Por Wayne Fitzpatrick, M.M.
16 de agosto del 2026
Vigésimo domingo del tiempo ordinario
Isaías 56, 1, 6-7 | Romanos 11, 13-15, 29-32 | Mateo 15, 21-28
La mujer cananea del Evangelio de hoy es una forastera, no pertenece al pueblo de Israel, y, sin embargo, se acerca a Jesús con valentía y fe. Se muestra persistente en su súplica al decir: “Señor, ayúdame”. Se niega a aceptar un “no” como respuesta, no porque se sienta con derecho a ello, sino porque es una madre que ama a su hija y tiene una claridad absoluta sobre quién es Jesús.
Te invito a sentir una conexión real con la mujer cananea en su súplica para que Jesús sane a su hija. En la vida cotidiana, todos nos encontramos con momentos en los que necesitamos sanación para nosotros mismos, nuestros seres queridos, nuestras comunidades, amigos, compañeros de trabajo y, sí, incluso para desconocidos.
Recientemente tuve el privilegio de dar una breve charla (mediante un intérprete) sobre la sanación, el perdón y la gratitud a un grupo de sacerdotes de Ucrania por Zoom. Mi primera reacción fue preguntarme… ¿qué podría decirles a estos sacerdotes sobre la sanación en medio de las dificultades que han vivido y siguen viviendo a causa de la guerra? Recuerdo con gran claridad lo que me dijo un sacerdote… “Si no puedo perdonar y creer que, si invoco a Jesús para que me ayude, sé que sucederá a su debido tiempo. Si confío y acojo el poder sanador de Jesús, mi corazón se llenará de gratitud”. Me imagino que la mujer cananea sintió lo mismo y se llenó de gratitud cuando Jesús le dijo: “¡Mujer, tu fe es grandiosa! Hágase tu voluntad”.
Creo que la mujer cananea nos enseña dos lecciones importantes. En primer lugar, la fe requiere una humildad radical: ella acudió a Jesús pidiendo misericordia, dispuesta a aceptar cualquier gracia que Jesús quisiera concederle, sabiendo que el Señor es suficiente para sanar su vida. En segundo lugar, la oración requiere perseverancia: el silencio de Dios no es necesariamente una negativa de su parte. A veces, un atraso en la respuesta a la oración o a nuestra súplica, “Señor, ayúdame”, es una invitación a profundizar en la confianza.
Ojalá, tal y como demostró la mujer cananea, clamemos a Jesús con fe, con nuestras oraciones y nuestra gratitud, como mujeres y hombres de fe.
El Hermano Maryknoll Wayne Fitzpatrick, oriundo de Malone, Nueva York, profesó su primer juramento a la Sociedad de los Padres y Hermanos Maryknoll en 1973. Ha servido en cargos de liderazgo en la Sociedad de Maryknoll, tanto en Guatemala como en Estados Unidos.
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Imagen destacada: Una anciana jala un trineo con sus pertenencias durante el reparto de ayuda humanitaria por voluntarios frente a una iglesia en Lugansk, Ucrania. (OSV News/Alexander Ermochenko, Reuters)