Misionera continúa la batalla contra el VIH

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Por: Paul Jeffrey
Fecha de Publicación: May 14, 2026

Una misionera laica Maryknoll advierte que los jóvenes de África Oriental están olvidando los estragos del sida.

 

Por Paul Jeffrey

En una pared de barro resquebrajada de su humilde hogar, Laurencia Makanya ha colgado recuerdos de lo que la mantiene viva. Una imagen de Jesús lleva unas palabras en swahili que proclaman que su sangre ha salvado al mundo. Junto a ella cuelga un viejo calendario del Plan de Emergencia del Presidente de EE. UU. para el Alivio del sida (PEPFAR), que durante años financió medicamentos que salvan vidas de las personas que viven con VIH.

La fe y la medicina moderna han mantenido a Makanya con vida, e incluso prosperando, desde que supo en 2007 que estaba infectada por el virus.

“En aquel entonces había mucho miedo y estigma”, dice Makanya, cuya familia solía insistir en que usara platos y cubiertos personales a la hora de comer. “Pero una amiga me llevó al Centro Uzima. Me ayudaron a alimentarme mejor, a recuperar fuerzas y a empezar a reunirme con otras personas seropositivas. No me sentí tan sola”, dice Makanya, que vive en una aldea a las afueras de la ciudad de Mwanza, en la orilla oriental del lago Victoria.

Fundado por las Hermanas Maryknoll durante la creciente epidemia del sida en la década de 1990, el Centro Uzima, desde sus inicios, ha atendido necesidades no resueltas en otros lugares.

“Buscamos lo que faltaba en la respuesta general al sida. Otros realizaban pruebas, ofrecían asesoramiento y proporcionaban ARV (medicamentos antirretrovirales). Pero había poco o ningún apoyo psicológico para las personas con el virus, ni grupos de apoyo para ellas o sus familias”, dice Joanne Miya, una misionera laica Maryknoll que llegó por primera vez a Tanzania en 1984.

“Hicimos muchas visitas a domicilio y acompañamos a personas que estaban muriendo rodeadas de la desinformación y el miedo asociados a la pandemia”, afirma.

A medida que los hospitales públicos se hicieron cargo de la distribución de los antirretrovirales, dice, “continuamos con el acompañamiento y los grupos de apoyo y con la asistencia en otros cuidados médicos para sus infecciones secundarias, que son cada vez menos frecuentes hoy en día porque a todos les va bastante bien con los antirretrovirales”.

Nyangeta Fonyoka, una mujer seropositiva de una aldea a las afueras de Mwanza, Tanzania, vende carbón y también fabrica y vende jabón líquido. Fonyoka forma parte de un grupo de ahorro coordinado por el Centro Uzima, fundado por las Hermanas Maryknoll y dirigido durante las últimas dos décadas por una misionera laica Maryknoll. (Paul Jeffrey/Tanzania)

Por ejemplo, cuando Makanya desarrolló una apendicitis, Uzima pagó su cirugía. El proyecto también ha subvencionado las pagos escolares de sus hijos. dice Miya, quien sirvió como directora del centro durante dos décadas, a partir del 2006.

“Nuestra misión principal es dar esperanza”, afirma Miya. “Sin esperanza, nada de lo que hagamos marcaría la más mínima diferencia. La gente tiene que creer que la vida puede mejorar y mejorará”.

Dado que Uzima se centra en los servicios de apoyo, fue menos vulnerable a los recortes masivos impuestos de forma abrupta a los programas contra el sida en toda África cuando la administración de Trump recortó la financiación del PEPFAR y eliminó la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID) el año pasado. Las agencias que ofrecen medicación, pruebas y asesoramiento despidieron personal y redujeron los servicios, pero Uzima —gracias a la sólida financiación de Maryknoll y de fundaciones privadas de Estados Unidos y Europa— sigue atendiendo a las personas.

No obstante, la incertidumbre pasó factura, y a Miya le preocupa que los recortes en la ayuda —así como los indicios de que los jóvenes de África Oriental podrían estar bajando la guardia ante la enfermedad— puedan acarrear consecuencias devastadoras.

“Nuestras vidas dependen de esa medicina. Cuando se recortó la financiación, me asusté”, dice Makanya. Afortunadamente, le renovaron la receta de los antirretrovirales que el gobierno le suministra.

El esposo de Makanya, sin embargo, perdió su remuneración como consejero voluntario en otra organización dedicada al sida. La familia vive ahora de los ingresos de un pequeño puesto frente a su casa donde Makanya vende frutas y verduras. Ella puso en marcha el negocio con la ayuda de un grupo de ahorro y crédito del Centro Uzima.

