Jasmín tenía apenas 8 años de edad cuando falleció a causa de complicaciones derivadas del dengue y la neumonía. Era una de los once hijos de doña Julia y don Lucio, nuestros vecinos de la parroquia Santísima Trinidad, en la Amazonía boliviana. Conocí a Jasmín y a su familia hace dos años, cuando vine a servir en misión en marzo del 2024.
Jasmín era una niña vivaz y sonriente a la que le encantaba jugar y bailar. Participaba en las danzas tradicionales de su pueblo indígena mojeño, especialmente durante las celebraciones de Navidad y Pascua.
Falleció el 2 de febrero, día de la Presentación del Señor. Durante esta festividad la gente enciende velas que luego son bendecidas para que la luz de Jesús guíe a sus familias y sus hogares. En Bolivia y en otros países se le conoce como la Candelaria, ya que María dio a luz a Jesús, y él es la luz que todo el mundo puede ver.
Tras la Misa de Resurrección en nuestra iglesia parroquial, toda la comunidad mojeña acompañó a la familia en una silenciosa procesión hasta llegar al cementerio. Se encendieron velitas y se colocaron alrededor de la tumba de Jasmín. Todo ello fue un símbolo de que Jesús ha vencido la oscuridad y la tristeza de la muerte con la luz de su resurrección.
Todos en la comunidad nos hemos entristecido por la muerte de Jasmín, a quien su madre llamó así por la flor de jazmín. Creo que esta niña, que era como una flor fragante, jamás se desvanecerá; brilla como su nombre, viviendo eternamente en el amoroso abrazo de Jesús, la luz del mundo.
V isitar una prisión puede ser intimidante cuando pasas por seguridad y las puertas se cierran a tus espaldas. Fue allí que conocí a un joven de 19 años condenado a 12 años por actividad pandillera y narcotráfico. En nuestras charlas, el joven hablaba de su infancia en la pobreza, el rechazo de un padre alcohólico y el abuso físico constante. Abandonó su hogar a temprana edad y se unió a otros jóvenes que desahogaban su ira con violencia. Entre más compartía su historia y clamaba a Dios pidiendo ayuda, una mayor claridad interior comenzó a aflorar. Pudo reconocer el daño extremo que su ira había causado.
Como el recaudador de impuestos del Evangelio de San Lucas, él experimentó el amor misericordioso y compasivo de Dios. Tomó la decisión de abandonar la pandilla y sus actividades.
Tras doce años de sufrimiento, este joven salió de prisión transformado. Por la gracia de Dios, conoció la Verdad, y fue ésta que lo liberó.
Presos en una cárcel de Estados Unidos. (CNS/Gregory A. Schemitz/EE. UU.)
[dropcap]P[/dropcap]articipo en el programa de Alcohólicos Anónimos en Mombasa, Kenia, donde sirvo como misionero laico Maryknoll. Asisto a cuatro reuniones semanales y apadrino a hombres jóvenes. A mis 74 años, la mayoría de la gente me parece joven. Les ayudo a trabajar los Doce Pasos y a practicar los principios de AA (Alcohólicos Anónimos) para mejorar sus vidas y las de quienes los rodean. Dejar la droga es el primer paso. Encontrar apoyo espiritual y comunitario es el segundo. Los adictos lo han perdido todo: trabajo, familia, vivienda e integridad, algo que quizás nunca tuvieron desde el inicio. Cuando alguien acude a AA en busca de alivio, conserva un mínimo de dignidad. Esa es la parte que trabajamos: el deseo de ser mejores. Mediante la oración, la confianza en un poder superior y el desarrollo de una nueva vida en sobriedad, los adictos aprenden a transformar su sufrimiento en momentos de esperanza, un día a la vez.
Misionero laico Maryknoll, Francis Wayne, sirve en Kenia. (Cortesía de Francis Wayne/Kenia)