Espiritualidad Misionera: Nuevas todas las cosas

Tiempo de lectura: 3 minutos
Por: Joseph Veneroso, M.M.
Fecha de Publicación: Mar 2, 2026

Algo silenciosamente profundo me sucedió recientemente: algo dentro de mí —de mi mente, corazón, actitud y punto de vista— cambió radicalmente. Me pasó después de estar hospitalizado con neumonía bilateral el junio pasado. Recibí una atención médica estupenda y, después de una semana, me recuperé.

Fue entonces que me sentí diferente, no sólo más saludable y sosegado, sino además más centrado y despierto. Más con los pies sobre la tierra. Más enfocado. En paz.

Me urgía ir a confesarme, no por remordimiento o deber, sino porque ya no quería cargar este bagaje. Les escribí a personas de quienes me había distanciado y les ofrecí encontrarnos para escuchar y, si era necesario, perdonar. Las tentaciones perdieron su fuerza entre más me percataba de mis fallas y desaires. El deseo de rezar creció.

La presencia de Dios era arrolladora: en los árboles, pájaros, estrellas, la orilla del mar, en las ciudades y en las cimas de las montañas. La Presencia Real de Dios en la Eucaristía era increíble. Como Moisés ante la zarza que ardía en llamas, el suelo en el que me paraba era sagrado.

Recordé liturgias ortodoxas griegas, con sus cánticos exquisitos y la celebración sublime de los misterios divinos. Después de hacer la Señal de la Cruz, algunos ortodoxos se inclinan para tocar el suelo en una “pequeña metanoia”. Una postración completa es una “gran metanoia”.

La metanoia se traduce al inglés como “arrepentimiento”, que, para la mayoría de nosotros, suena como remordimiento por nuestros pecados. ¡Ciertamente lamentable! Una iteración más dinámica es la metanoia como un cambio total del corazón y la mente que hace que veamos el mundo, la fe, la vida y a Dios de manera distinta. Es una nueva manera de pensar, ser y entenderse con el mundo. Es Jesús que anuncia: “Conviértanse (¡metanoia!) porque el Reino de los Cielos está cerca” (San Mateo 4, 17).

Son los mandamientos de Dios escritos en el corazón (Jeremías 31, 33). Para mí, fue un cumplimiento de Apocalipsis 21, 5: “Yo hago nuevas todas las cosas”.

Por primera vez en mis 77 años, entendí a fondo el consejo de San Pablo: “transfórmense interiormente renovando su mentalidad, a fin de que puedan discernir cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, lo que le agrada, lo perfecto” (Romanos 12, 2).

En la parábola del fariseo y el publicano (recolector de impuestos) rezando en el Templo, Jesús enseñó que, aunque la religión es transaccional, la verdadera fe es transformadora. El fariseo recita una letanía de sus actos piadosos. El recolector de impuestos lloró desde sus pecados por la misericordia de Dios. Al morir en sí mismo, el recolector de impuestos volvió a sí mismo justificado. El fariseo vanaglorioso volvió sin transformarse y, por lo tanto, irredimible.

La religión transaccional nos enseña que, si decimos ciertas oraciones y seguimos ciertas prácticas, Dios nos premiará. La religión transaccional trata de cambiar a Dios; la fe transformadora nos cambia a nosotros.

Toda mi vida, la religión significó prácticas hacia afuera como retiros, oraciones, ayuno, sacrificios de Cuaresma y Misa. Estas prácticas nutrieron mi alma por un tiempo. La sensación de santidad o de bendición eventualmente se desvaneció. Ahora me siento renovado desde adentro, como si brotara de la “agua viva” que Jesús le prometió a la samaritana. (San Juan 4, 14)

Estas prácticas han estado preparándome para la metanoia final, como un atleta que entrena por años antes de un campeonato cumbre. En el pasado, recé durante mis crisis para que Dios me diera fortaleza. Ahora, rezo desde mi debilidad, confiando en que Dios será mi fortaleza.

Aunque las prácticas religiosas nos preparen para la metanoia, no pueden producirla. Nosotros nos rendimos; Dios hace el resto. El Viacrucis nos guía por la vida y la muerte hacia la resurrección. “No podemos llegar a la transformación solo intelectualmente”, dijo el Padre Franciscano Richard Rohr. “Debemos vivirla. A veces, incluso llorándola.”

La Cuaresma es un periodo de arrepentimiento, oración, consciencia y desapego —de metanoia— mientras ingresamos al profundo misterio de la muerte sacrificial de Jesús. Renunciamos a ciertas cosas. Nos las arreglamos sin ellas. Compartimos con los pobres. El Viacrucis es real. La muerte en uno mismo es real. Esta vez, es mi turno. Y así, con Cristo, volteo el rostro hacia Jerusalén. Después de todo, como discípulos estamos llamados a levantar nuestra cruz y a seguir.

Imagen destacada: Una joven recibe la imposición de las cenizas en la iglesia Sacred Heart en Prescott, Arizona, al inicio del tiempo cuaresmal en preparación para la Resurrección de Cristo. (OSV News, Bob Roller/EE. UU.)

Sobre la autora/or

Joseph Veneroso, M.M.

El Padre Maryknoll Joseph R. Veneroso es exeditor de la revista Maryknoll Magazine. Sirvió como misionero en Corea del Sur y ahora reside en el Centro de Maryknoll en Ossining, Nueva York. También atiende las necesidades pastorales de la comunidad coreana la parroquia St. Paul Chong Ha-Sang. Es autor de los libros de poesía Honoring the Void y God in Unexpected Places, una colección de columnas de la revista Maryknoll titulada "Good News for Today" y "Mirrors of Grace: The Spirit and Spiritualities of the Maryknoll Fathers and Brothers."

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