es simplemente un ejemplo de practicar la justicia, de dar a las personas lo que les corresponde. Es un ejemplo de construcción de la paz. Es complicado. Cuando te comprometes con ello, sin duda pareces una tonta. “¿Por qué ir a esas reuniones?”, me dijeron algunos aldeanos. “No se hace nada. Ya verás”. Pero, ¿sabes qué? No puedes ser un pacifista para algunos sin parecer una broma y una vergüenza para otros.
Así es la paz. Es desarmante. Parece una tontería, igual que el Cristo que vino al mundo como un niño desarmado y nos dice: “¡Envaina tu espada!” (Jn 18, 11; cf. Mt 26, 52).
La reunión comunitaria avanzó muy poco, si es que avanzó algo. Pero los aldeanos siguen asistiendo. La construcción de la paz parece lenta. La no violencia parece ineficaz. La paz debe ser recordada, buscada y elegida una y otra vez. Nuestras lecturas nos dicen que el mal no tendrá la última palabra. El amor prevalecerá. Así dice el Señor: “lo dije y lo cumplí” (Ezequiel 37, 14).
La misionera laica Maryknoll Sarah Bueter, quien se unió a la organización en 2023, sirve en una variedad de ministerios en La Ceiba, Chalatenango, una aldea rural que es parte de la parroquia San José. Bueter es egresada de la Universidad de Notre Dame y tiene una maestría en Divinidad de Emory University.
Preguntas para la reflexión
¿Cómo se apoyan y refuerzan mutuamente la paz y la justicia en tu vida y en la sociedad?
¿Cómo sería vivir una vida de paz y resurrección en medio del conflicto, el dolor o la división?
¿Cómo se manifiesta un conflicto sano en las comunidades de las que formas parte?
Oración
Oración de un inmigrante
O bendito Dios,
Corazón del cielo y de la tierra, alabado sea tu santo nombre.
Te alaban tus hijas e hijos de todos los pueblos del mundo sin importar las fronteras.
Te alabamos y te damos gracias porque has puesto en las manos de nosotros los peregrinos inmigrantes el hacer florecer y producir la tierra para llevar alimentos a la mesa del pobre y rico por igual.
Te alabamos y te damos gracias porque caminas siempre con el que cruza fronteras, en búsqueda del bien y el poner de su parte en la construcción del mundo que nos encargaste. En nuestro camino recordamos tu Presencia en la promesa de Abrahán y Sara y la liberación del pueblo de Israel.
Te alabamos y te damos gracias por tus bendiciones a todos los inmigrantes, los que cruzan todas las fronteras de Estados Unidos.
A ti Señora de Guadalupe, emperatriz de las Américas, seas siempre nuestra protectora y mediadora para la reconciliación y construcción de la igualdad y la paz.
Amén.
— Remigio Hernández
Cortesía de Pax Christi USA
Para leer otras reflexiones sobre las Escrituras publicadas por la Oficina de Maryknoll para Asuntos Globales, haga clic aquí.
Imagen destacada: Un miembro de un grupo de danza folclórica actúa en el Festival Anual del Maíz, celebrado en la parroquia del Dulce Nombre de María, en Chalatenango (El Salvador). (Octavio Durán/El Salvador)
