La Antropología de Magnifica Humanitas

Tiempo de lectura: 4 minutos
Por: Oficina de Asuntos Globales
Fecha de Publicación: Jul 23, 2026

Por John Sivalon, M.M.

La encíclica Rerum Novarum se redactó en el contexto de una creciente corriente marxista basada en una antropología particular que, en lugar del “cogito ergo sum” (pienso, luego existo), planteaba el “faciens ergo sum” (el que hace/obra, por lo tanto, existo). El pensamiento de Marx se basaba en la creencia de que la cualidad humana única es la capacidad de producir mediante la creatividad, la energía y las herramientas de trabajo que nosotros mismos fabricamos.

Al igual que Rerum Novarum se publicó como corrección a esta concepción reduccionista de la persona humana, los primeros apartados de Magnifica Humanitas se dedican a aclarar qué significa ser humano. Esto es importante como introducción, porque el Papa expone la visión antropológica que debe sustentar nuestra evaluación de la tecnología. Como él mismo dice: “Por eso el progreso técnico, valioso en sí mismo, requiere un discernimiento sobre la visión antropológica que lo guía y los fines que persigue.” (n.º 94).

En primer lugar, hemos sido creados a imagen de Dios. Nuestra tradición presenta a Dios como una Trinidad, es decir, caracterizada por la diversidad en la comunión, la vida como realidad relacional y la entrega de sí mismo como definición de lo que significa ser divino y verdaderamente humano. El documento afirma que “cada persona, hecha constitutivamente para la relación, es pensada y querida por Dios para entrar en una historia de comunión con Él, con los demás y con la creación.” (n.º 50).

Aunque la inteligencia no nos define de manera sencilla, somos seres racionales en comunión. Eso significa que nuestra racionalidad debe desarrollarse de manera comunicativa. Y las decisiones deben tomarse de forma democrática. Por lo tanto, el espacio debe estructurarse de manera que permita a todas las personas participar en igualdad de condiciones en el desarrollo de políticas y normas que rijan el bien común. Así, el documento “valorar la democracia en la medida en que garantiza la participación efectiva de los ciudadanos, permite elegir y sustituir pacíficamente a los gobernantes e impide que el poder sea monopolizado por élites reducidas” (n.º 39). Como seres relacionales, compartimos la responsabilidad del bien común.

Pero somos mucho más que simple inteligencia. Tenemos emociones como el afecto, la capacidad de amar, la empatía, la simpatía y la capacidad de llorar ante el duelo, la pena y el dolor. Esto nos lleva de nuevo a nuestro carácter relacional y solidario entre nosotros. Es también el rasgo distintivo por el que critica las teorías transhumanistas y posthumanistas que limitan la humanidad a la inteligencia. “Estas corrientes constituyen el trasfondo ideológico que reside en algunos centros de poder tecnológico y colonizan el imaginario colectivo de forma simplificada, especialmente en los medios y en las redes sociales, induciendo el entusiasmo por las nuevas tecnologías con una visión futurista de ‘humanidad potenciada’ o de ‘hombre hibridado’ con la máquina”. (n.º 115).

El trabajo es una dimensión fundamental de la existencia humana. Es esencial para la propia esencia de lo que significa ser humano: participar en el proceso creativo de lo divino para construir un mundo mejor. “El trabajo no es un simple instrumento, sino que expresa y acrecienta la dignidad de nuestra vida. Es una necesidad inherente a la condición humana, un camino habitual hacia la madurez, el desarrollo y la realización personal. En esta óptica, las ayudas económicas a los pobres siguen siendo a veces necesarias en situaciones de emergencia, pero no pueden convertirse en la única respuesta, ya que el objetivo es ofrecer a cada persona las condiciones para vivir dignamente a través de su propio trabajo”. (n.º 149).

Por último, aunque hemos sido creados a imagen de Dios, no somos Dios. Otra parte integral del ser humano es la imperfección. No somos perfectos y la imperfección contribuye a nuestra humanidad. “Es precisamente en nuestro ser limitados donde encuentran lugar la compasión, la sincera preocupación ante las necesidades de los demás, la generosidad que sorprende incluso en medio de la oscuridad y el fracaso, la experiencia espiritual y la adoración a Dios. Lo vemos en tantos momentos en los que el límite se hace tangible en nuestra vida: cuando recibimos un rechazo, cuando sufrimos a causa de la enfermedad o la muerte de una persona amada, cuando experimentamos la incapacidad o el error. Misteriosamente, es en estos casos que podemos encontrar una nueva sabiduría, palpar el afecto de las personas y experimentar la presencia del Señor”. (n.º 119).

La Torre de Babel simboliza todos aquellos elementos que nos impiden ser humanos: seres racionales, relacionales, emocionales y creativos que buscan, con todas nuestras imperfecciones, la plenitud de la vida para toda la humanidad.

Como dijo el Papa León XIV: “En la era de la inteligencia artificial… tenemos el deber urgente de permanecer profundamente humanos”. (n.º 15).

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Imagen destacada: Obra de Pieter Bruegel de 1563 titulada “La Torre de Babel”. En Magnifica Humanitas, el Papa León XIV escribe que la humanidad “se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos”. (OSV News/cortesía del Kunsthistorisches Museum) 

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