Una reflexión sobre nuestra democracia a los 250 años

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Por: Teresa Hougnon, M.M.
Fecha de Publicación: Jul 9, 2026

La presidenta de la congregación de las Hermanas Maryknoll, veterana de las Fuerzas Armadas y misionera de larga trayectoria, reflexiona sobre el aniversario de Estados Unidos.

Por Teresa Hougnon, M.M.

Nuestro experimento democrático en Estados Unidos es aún joven a la luz de la historia mundial. Mi amor por la democracia tiene su origen en las enseñanzas de Jesús recogidas en los Evangelios. Los relatos evangélicos están repletos de lecciones sobre el amor y el respeto, la justicia y la paz, el gobierno moral y la comunidad. Por muy imperfecta que sea nuestra democracia, nuestra Constitución también se fundamenta en esos valores.

NOSOTROS, el Pueblo de los Estados Unidos, a fin de formar una Unión más perfecta, establecer Justicia, afirmar la tranquilidad interior, proveer la Defensa común, promover el bienestar general y asegurar para nosotros mismos y para nuestros descendientes los beneficios de la Libertad, estatuimos y sancionamos esta CONSTITUCIÓN para los Estados Unidos de América. ~~ Preámbulo de la Constitución, Estados Unidos

Como experimento, nuestros esfuerzos por “formar una Unión más perfecta” han pasado por varias correcciones a lo largo de nuestra breve historia. Ya que todo experimento requiere ajuste y evaluación, Estados Unidos ha sobrevivido a nuestra Guerra Civil de la década de 1860, a los movimientos por el sufragio femenino a principios del siglo XX, al movimiento por los derechos civiles que cobró fuerza en la década de 1960, y que aún sigue en marcha, y a las protestas públicas contra la Guerra de Vietnam. Todos estos esfuerzos sirvieron como mecanismos de retroalimentación para corregir los pasos erróneos del experimento. Necesitamos corregir continuamente el rumbo para honrar los valores a los que aspiran nuestros documentos fundacionales, que declaran que “todos somos iguales” y que nuestro gobierno es “del pueblo, para el pueblo y por el pueblo”.

El servicio siempre ha estado en el centro de mi vida. Serví en el Ejército de Estados Unidos cuando era joven y juré defender la Constitución de Estados Unidos. Entonces creía en los valores de la democracia y la autodeterminación, la libertad, la justicia y la tranquilidad sobre los que se fundó nuestro país. Hoy sigo creyendo en ellos. Lo que ha cambiado para mí en cuarenta y dos años es que ahora creo que todas las personas y todas las naciones tienen derecho a la autodeterminación, no solo mi país, que me enseñaron a defender. Si todos nacen iguales aquí, en Estados Unidos, todos nacen iguales en cualquier parte del mundo. Todos somos iguales y compartimos derechos humanos inalienables.

Tras mi paso por el Ejército, trabajé en una prisión estatal como funcionaria penitenciaria y, posteriormente, en organizaciones comunitarias que ayudaban a jóvenes, mujeres y niños a acceder a servicios sociales esenciales.  Encontré mi camino hacia las Hermanas Maryknoll como una vocación más profunda para servir al pueblo de Dios. Hice mis votos religiosos en 1998 y me trasladé a Timor-Leste (Timor Oriental) para mi primera misión.

El pueblo de Timor-Leste llevaba luchando por su independencia desde 1975. Las Naciones Unidas organizaron un referéndum en el que los timorenses votaron abrumadoramente a favor de la independencia. Fui testigo de la votación en un colegio electoral en el que se habían inscrito más de 2.300 ciudadanos. A las 6 de la mañana del 30 de agosto de 1999, más de 2.000 personas hacían cola para votar cuando las urnas se abrieron a las 8 de la mañana. Todos huyeron a las colinas después de votar porque el ejército indonesio cumplió su promesa de quemar todas las casas.

Serví cinco años con el pueblo timorense, aprendiendo de ellos y reconstruyendo, junto a ellos, un país que había sido destruido, pero que era libre. Me pregunto cómo sería una participación electoral cercana al 100 % en nuestro país y cómo sería el verdadero acceso al derecho al voto para todos nuestros ciudadanos. Todavía no he visto ninguna de las dos cosas en mi vida. Lucho contra la legislación restrictiva, animo y ayudo a otros a ejercer su derecho al voto, para poder contribuir a esa “Unión más perfecta”.

