No es inusual que se inicie un llamado a la oración con esta invitación: “Tomemos un momento para ponernos en presencia de Dios”. Un día tuve una epifanía al respecto: ¿Acaso dónde creemos que hemos estado? ¿En qué momento no hemos estado en la presencia de Dios?
Al reflexionar sobre conversaciones acerca de la existencia de Dios, se me ocurre la analogía de que somos como peces debatiendo la existencia del agua. Los peces solo aprecian la importancia del agua cuando están fuera de ella. Por desgracia, para entonces ya es demasiado tarde.
El Papa León XIV compartió un sencillo libro espiritual que, dice él, ha guiado su fe. Durante una conferencia de prensa en el avión papal el 2 de diciembre del 2025, citó La práctica de la presencia de Dios del Hermano carmelita Lorenzo. Como era de esperarse, el libro saltó a la cima de las listas de libros mejor vendidos.
En su monasterio en Francia, se le asignó al Hermano Lorenzo la insignificante tarea de fregar ollas y sartenes. Esta tarea inferior lo ayudó a lograr un inmenso crecimiento espiritual. Empezó a practicar el reconocimiento de la presencia permanente de Dios y se dio cuenta de que, si podía experimentar la divinidad en la cocina mientras lavaba, podría experimentarla donde fuera.
El Hermano Lorenzo había pensado que el sobrecogimiento y la reverencia estaban reservados para una Misa solemne en catedrales de altas bóvedas o en intensas experiencias de oración, ayuno y meditación. Finalmente concluyó que éstas estaban disponibles en todas partes y a cualquier hora. Este reconocimiento transformó su vida mundana en una de continua adoración, ya fuera restregando ollas, hablando con gente común, partiendo el pan en una cena o asistiendo a Misa. “Es un gran engaño pensar que los momentos de oración deben ser diferentes de otros momentos”, escribió. “Son todos uno”.
El Hermano Lorenzo nunca desdeñó devociones populares como rezar el breviario, rezar el rosario o hacer novenas. Pero entre más envejecía, más le resultaban insuficientes, a menos que expresaran un amor por Dios que fuera humilde e íntimo y un deseo ferviente de regocijarse en la presencia de Dios. “No te confines escrupulosamente a ciertas reglas o formas particulares de devoción”, escribió, “sino actúa con confianza en Dios, con amor y humildad”. Él instaba a charlar con Jesús durante el día, como charlarías con tu mejor amigo.
Obispos, nobles, teólogos y gente común corrían a escuchar este simple y, sin embargo, impactante mensaje. El Hermano Lorenzo enseñó que la oración no logra la presencia de Dios, sino que la oración viene como respuesta a la presencia de Dios. Como San Pablo declara en los Hechos de los Apóstoles, “en él vivimos, nos movemos y existimos” (17, 28).
Dios está en todas partes, todo el tiempo. El Padre franciscano Richard Rohr lo expresa concisamente: “Estamos siempre en la presencia de Dios. Lo que nos falta es conciencia”.
El pecado crea la apariencia de separación o de abandono. En la historia de la Caída en Génesis, Adán y Eva son expulsados del Edén y, sin embargo, Dios permanece cerca de ellos, se comunica con ellos y los cuida. A través de las Escrituras, Dios continúa moviendo su mano para encaminar a los humanos descarriados.
El Rey David canta en el Salmo 139: “¿A dónde iré para estar lejos de tu espíritu? ¿A dónde huiré de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás tú; si me tiendo en el Abismo, estás presente. Si tomara las alas de la aurora y fuera a habitar en los confines del mar, también allí me llevaría tu mano y me sostendría tu derecha” (7, 10).
El pecado nos hace olvidar esta verdad que tanto inspira como inquieta. Ser conscientes de la presencia de Dios, todo el tiempo, requiere la muerte de nuestro ego, nuestro falso sentido del ser y la renuncia a hábitos dañinos. En resumen, no se trata de nacer de nuevo, sino de vivir la vida de manera nueva. Completamente. Auténticamente. Alegremente.
Sé consciente de Dios, que está en todas partes, siempre. Practica la presencia de Dios en todo momento: en alegrías, en penas, en fracasos y en logros, en decepciones tanto como en éxitos. Piensa, di y hazlo todo desde esa conciencia. Deja que tu vida, como la del Hermano Lorenzo, se transforme en una vida de perpetua adoración.
Imagen destacada: Gaviotas sobrevuelan la bahía de Chesapeake, en Maryland, bajo la luna al atardecer. El Padre Veneroso medita sobre el pensamiento del Hermano Lorenzo y la presencia de Dios.(OSV News/Bob Roller/EE. UU.)
