Maryknoll en Taiwán: albergue ofrece refugio a migrantes

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Por: Paul Jeffrey
Fecha de Publicación: May 21, 2026

El Padre Maryknoll Joyalito Tajonera y su comunidad parroquial brindan hospitalidad y defienden los derechos laborales de los trabajadores migrantes.

Por Paul Jeffrey

Cindy Sevilla llegó a Taiwán en 2023 para trabajar cuidando a una mujer mayor. Al menos, eso es lo que le dijo su reclutador. Dejó a sus dos hijos con su suegra en Filipinas y siguió a su esposo, que se había mudado a Taiwán unos meses antes para trabajar en una fábrica. Ambos planeaban enviar dinero a casa para la educación de los niños y para comprarse una pequeña casa.

Pero no había ninguna mujer mayor. Ni trabajo como cuidadora. En su lugar, el nuevo empleador de Sevilla la puso a trabajar en un pequeño negocio familiar de fabricación de pasteles de arroz. Trabajaba de 5 de la mañana a 10 de la noche, seis días a la semana. Ella preparaba la cena de la familia después de trabajar en su fábrica. Los domingos tenía que limpiar la casa de la familia. Una vez al mes tenía un día de descanso en el que podía visitar a su esposo, que vivía al otro lado de la ciudad, en una residencia para los trabajadores de la fábrica.

Tras un largo año, cuenta Sevilla, estaba demasiado cansada. Le dijo a su empleador que quería buscar otro trabajo. A las pocas horas, recibió una llamada de su gestora laboral, la agente que le había conseguido el empleo. La agente le dijo que hiciera sus maletas. Llevó a Sevilla a otra casa y le dijo que le programaría el vuelo de regreso a Filipinas. A Sevilla, a quien la presionaron para que firmara documentos que no entendía, le dieron una indemnización por despido mucho menor de lo que esperaba.

“La agente me dijo que había que pagar una cuota de residencia y una comisión de agente”, cuenta Sevilla, “hasta que, al final, me rendí y firmé”. “Decidí que tenía que salir de allí y buscar ayuda”, añadió.

Para una trabajadora migrante atrapada en un país cuyo idioma no habla, conseguir ayuda puede resultar difícil.

“La agente me dijo que no podía irme”, relata Sevilla. “Pero cuando le envié un mensaje a mi esposo por teléfono, me dijo que fuera a la iglesia y hablara con el Padre Joy”.

El Padre “Joy” es el Padre Maryknoll Joyalito Tajonera, quien fundó un refugio en la Iglesia católica de Tanzi, en Taichung, para migrantes que necesitan ayuda.

Cindy Sevilla y otros residentes preparan la comida en el albergue de acogida Ugnayan, en Taichung (Taiwán). El albergue acoge a trabajadores migrantes que se han visto obligados a abandonar sus puestos de trabajo debido a malos tratos, a despidos inesperados o a otros problemas legales, laborales o de salud. (Paul Jeffrey/Taiwán)

“A la mañana siguiente le dije a la agente que tenía que ir a la iglesia a rezar”, cuenta Sevilla. “Encontré al Padre Joy y le expliqué lo que había pasado. Me hizo llamar inmediatamente al 1955”, la línea de emergencia gratuita para migrantes que han sido víctimas de trata, abusos o malos tratos. Gestionada por el Ministerio de Trabajo del Gobierno, la línea cuenta con operadores que hablan chino, inglés, tagalo, tailandés, indonesio y vietnamita.

Mientras se investigaba su caso, Sevilla se mudó al albergue de la parroquia. Al cabo de un par de semanas, la citaron a una audiencia. El Padre Tajonera la acompañó. Los funcionarios del Gobierno determinaron que había sido empleada ilegalmente.

Descubrieron que le habían pagado el salario mínimo de cuidadora, de 600 dólares al mes, en lugar de un salario mínimo de trabajadora de fábrica, de 825 dólares al mes más horas extras. Sevilla aceptó un acuerdo por 6.500 dólares, que envió a su suegra en Filipinas. El Ministerio de Trabajo también le dijo a Sevilla que no estaba obligada a abandonar el país y que podía buscar otro trabajo.

