Por Sarah Bueter, MKLM
30 de agosto del 2026
Vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario
Jeremías 20, 7-9 | Salmo 63, 2-9 | Romanos 12, 1-2 | Mateo 16, 21-27
Misionera laica Maryknoll comparte cómo Dios nos sorprende constantemente y, a veces, nos concede nuestros deseos más profundos, aunque a menudo no de la forma en que los imaginamos.
¡Me sorprendiste, oh Señor!
Nuestro Dios es un Dios de sorpresas. Lo sabemos desde que Dios eligió a una familia de pastores errantes, Abraham y Sara, para que fueran los fundadores de nuestra fe. O cuando el ángel visitó a María con noticias sorprendentes. O la resurrección.
Pero una de las lecciones más difíciles del discipulado es que, a veces, nuestro Dios de sorpresas nos concede lo que pedimos.
Solo que no de la manera en que las imaginábamos.
Primero, esto le sucede a Jeremías: su mayor deseo, ser fiel a Dios, hace que su pueblo lo odie. Quiere dejar de decir la verdad, pero no puede.
Hoy escuchamos su queja. Después de todo, Jeremías era apenas un joven cuando Dios lo llamó a profetizar, y él se opuso: “ soy demasiado joven (1, 6), hasta que Dios le recordó con aquellas famosas palabras: “Antes de formarte en el vientre materno, yo te conocía; antes de que salieras del seno, yo te había consagrado, te había constituido profeta para las naciones” (1, 5). A pesar de la promesa consoladora de Dios: “Yo estoy contigo para librarte” (1, 8), Jeremías era odiado por su propio pueblo. Su mensaje de arrepentimiento ante la inminente destrucción por parte de los babilonios no era bien recibido. Decirle la verdad a la gente tuvo consecuencias: lo dejó sintiéndose aislado, abatido y solo.
Sin embargo, cada vez que Jeremías intenta desistir, su anhelo por Dios es “en mis entrañas como fuego”, y se ve atraído de nuevo hacia Dios, haciéndose eco del salmista de hoy: “Mi alma tiene sed de ti”.
¡Me sorprendiste, oh Señor!
Y, sin embargo, mi alma se aferra firmemente a ti.
Esto también le sucede a Pedro. Él es el primero en identificar correctamente quién es Jesús en realidad: ¡el Cristo! Pero Pedro no entiende lo que eso significa. Él cree que el Mesías traerá poder terrenal, mientras que Jesús le dice que al Mesías lo esperarán el sufrimiento y la muerte: “¡Apártate de mí, Satanás, y no intentes hacerme tropezar en mi camino, porque tu modo de pensar no es el de Dios, sino el de los hombres!” (Mateo 16, 23). En lugar de la salvación a través del poder terrenal, la salvación llega al abrazar la cruz y el amor sacrificial. Los anhelos más profundos del corazón de Pedro se cumplirán, pero no de la manera en que él espera.
“El que quiera venir conmigo, que renuncie a sí mismo, que tome su cruz y me siga”.
El mensaje de Jesús no es una orden para soportar castigos crueles contra uno mismo. Tampoco es una trivialidad optimista afirmar que toda crueldad es una bendición disfrazada.
Más bien, deberíamos temer que Dios pueda satisfacer (e incluso superar) los anhelos más profundos de nuestro corazón.
Esto sucedió hace varios meses, cuando una de las adolescentes del pueblo tuvo una pelea con su grupo de amigas. Anhelaba liberarse de las normas sociales dictadas por una avalancha de creadores de contenido y de la sofocante uniformidad de los grupos de chicas adolescentes.
Al principio, el hecho de desarrollar su propia identidad la hizo sentir insoportablemente diferente y sola. Fue doloroso, pero también liberador. Varios meses después, está desarrollando su propio sentido de identidad, sentido del humor e incluso estilo —para amarse a sí misma, lo cual es algo bendito y audaz.
Los anhelos más profundos de su joven corazón se cumplirán, pero no de la forma en que ella imaginaba.
Por último, esto también ocurre en la vida misionera. Mi oración habitual es: “Por favor, Señor, sintoniza mi corazón con tu voluntad”.
Resulta que no siempre me gusta que mi corazón se sintonice con la voluntad de Dios.
La sintonización es bastante dolorosa porque requiere morir a las falsas imágenes que tengo de mí misma: que soy una fuerza brillante y compasiva para el bien que está cambiando el mundo de maneras profundas e impactantes. Pero la mayoría de los días, escucho a las ancianas salvadoreñas hablar de sus rodillas doloridas. Mi ego se resiente. Al igual que Jeremías, me quejo: “¡Me sorprendiste, oh Señor!” Al igual que Pedro, acerté la respuesta, pero no la entiendo.
Y, sin embargo, cuando tomamos esas cruces y seguimos a Jesús, las falsas imágenes que tenemos de nosotros mismos se van desvaneciéndose suavemente. Dios sintoniza nuestros corazones para que sean suaves y flexibles: corazones con la libertad de aceptar mi propio yo limitado y de amar mejor a una comunidad, lo cual sí cambia el mundo a mi alrededor de maneras profundas e impactantes.
Esa es la dura lección del discipulado: que nuestros anhelos más profundos serán satisfechos —aunque no de la manera que imaginamos— por un Dios de amor y misericordia, quien guía con el ejemplo, con la mansedumbre de un cordero, con el abrazo de una cruz y con una infinita propensión a la sorpresa.
Para admirar tu gloria y tu poder,
con este afán te busco en tu santuario.
Pues mejor es tu amor que la existencia.
Sarah Bueter se unió a los Misioneros Laicos Maryknoll en 2023 y sirve en misión en El Salvador, donde vive y trabaja en la aldea rural de La Ceiba, Chalatenango.
Imagen destacada: Una integrante de un grupo de danza folclórica participa en el Festival Anual del Maíz, celebrado en la parroquia del Dulce Nombre de María, en Chalatenango, El Salvador. (Octavio Durán/El Salvador)