La situación política en Tanzania agrava aún más la pobreza de familias como la de Makanya. Cuando la violencia postelectoral se extendió por todo el país a finales de 2025, ella acababa de comprar una gran cantidad de plátanos para vender. Como las redadas del Gobierno obligaron a la gente a quedarse en casa, perdió clientes. Los plátanos se pudrieron.

Miya afirma que los plátanos de Makanya ilustran la vulnerabilidad de los pobres, independientemente de su estado serológico respecto al VIH.

“A lo largo de los años nos hemos dado cuenta de que todas las personas que acuden a nosotros en busca de ayuda no lo hacen simplemente porque sean seropositivas. Vienen porque son seropositivas y porque son pobres”, dice Miya. “Carecen de la capacidad para satisfacer las necesidades básicas de sus familias”.

“Ahora todos nuestros clientes deben formar parte de un programa de ahorro y crédito de la aldea. Aunque solo puedan ahorrar un poco, todo suma”, añade.

El panorama del VIH en África está cambiando, afirma Miya. Un número significativo de pacientes tiene más de 60 años. Dado que la edad limita su movilidad y su capacidad para generar ingresos, Uzima trabaja para integrar a sus familiares en pequeños proyectos generadores de ingresos.

“Si un día se levantan sin sentirse bien, hay otra persona que puede vender el pescado, el jabón o el maní”, explica Miya.

Emmanuel Timoth (izquierda), Rhobi Mgole y Carorina Paschal llevan un registro de sus ahorros. Ellos participan en un grupo de ahorro gestionado por el Centro Uzima, una organización comunitaria patrocinada por Maryknoll que apoya y empodera a las personas con VIH. (Paul Jeffrey/Tanzania)

Aunque el tratamiento de las infecciones geriátricas por VIH constituye una parte importante de la respuesta al sida en África hoy en día, a Miya le preocupa que las cosas puedan empeorar.

“La generación mayor comprende la importancia de la adherencia al tratamiento, que, al seguir tomando la medicación, les mantiene con vida”, afirma. “La generación joven no recuerda la pandemia del sida. No recuerda a todos los adultos muriendo. No recuerda haber perdido a toda una generación”.

Como resultado, Uzima está intensificando su labor entre los jóvenes.

“Este es el próximo desafío que enfrentamos, aunque en cierto modo implique volver al principio, cuando el gobierno utilizaba carteles y la radio para educar a la población. En los últimos años, demasiadas personas se han vuelto descuidadas respecto al VIH. Eso es algo peligroso”, afirma Miya, quien dejó su cargo como directora de Uzima en enero. Ella sigue vinculada al centro y brinda apoyo al nuevo director de Uzima, Abdon Daud.

Miya afirma que Tanzania sigue enfrentándose a diversos retos culturales a la hora de responder al VIH/SIDA. Existen tratamientos ineficaces por parte de los curanderos tradicionales. Persiste la mutilación genital femenina, una práctica antihigiénica que pone en peligro a las niñas. Además, existe la práctica generalizada de entregar a las viudas a los hermanos de su difunto marido. Por otra parte, según Miya, con demasiada frecuencia las mujeres pobres aceptan relaciones que les garantizan comida para ellas y sus hijos, a costa de contraer el VIH.

Sin embargo, la práctica más peligrosa puede ser olvidar los estragos que el virus causó en el pasado.

“Lo que da miedo de la crisis de financiación es que, si se interrumpe el suministro de antirretrovirales y la gente pierde incluso unas pocas dosis, existe un alto riesgo de que se desarrolle una cepa del virus resistente a los medicamentos”, asegura.

Eso, dice ella, sería un desastre para la salud pública.

“Volveríamos al principio, cuando esencialmente teníamos un programa de cuidados paliativos», dice ella. “Queremos que las personas encuentren el apoyo que necesitan para vivir una vida plena. Nuestro trabajo seguirá cambiando, pero al final del día consistirá en ayudar a las personas a encontrar esperanza”.

Paul Jeffrey es un fotoperiodista que trabaja en todo el mundo para agencias de ayuda patrocinadas por la Iglesia. Fundador de Life on Earth Pictures, vive en Oregón.

Imagen destacada: La misionera laica Maryknoll Joanne Miya (izquierda) habla con Laurencia Makanya, quien vende verduras y carbón vegetal en un pequeño puesto frente a su casa, en una aldea cercana a Mwanza, Tanzania. Makanya, que es seropositiva, participa en un grupo de ahorro coordinado por el Centro Uzima, donde Miya fue directora desde 2006 hasta enero de 2026. (Paul Jeffrey/Tanzania)

Sobre la autora/or

Paul Jeffrey

Paul Jeffrey es un fotoperiodista que trabaja por todo el mundo. Fundador de Life on Earth Pictures, él vive en Oregon.

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