“El Padre Joy me dijo que si presentaba las pruebas, ganaría el caso contra mi empleador, porque la forma en que me habían tratado era ilegal”, dice Sevilla. “Si no hubiera encontrado al Padre Joy, probablemente estaría en Filipinas. Pero él me enseñó que, como OFW (trabajadora filipina en el extranjero), tengo que ser fuerte. Me enseñó que debo conocer mis derechos, ya sea aquí o en otro país”.

El Padre Tajonera explica que el albergue tiene como objetivo proporcionar un hogar a quienes carecen de uno.

“Queremos que los trabajadores migrantes que se enfrentan a dificultades en Taiwán tengan un hogar, un lugar donde descansar y comer, para que no tengan que preocuparse por los demás problemas a los que se enfrentan”, afirma. “El albergue Maryknoll se convierte en un hogar lejos de casa, un refugio seguro”.

El albergue, llamado Ugnayan —una palabra filipina que significa conexión o relación—, ofrece refugio a trabajadores migrantes. Las mujeres embarazadas que pierden sus empleos, encuentran allí un hogar temporal. En Taiwán, reciben mejor atención médica para ellas y sus bebés que en Filipinas, y en el albergue los bebés son tratados con mucho cariño.

Algunos huéspedes son personas que quedaron desamparadas. El año pasado, el refugio acogió a un adulto mayor alemán que había desarrollado demencia senil mientras vivía en Taiwán, pero no tenía familia. Los funcionarios de inmigración pidieron ayuda al Padre Tajonera. Cuidar de este hombre se convirtió en un proyecto para los residentes del refugio.

Otros acuden a Ugnayan por motivos de salud. Waynelyn Subia sobrevivió a un cáncer de cuello uterino hace varios años, pero el cáncer reapareció en sus pulmones en 2023 mientras trabajaba como cuidadora. Cuando su empleador empezó a sospechar de sus frecuentes citas médicas, ella confesó su enfermedad y fue despedida. El Padre Tajonera acogió a Subia, oriunda de Filipinas, en el refugio para que pudiera seguir recibiendo atención del excelente sistema sanitario taiwanés de forma gratuita.

El Padre Maryknoll Joyalito Tajonera, (a la derecha), saluda a los acogidos durante una comida en el albergue Ugnayan, situado en la iglesia católica de Tanzi. El albergue acoge a un promedio de 30 residentes, pero el Padre Tajonera afirma que nunca se rechaza a nadie. (Paul Jeffrey/Taiwán)

“Como estoy enferma, no puedo enviar dinero a casa para mantener a mis tres hijos, pero mi esposo es trabajador migrante en Australia, así que sobrevivimos”, dice. “Las demás personas del refugio me cuidan. Aquí me siento especial”.

Como los tratamientos de quimioterapia le han dejado sin pelo, lleva un gorro la mayor parte del tiempo. El Padre Tajonera, que lleva la cabeza rapada, bromea con Subia.

“Siempre me dice que ser calvo es hermoso”, cuenta ella.

Hay otros refugios para trabajadores migrantes en Taiwán, pero el Padre Tajonera dice que Ugnayan es diferente.

“Viven en un entorno comunitario, así que no están solos. Todos se ayudan unos a otros”, dice. “La gente puede venir en cualquier momento sin que se le hagan demasiadas preguntas. Alguien dice: “He perdido mi trabajo. Estoy enfermo. No tengo hogar”. Y respondemos: “bienvenido”. Los demás problemas los abordaremos más adelante. Este es el único albergue que funciona como un comedor social del Movimiento de Trabajadores Católicos, donde todo el mundo puede hacer fila y recibir su pan y su sopa. Sin hacer preguntas”, dice el Padre Tajonera.

Dado que la Sociedad Maryknoll proporciona apoyo financiero al albergue, el Padre Tajonera no tiene que solicitar fondos al gobierno taiwanés, como hace la mayoría de los demás albergues para migrantes.

“Si solicitara financiación, tendría que cumplir ciertas normas y probablemente la mitad de los migrantes no cumplirían los requisitos para ser acogidos aquí”, dice el sacerdote.

