Una voluntaria de corto tiempo en Taiwán aprende lecciones de vida en un centro de acogida Maryknoll para migrantes.
Por Antonia Soave
Una de mis mayores alegrías durante mi estancia como voluntaria en Ugnayan, el proyecto para migrantes en Taiwán dirigido por el Padre Maryknoll Joyalito Tajonera, tuvo lugar lejos del centro de acogida. Ocurrió en el centro recreativo de la comunidad local, donde nadaba varias veces a la semana.
Casi todos los días, en el centro de acogida, alguien me preguntaba: “¿Adónde vas?” o “¿Dónde has estado?”. Me veían salir a dar mis paseos de cinco kilómetros, subir los cinco tramos de escaleras del centro, coger el autobús local, ir al gimnasio y volver con historias de los lugares que había explorado.
Parecían desconcertadas, no solo por mi presencia en Ugnayan, sino también por mis salidas diarias.
Las mujeres del centro de acogida y yo habíamos llevado vidas muy diferentes. Yo había sido en el pasado misionera laica Maryknoll y estaba valorando la posibilidad de volver a la misión. Ellas eran trabajadoras filipinas en el extranjero que, tras haber dejado su país en busca de trabajo, se habían visto envueltas en situaciones que las llevaron al centro de acogida. Con el apoyo de la parroquia Tanzi de Maryknoll en Taichung, el centro Ugnayan, significa “conexión” en tagalo, una de las principales lenguas de Filipinas.
A medida que fui conociendo mejor a las mujeres durante mi estancia, de febrero a abril, me di cuenta de que muchas rara vez salían del refugio a menos que fuera absolutamente necesario. Estaban profundamente agradecidas por tener un lugar seguro donde quedarse y sus vidas se habían convertido en una espera constante.
Estaban atentas a que un intermediario laboral las llamara con noticias de otro trabajo. Esperaban en los hospitales los resultados de las pruebas o los tratamientos de quimioterapia. Esperaban en las oficinas públicas visados, permisos de trabajo y renovaciones de documentos. Esperaban en las paradas de autobús, esperaban los fines de semana y esperaban su próxima oportunidad. Por encima de todo, esperaban el día en que pudieran volver a sostener a sus familias o regresar a casa.
Esperar ya no era solo algo que hacían: se había convertido en el propio ritmo de sus vidas. Sentada con las mujeres después de las comidas, a menudo me preguntaba si toda esa espera las había convencido silenciosamente de poner en suspenso su propia vida. Estaban tan agradecidas, simplemente por tener un techo bajo el que cobijarse, que parecían reacias a permitirse pequeños placeres revitalizantes: un paseo por el barrio, una visita al centro de recreación o una tarde en la piscina.
En el albergue de Maryknoll para trabajadores migrantes, llamado Ugnayan (una palabra filipina que significa «conexión»), los residentes y los voluntarios realizan juntos tareas domésticas, como preparar las comidas. (Paul Jeffrey/Taiwán)
No intentaba imponerles una rutina de ejercicio. Solo quería que recordaran que eran mucho más que trabajadoras a la espera de una oferta de empleo. Eran mujeres que merecían alegría, amistad, risas, salud y momentos de paz y tranquilidad.
Quizá por eso nunca dejé de invitarlas a nadar conmigo.
Al principio, las respuestas eran siempre las mismas:
“No sé nadar”.
“No tengo ropa de baño”.
“El agua está demasiado fría”.
“Quizá la próxima vez”.
Cada invitación terminaba con una excusa educada y una cálida sonrisa. Aun así, seguí insistiendo. Entonces, justo dos semanas antes de marcharme de Taiwán, ocurrió algo maravilloso. Tres mujeres me sorprendieron con un “sí”.
Reunimos ropas de baño, pantalones cortos y camisetas. Con unos sencillos retoques, de repente lo que había parecido imposible se convirtió en algo encantadoramente factible.
En el centro recreativo, las mujeres observaban con gran curiosidad mientras yo compraba las entradas y les mostraba las instalaciones. Juntas, exploramos el sauna, el turco, el jacuzzi, los chorros de agua y las piscinas poco profundas. Se reían con la alegría desenfadada de unos niños en una excursión escolar.
