Por el Padre Michael Snyder, M.M.
Domingo, 11 de octubre del 2026
Vigésimo octavo domingo del tiempo ordinario
Isaías 25:6-10a | Filipenses 4:12-14, 19-20 | Mateo 22:1-14
Nuestro Evangelio de esta semana termina con estas palabras: “muchos son los llamados y pocos los escogidos”. En los primeros tiempos de la Iglesia, los discípulos creían que solo los judíos estaban llamados a ser cristianos. Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que todas las personas del mundo están llamadas a ser seguidores de Jesús. Y con eso, la comunidad de creyentes se extendió y hoy casi dos mil millones y medio de personas la integran.
He servido como sacerdote misionero en Tanzania, en África Oriental, y he tenido el privilegio de bautizar y dar la bienvenida a tantas personas a la Iglesia. Al darme cuenta de que muchos de ellos acababan alejándose, me preguntaba a mí mismo y les preguntaba a ellos por qué. Me respondían que, al enfrentarse a los numerosos desafíos que enfrentan en la vida, les resultaba simplemente demasiado difícil. En las zonas rurales donde vivía, las lluvias podían ser irregulares, lo que provocaba sequías seguidas de hambre y enfermedades. En las zonas urbanas, encontrar un medio de vida suficiente para mantener y criar a una familia era un gran desafío para muchos.
Como cristianos, creemos en un Dios que nunca nos abandona, a pesar de las dificultades de la vida. En la primera lectura de hoy, escuchamos las palabras del profeta Isaías predicando a los israelitas durante el cautiverio babilónico, diciéndoles que, aunque estuvieran desanimados, nunca debían perder la esperanza, pues Dios estaba con ellos en el cautiverio y nunca los dejaría: “Destruirá la muerte para siempre; el Señor Dios enjugará las lágrimas de todos los rostros y borrará de toda la tierra la afrenta de su pueblo. Así lo ha dicho el Señor. En aquel día se dirá: Aquí está nuestro Dios, de quien esperábamos que nos salvara. Alegrémonos y gocemos con la salvación que nos trae”.
Esas palabras de esperanza no pasaron desapercibidas para San Pablo: “Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy avezado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta”.
Pablo era consciente de sus fortalezas. También era consciente de sus defectos. Originalmente había perseguido a los cristianos. Este gran hombre, el apóstol de las naciones, nos ha dado un ejemplo a seguir en la vida cristiana. Orador dinámico y valiente, también tenía un temperamento fuerte. Tanto es así que, con el tiempo, San Bernabé se separó de él. Reconoció estos defectos en muchas ocasiones, como en la lectura de hoy, pero nunca se desanimó. Experimentó profundamente el perdón de Dios y esto le permitió seguir adelante como mensajero del amor, la compasión y la misericordia de Dios para con todos. ¡Es verdaderamente un modelo a seguir!
El Evangelio de hoy nos ofrece una comparación del Reino de los cielos con un rey que prepara un banquete de bodas para su hijo. Escuchamos cómo los invitados no quisieron asistir y cómo maltrataron a los mensajeros del rey. Finalmente, el rey invita a todos los habitantes de la región a acudir al banquete y así lo hacen. Pero hay un hombre que no se vistió adecuadamente para la ocasión y el rey ordena que lo echen. Jesús contó esta historia para nuestro provecho: “porque muchos son los llamados y pocos los escogidos”.
Todas las personas están llamadas al banquete de Dios, el Reino de los cielos. Estamos invitados a dedicar nuestras vidas a responder a ese llamado. Los desafíos son muchos, tal como lo fueron para las personas a las que serví en Tanzania. Cada uno de nosotros, en nuestra propia vida, enfrentamos tantos desafíos. A veces podemos desanimarnos. Tenemos la tentación de desanimarnos y, si sentimos que estamos solos, entonces sí nos desanimaremos. Pero Dios nos asegura lo contrario, Dios nunca nos dejará solos. Aunque he visto a muchos desanimarse, también he sido testigo del testimonio de tantos otros creyentes en Tanzania que se mantuvieron firmes en la fe y la esperanza a pesar de las duras pruebas y tribulaciones. Su testimonio ha fortalecido mi fe y mi esperanza.
Los desafíos nunca terminan y habrá más en el futuro. Siempre se nos plantea la misma pregunta: ¿nos desanimaremos?
Cada vez que los desafíos parezcan demasiado grandes, debemos escuchar la profecía de Isaías sobre un futuro de esperanza y fortalecernos con la vida de San Pablo: “Mi Dios, por su parte, con su infinita riqueza, remediará con esplendidez todas las necesidades de ustedes, por medio de Cristo Jesús. Gloria a Dios, nuestro Padre, por los siglos de los siglos. Amén”.
El Padre Michael Snyder, de Rutherford, Nueva Jersey, fue ordenado sacerdote de Maryknoll en 1979. Sirvió como misionero en África durante más de 26 años y actualmente vive en Maryknoll, Nueva York, donde ha desempeñado cargos de liderazgo.
Para leer otras reflexiones sobre las Escrituras publicadas por la Oficina de Asuntos Globales de Maryknoll, haz clic aquí.
Esta reflexión se publicó anteriormente y ha sido levemente editada de su versión original.
Imagen destacada: Una escena diurna muestra árboles verdes en un campo de hierba marrón cerca de unas montañas, en Tanzania, donde el Padre Maryknoll Michael Snyder sirvió en diversos ministerios. (Cortesía de Mariola Grobelska, vía Unsplash/Tanzania)