“Tendrían que volver con su empleador o con el agente, y eso iría en contra del objetivo mismo. Si eres víctima de abusos, no deberías tener que volver con tu agresor en busca de ayuda”.

“Muchos de los trabajadores migrantes abandonan su trabajo porque es sucio, peligroso y difícil, y porque están sobrecargados de trabajo y mal remunerados. No se les remuneran correctamente los salarios ni las horas extras. Así que, tras meses y años de sufrimiento, finalmente deciden que ya han tenido suficiente”. Pero puede llevar meses o incluso un año resolver los casos de los trabajadores, explica. “El albergue les ofrece un refugio donde pueden quedarse hasta que todo se resuelva, donde se sienten seguros, donde no tienen que preocuparse por dónde dormir ni qué comer”.

El refugio refleja la experiencia del misionero con el Movimiento de Trabajadores Católicos en la ciudad de Nueva York, donde vivió durante varios años antes de unirse a los Padres y Hermanos Maryknoll.

“El espíritu de Dorothy Day sigue vivo aquí”, dice el Padre Tajonera. “Aquí no hay gerentes ni jefes. Todos ayudan. Todos se convierten en mentores de los recién llegados y trabajan juntos, aprenden unos de otros. Los propios migrantes se convierten en sus propios defensores porque aprenden de su experiencia y la comparten con los demás”.

El Padre Tajonera dice que los migrantes que se alojan en el refugio se transforman.

“Muchos de los migrantes piensan que la única opción que tienen es seguir órdenes, obedecer y acatar las normas. Pero en la comunidad del refugio no hay ningún supervisor que les diga qué hacer”, afirma. “Funciona porque la gestión del refugio depende de ellos”.

Aunque el refugio está gestionado en gran medida por quienes residen en él, hay que pagar las facturas.

“Cada vez que rezo, doy gracias a todas las personas que nos ayudan, apoyan a Maryknoll y a la Iglesia católica. No es barato alquilar el edificio, comprar comida, pagar las facturas y ayudar a los enfermos. Pero Maryknoll y sus colaboradores han sido muy generosos”, dice el Padre Tajonera.

Marivic Arévalo, una trabajadora migrante de Filipinas, sostiene en brazos al bebé de otra mujer. Las trabajadoras migrantes embarazadas, que a menudo se quedan sin hogar cuando pierden su empleo, encuentran refugio en el albergue de acogida, donde se les atiende a ellas y a sus hijos. (Paul Jeffrey/Taiwán)

Lo que proporciona ese apoyo financiero, afirma, es más que un simple lugar donde alojarse para los trabajadores migrantes en situación de crisis. Es empoderamiento.

“Hacemos hincapié en la dignidad de la persona y en la dignidad del trabajo. Siempre hablo de los derechos de los trabajadores, los derechos de los jornaleros, los derechos de los migrantes, los derechos de las mujeres y los derechos de los trabajadores migrantes en Taiwán, tanto según la legislación local como según el derecho internacional”, dice el Padre Tajonera.

“Uno de los momentos más felices para nosotros es cuando llega alguien que está destrozado, pero cuando se va, ha recuperado una sensación de plenitud. La dignidad de la persona ha vuelto”, añade.

“Con demasiada frecuencia, los migrantes llegan pensando que hay algo malo en ellos. Que, por eso, sufrieron abusos o fueron engañados. Que, de alguna manera, fue culpa suya”, dice. “Sin embargo, cuando se van, se dan cuenta de la verdad. Y vuelven a sentirse completos. Redescubren la alegría de vivir”.

Imagen destacada: El Padre Joyalito Tajonera se reúne con un grupo de trabajadores de fábrica en el albergue de Ugnayan. El misionero asesora a trabajadores migrantes sobre sus derechos y responsabilidades como extranjeros en Taiwán. (Paul Jeffrey/Taiwán)

Sobre la autora/or

Paul Jeffrey

Paul Jeffrey es un fotoperiodista que trabaja por todo el mundo. Fundador de Life on Earth Pictures, él vive en Oregon.

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