Al final, señalé la piscina de entrenamiento.
“No tienen que nadar largos trayectos”, les tranquilicé. “Simplemente metámonos en el carril poco profundo”.
Poco a poco, una a una, se metieron en el agua.
Una de ellas me preguntó si podía enseñarle a flotar. Nunca olvidaré ese momento. No se trataba solo de flotar en el agua; se trataba de confiar lo suficiente en alguien como para dejarse llevar.
Nuestra salida se prolongó durante tres horas y media inolvidables. Sus risas, sus sonrisas radiantes, su relajación y el puro deleite de probar algo nuevo hicieron de aquel día uno de los más felices de toda mi misión. Meses después de volver a casa, una de las tres mujeres me escribió para decirme que seguía yendo a la piscina.
En realidad, nunca se trató de nadar. Se trataba de recuperar la confianza. Se trataba de darse permiso para reír, moverse y cuidar del propio cuerpo y del espíritu, incluso en medio de la incertidumbre.
Antonia Soave, voluntaria de corta duración de Maryknoll (primera de derecha a izquierda), y Paschal Madukwa, seminarista de Maryknoll que está realizando una formación en el extranjero en Taiwán, disfrutan de una excursión con las trabajadoras migrantes filipinas Mercy y Precious. (Cortesía de Antonia Soave/Taiwán)
Ayudar a los trabajadores migrantes a conseguir empleo y a superar las dificultades formaba parte oficialmente de mi labor como voluntaria a corto plazo. Ayudar a tres mujeres a redescubrir la alegría nunca formó parte de la descripción de mi trabajo. Sin embargo, resultó ser una de mis labores más significativas.
Al concluir mis tres meses en Taiwán, reflexioné sobre lo que me llevaría a casa. Los mayores regalos que traje conmigo eran totalmente invisibles.
Los trabajadores migrantes filipinos se convirtieron en mis mejores maestros. Me mostraron cómo es el verdadero valor cuando un padre o una madre deja atrás a toda su familia para construir un futuro mejor para sus hijos, a quienes quizá no vea durante años. Me enseñaron lo que es la resiliencia ante la incertidumbre, la fe cuando el mañana sigue siendo una incógnita y cómo aferrarse a la propia dignidad cuando las circunstancias amenazan con mermarla.
También me enseñaron el arte de esperar.
Nunca he sido una persona particularmente paciente. Sin embargo, observé cómo estos hombres y mujeres soportaban largos períodos de espera con una gracia y una perseverancia increíbles: esperando una llamada telefónica, una cita con el médico, un permiso de trabajo o, simplemente, que la vida volviera a empezar. Al acompañarlos durante esos días de incertidumbre, empecé a aprender el sutil arte de soltar lastre —no rendirme, sino entregar lo que no puedo controlar mientras me aferro con fuerza a la esperanza.
Pensando en mi experiencia, me doy cuenta de que mi mayor contribución nunca fue resolver problemas complejos, sino simplemente estar presente. Escuchar. Caminar a su lado. Compartir comidas, oraciones y risas. E invitar a tres mujeres a una piscina donde, durante una tarde, la espera finalmente dio paso a la vida.
Cuando, meses más tarde, supe que una de ellas había seguido yendo a la piscina, mi corazón se desbordó de alegría. Fue un silencioso recordatorio de que el ministerio rara vez se mide por grandes logros, sino por la sutil confianza que ayudamos a despertar en el corazón de otra persona.
Antonia Soave es una exmisionera laica Maryknoll, procedente de Míchigan, y ha servido en misión en Perú y Guatemala. Retornará a ser parte de los Misioneros Laicos Maryknoll en la próxima clase del 2026.
Imagen destacada: Tres mujeres del albergue para trabajadores migrantes que dirige el Padre Maryknoll Joyalito Tajonera como parte del ministerio parroquial de la Iglesia Católica de Tanzi en Taiching, Taiwán, salieron del albergue Ugnayan para ir a nadar a una piscina local, animadas por la voluntaria de Maryknoll Antonia Soave. (Cortesía de Antonia Soave/Taiwán)