Como Hermana Maryknoll me he esforzado por servir a los demás, por tender la mano, por defender la dignidad de cada ser humano y por acompañar a quienes buscan el acceso a los derechos humanos que nos pertenecen a todos. Tras mi estancia en Timor Oriental, me trasladé a Kenia en 2006. Allí fui testigo de la violencia cíclica postelectoral que se repetía tras cada elección estatal. Otras dos hermanas y yo reunimos a ciudadanos de Kenia en círculos de diálogo para escucharnos mutuamente, compartir experiencias y encontrar juntos la reconciliación y la paz.

De izquierda a derecha: Las Hermanas Maryknoll Sia Temu, Giang Nguyen y Teresa Hougnon, miembros del Equipo por la Paz de la congregación en Kenia, dirigieron círculos de conversación para ayudar a personas de las 46 etnias del país a superar los patrones recurrentes de violencia electoral. (Cortesía de las Hermanas Maryknoll/Kenia)

Cada persona tiene una voz y algo que aportar. Juntos, construyeron redes comunitarias que garantizaron elecciones pacíficas a pesar de la presión política. Se escucharon unos a otros, respetaron sus diversos puntos de vista y trabajaron juntos por un entorno seguro y libre. ¿Podrán los ciudadanos de nuestro país unirse de manera similar para construir esa “Unión más perfecta” que tanto deseamos?

En nuestro 250.º aniversario como país, sigo creyendo en los valores democráticos de “una voz, un voto”, un gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. No visto con orgullo mis colores rojo, blanco y azul y no deseo participar en ninguna celebración pública. La situación actual en mi país no me parece un motivo de celebración. Muchas personas son excluidas y a muchas se les han negado sus derechos humanos. Pero necesito levantar mi voz.

Este país fue construido por inmigrantes para inmigrantes, con el trabajo de esclavos africanos y chinos. Nuestros hermanos y hermanas de las Primeras Naciones fueron relegados para dar paso a nuestro crecimiento y desarrollo. Ha llegado el momento de que todas las personas tengan un lugar en la mesa, de que cada voz sea escuchada y de que nos unamos para ser la gran democracia que podemos llegar a ser.

Nuestro lema nacional es “En Dios confiamos”. Yo confío en un Dios que invita a todos a la mesa, un Dios que perdona nuestros errores y promete misericordia y justicia. Como Hermana Maryknoll he aprendido a caminar junto al pueblo, a compartir la vida con quienes viven en los márgenes, sabiendo que ellos también tienen un lugar en la mesa.

Anhelo hoy una corrección pacífica y participativa de este experimento. Nuestra democracia, basada en los valores de mi fe y de mi país, nos exige hacer lo correcto aunque sea más difícil, dar un paso al frente y hacer oír nuestra voz. Llevamos demasiado tiempo siendo bombardeados con medias verdades, o con ninguna verdad en absoluto. Mi fe me impulsa a tener esperanza, a acoger al forastero que es mi prójimo y a participar en nuestro gobierno colectivo. Todos tenemos un lugar en la mesa.

En este mes del 4 de julio, declaremos y reclamemos nuestros derechos como ciudadanos a la plena participación y los derechos humanos para todas las personas. Que Dios bendiga a Estados Unidos y a todas las naciones de la tierra.

La Hermana Maryknoll Teresa Hougnon es presidenta del equipo de liderazgo de la Congregación de las Hermanas Dominicas Maryknoll.

Imagen destacada: La Hermana Maryknoll Teresa Hougnon, presidenta del Equipo de Dirección de la Congregación de las Hermanas Dominicas Maryknol, suele impartir charlas sobre la misión y el servicio. (Cortesía de las Hermanas Maryknoll/EE. UU.)

Sobre la autora/or

Teresa Hougnon, M.M.

La Hermana Teresa Hougnon de Buena Vista, Colorado, ha sido miembro del equipo Maryknoll Sisters Peace en Kenya desde 2006. Ella sirvió anteriormente en Timor Oriental.

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