Por Rick Dixon, MKLM
2 de agosto del 2026
Decimoctavo domingo del tiempo ordinario
Isaías 55, 1-3 | Romanos 8, 35, 37-39 | Mateo 14, 13-21
“Cuando Jesús se enteró, se retiró de allí, en una barca, a un lugar solitario. La multitud lo supo y lo siguió a pie desde las ciudades”. (Mateo 14, 13-14).
“Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente?” (Juan 6, 9).
Jesús está afligido, cansado y busca estar a solas; acaba de enterarse de la muerte de Juan el Bautista. Busca un “lugar desierto”, pero se encuentra con “multitudes”. Sin embargo, su corazón se conmueve de compasión. Estas multitudes también están afligidas, cansadas y hambrientas, necesitadas de sanación; por eso, Jesús las invita a su soledad para cenar con Dios. No hay ninguna receta especial, solo un sencillo cuidado, facilitado por un niño que entró en ese espacio al compartir cinco panes de cebada y dos pececitos.
Esta escena me transporta a un retiro de la Semana Santa en el centro comunitario de El Cedro, en El Salvador, donde sirvo en misión. El retiro fue con cincuenta niños de jardín infantil.
Hubo muchas actividades como hacer figuras de arcilla del Cristo crucificado, el lavado de los pies, cantos, juegos, el Vía Crucis y una representación de la Pasión de Cristo, por nombrar algunas. Fue un momento decisivo ser testigo de que, antes de que el agua bendita o cualquier instrucción religiosa tocara siquiera a estos pequeños, ya tenían un conocimiento innato de su pertenencia espiritual, sintiendo la caricia de Dios en lo más profundo de su ser.
Esto se notaba sobre todo durante nuestros momentos de oración, especialmente en la oración en silencio, que, para la mayoría de los niños, era el silencio etéreo del Salmo 139, 15-16: “no desconocías mis huesos cuando, en lo oculto, me iba formando, y entretejiendo en lo profundo de la tierra, tus ojos veían mi ser aún informe, todos mis días estaban escritos en tu libro, estaban calculados antes que llegase el primero”.
Durante la oración, se podía percibir en los niños una luz inocente que revelaba un colorido mundo interior, sin divisiones, ni pasado ni presente, simplemente vivos con cada respiración. Sin duda, los niños de esta edad siguen estando más cerca del otro lado, de su preexistencia, y no necesitan tantas palabras, ni siquiera rezar con palabras, ni relacionan la oración con frases elocuentes. El silencio basta. Así que, ahora, guardaré silencio y dejaré que los niños, a través de estas imágenes, nos transporten al descanso sanador de Jesús.
Richard Dixon se unió a los Misioneros Laicos Maryknoll en 2011. Después de servir durante una década en El Salvador, él acompañó a migrantes y refugiados en la frontera entre México y Estados Unidos. El misionero regresó a El Salvador el año pasado, donde sirve en El Cedro y La Esperanza en un ministerio que promueve la alfabetización familiar, la educación y la organización comunitaria.
Para leer otras reflexiones bíblicas publicadas por la Oficina de Asuntos Globales Maryknoll, haga clic aquí.
Fotos: Los alumnos de jardín de infancia participan en un retiro de Pascua en El Cedro. Las actividades incluyeron la oración y el silencio. (Cortesía de Rick Dixon/El Salvador)
