Una misionera laica Maryknoll ayuda a las víctimas de la trata de personas
Era una típica tarde calurosa de domingo en Sihanoukville, la ciudad portuaria costera del suroeste de Camboya donde sirvo como misionera laica Maryknoll. Aquel día, el calor parecía particularmente insoportable, como reflejo del sufrimiento que estaba a punto de presenciar.
Mientras me preparaba para el ensayo del coro y asistir a Misa de las 5 de la tarde, recibí un mensaje de texto de una hermana dominica con la que trabajo en la iglesia San Miguel, la única iglesia católica de Sihanoukville. Me contó que, al llegar a preparar la iglesia para la adoración, la Misa y el ensayo del coro, se encontró con personas durmiendo dentro del edificio. Me sorprendió porque, apenas 15 minutos antes, yo había pasado por la iglesia y no había notado nada fuera de lo normal.
Regresé corriendo y encontré a muchos jóvenes acostados en el suelo frío, buscando refugio. Me dolió el corazón al verlos. Tuve que pedirles que salieran para que pudiera comenzar el ensayo del coro, pero sentí una profunda tristeza al verlos recoger en silencio sus pertenencias y esperar afuera, cansados e inseguros.
Después de Misa, supe más sobre ellos. Los diez jóvenes, de entre 19 y 31 años, eran todos de Indonesia. Durante una sencilla comida de arroz frito y huevos en un pequeño restaurante indonesio cerca de la iglesia, compartieron sus historias.
Cada relato era de traición y penurias. Fueron reclutados con promesas de buenos trabajos en Camboya y terminaron, en cambio, forzados a participar en operaciones fraudulentas.
Sus documentos fueron confiscados y quedaron atrapados, sufriendo abusos tanto físicos como emocionales. Un joven me mostró una herida abierta en la cabeza, cubierta de sangre seca. La mayoría parecía desnutrida y agotada. Solo uno tenía una pequeña cantidad de dinero. El resto no tenía nada, ya que no les habían pagado por su trabajo. Todos estaban hambrientos y exhaustos y sentí una oleada de impotencia y tristeza mientras les pagaba la cena, deseando poder hacer más.
Me dijeron que esa noche se había organizado un transporte para llevarlos a la embajada de Indonesia en Phnom Penh. Pero a medida que avanzaba el tiempo y llovía a cántaros, sus esperanzas se desvanecieron al caer la noche. A las 11:30 p. m., uno de los jóvenes me envió un mensaje de texto para decirme que el transporte no había llegado. Se me partió el corazón al leer su mensaje, sabiendo que no podía darle respuesta.
No se les permitía entrar en los edificios de la iglesia por las advertencias del gobierno respecto al alojamiento de extranjeros indocumentados: el riesgo de expulsión se cernía sobre cualquiera que intentara ayudar. Así que, mientras la lluvia azotaba la ciudad, estos jóvenes se agazapaban bajo los cenadores del patio de la iglesia, expuestos a las inclemencias del tiempo y agobiados por la incertidumbre.
Por la mañana, los jóvenes estaban aún más agotados. Con el deseo de mantenerlos a salvo, los llevé discretamente a una cafetería para que esperaran. Tomar el autobús era imposible porque no tenían documentos pero, con la ayuda de un amigo, conseguí una pequeña camioneta para que nos llevara a todos a Phnom Penh.
Esperamos más de cinco horas en esa cafetería y nos poníamos tensos cada vez que aparecía alguien con uniforme. Tenía los nervios a flor de piel. Me atormentaba la idea de que, si las autoridades se daban cuenta, estos jóvenes podrían ser detenidos. Pero, por la gracia de Dios, lo conseguimos.
Nuestro último reto fue el tráfico lento de Phnom Penh. Recé en silencio, sintiendo el peso de su sufrimiento y mi propia impotencia, a la vez que dejaba todo en manos de Dios. Milagrosamente, llegamos a la embajada a tan solo 10 minutos de que cerrara. Alguien de la embajada salió y acompañó a los jóvenes al interior. Cuando las puertas se cerraron tras ellos, por fin solté el aire que había estado conteniendo y susurré una oración de gratitud, aunque sigo llevando conmigo la pena de esa terrible experiencia.
Esta experiencia fue solo una de muchas en los meses recientes. Camboya ha comenzado a realizar redadas en centros de estafa en llamadas “zonas calientes” después de una creciente presión internacional. Miles de personas —muchas de las cuales son víctimas de la trata de personas— se han quedado divagando por las calles sin pasaporte, sin dinero y sin refugio.
El término “víctimas de estafa forzada” es uno que aprendí hace poco, pero los rostros detrás de esa etiqueta son ahora inolvidables para mí. La mayoría de estas personas fueron engañadas para terminar en centros de estafa cibernética por todo el sudeste asiático con promesas de trabajos mejor remunerados, solo para encontrarse atrapadas en la explotación y la miseria.
Es desgarrador presenciar de cerca el daño humano que esta crisis causa. En los últimos meses, he intentado ayudar a un joven de Uganda, a otro de Sierra Leona y ahora a los diez indonesios. El mes pasado, diez personas de Ecuador se presentaron en la iglesia, desesperadas y asustadas. El desafío es implacable. Cada día llegan caras nuevas, nuevas historias de dolor y pérdida.
Miles de personas duermen en las calles frente a las embajadas de sus países, aferrados a la esperanza de encontrar un camino de vuelta a casa. El único albergue en Camboya que ayuda a víctimas de trata está colmado y no puede acoger a nadie más. Otros albergues no pueden hacer nada por miedo a redadas y expulsiones del gobierno.
Las autoridades anunciaron la intención de eliminar todas las operaciones de estafa para finales de abril, pero esta campaña está provocando un éxodo masivo, y la mano dura, una crisis humanitaria. Estos sobrevivientes traumatizados se ven obligados a valerse por sí mismos, abandonados tanto por el gobierno camboyano como, en algunos casos, por sus propios gobiernos.
Al ser testigo de su sufrimiento, me siento abrumada por el dolor y la impotencia. Cada encuentro deja una cicatriz en mi corazón, recordándome que detrás de los titulares hay personas reales —asustadas, traumatizadas, hambrientas y anhelando dignidad y misericordia—. Su dolor permanece conmigo, alimentando una tristeza que no puedo expresar plenamente. Lo único que puedo hacer es ofrecerles algo de consuelo, rezar y recordarles el llamado a servir a los más vulnerables: ser una fuente de esperanza y refugio cuando más se necesita.
Recuerdo las palabras de Jesús en el Evangelio: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mateo 25, 40).
Imagen destacada: La misionera laica Maryknoll Thu Tam “T.T.” Hoang (en el centro) se ha hecho amiga de diez trabajadores migrantes indonesios explotados en Camboya. A medida que el Gobierno camboyano toma medidas enérgicas contra las operaciones fraudulentas, trabajadores como ellos —que habían sido “engañados” desde sus países de origen con la promesa de mejores empleos— se encuentran sin trabajo, abandonados y lejos de casa. (Cortesía Misioneros Laicos Maryknoll/Camboya).
