Un sacerdote Maryknoll en Japón sirve a migrantes procedentes de su país natal, Vietnam.
Cuando el Padre Maryknoll Lo Xuan Dam habla de su familia, especialmente de su madre, recuerda cómo sus padres lucharon por criar a nueve hijos en Vietnam durante la división y la guerra, y el papel que desempeñó la fe católica en sus vidas.
“No vengo de una familia católica de generación en generación”, dice el Padre Dam, que creció en un país históricamente budista. “En mi familia, la primera en convertirse a la religión católica fue mi madre”. En aquella época, cuenta, “entre muchos vietnamitas aún existía la creencia sesgada de que el catolicismo era la religión de Occidente, y eso significaba la religión del colonialismo”.
En 1951, en plena guerra de Indochina francesa, en medio del hambre y el desplazamiento bajo el dominio francés, su madre abrazó la fe católica. El misionero cuenta que ella encontró consuelo y apoyo en la Iglesia, lo que llevó a bautizar a sus entonces seis hijos. Tras la división del país y el traslado de la familia a Vietnam del Sur, su padre también se convirtió al catolicismo.
El Padre Dam, el menor de nueve hermanos, nació en Saigón (hoy Ciudad Ho Chi Minh). Cuando llegó a sexto grado, su madre lo matriculó en un seminario menor salesiano. “Ella quería que me hiciera sacerdote”, dice el Padre Dam. Recuerda que “en 1975, cuando los comunistas tomaron el control de todo el país, disolvieron todas las escuelas católicas”, lo que lo obligó a terminar sus estudios de secundaria y universitarios en escuelas públicas administradas por el régimen comunista.
Tres décadas después de llegar por primera vez a Japón como seminarista para su formación en el extranjero, el misionero sirve a trabajadores migrantes de su país natal, Vietnam. (Adam Mitchell/Japón)
“Creo que la semilla de la vocación ya estaba plantada”, dice. “Los años en que crecí en Vietnam bajo el estricto régimen comunista fueron muy difíciles en muchos aspectos de mi vida, así que quizá parte de eso me llevó de vuelta a la idea de la vocación”.
Desde la década de 1980, señala, Vietnam ha experimentado una apertura económica y social, aunque sigue bajo un sistema de partido único. “Somos más libres que antes, pero aún no tenemos plena libertad religiosa porque el gobierno sigue intentando manipular y controlar a la Iglesia”, afirma.
Cuando cayó Saigón, dos de los hermanos del Padre Maryknoll Dam huyeron y se reasentaron en Estados Unidos. Su madre falleció en 1983 y él, su padre y otros dos hermanos emigraron a Estados Unidos en 1991, con el patrocinio de sus hermanos ya establecidos en el país.
“Cuando llegué a Estados Unidos, inmediatamente quise encontrar un lugar que me ayudara a seguir mi vocación, y me contacté con Maryknoll”, dice el Padre Dam. Muchas personas le sugirieron que se uniera a una diócesis, dice, pero tras vivir 16 años bajo el régimen comunista, sintió que Estados Unidos era “demasiado rico, demasiado cómodo” para él.
Fue admitido en Maryknoll en 1993 y ordenado sacerdote siete años después.
“Quería ir a algún lugar donde la gente me necesitara más”, dice el Padre Dam, que ahora tiene 65 años.
Durante su Programa de Formación en el Extranjero, que brinda a los candidatos a sacerdotes y hermanos Maryknoll una experiencia misionera, pasó más de un año en Japón, aprendiendo el idioma, y luego seis meses sirviendo en parroquias de la Diócesis de Kioto.
“Japón es muy interesante porque, en algunos aspectos, suele ser familiar, ya que tanto Vietnam como Japón son países del este asiático y compartimos la ‘cultura de los palillos’, por así decirlo”, afirma. Ambos países están influenciados por el confucianismo y el budismo.
Los jóvenes feligreses, la mayoría inmigrantes, de la iglesia católica en Toyama, una ciudad en Japón, asisten a la Sagrada Misa celebrada por el Padre Maryknoll Lo Xuan Dam. (Adam Mitchell/Japón)
Los misioneros Maryknoll en Japón se enfocan principalmente en el ministerio parroquial, explica, aunque algunos también han desarrollado programas sociales, como la asistencia a las personas sin hogar.
En los últimos años, el envejecimiento de la población japonesa ha llevado al país a abrirse más a la inmigración, aunque muchos japoneses no estén culturalmente acostumbrados a ello, afirma.
En zonas turísticas como el barrio de Roppongi, en Tokio, conocido por su vida nocturna, muchos visitantes asisten a Misa, mientras que en las provincias la mayoría de los asistentes son trabajadores migrantes que a menudo no hablan ni japonés ni inglés.
El Padre Dam explica que Japón no reconoce oficialmente a los trabajadores inmigrantes. En su lugar, se les califica de ‘aprendices’ que se forman en un oficio durante una estancia de tres años antes de, supuestamente, regresar a sus países de origen para poner en práctica sus habilidades. Cuestiona las cifras oficiales sobre cuántos regresan realmente a casa, y añade: “Vienen aquí a trabajar”.
La mayoría de los inmigrantes realizan trabajos conocidos como las tres D —en idioma inglés dirty, difficult and dangerous— que son trabajos sucios, difíciles y peligrosos, los cuales la mayoría de los japoneses no están dispuestos a hacer, afirma. El país “necesita millones” de trabajadores poco cualificados, añade.
“Los vietnamitas son el grupo más numeroso”, dice el Padre Dam, junto con otros grandes grupos de trabajadores migrantes procedentes de China y Filipinas.
La labor pastoral del Padre Dam se enfoca principalmente en ayudar a los vietnamitas en Japón, de los que estima que alrededor del 10 % son católicos, aunque no se dispone de estadísticas oficiales. Afirma que no es fácil para los católicos encontrar una parroquia en Japón, donde menos de la mitad del uno por ciento de la población es católica.
Dada la escasez de iglesias católicas, los inmigrantes católicos vietnamitas forman comunidades que acogen a los recién llegados, celebran Misa, reciben los sacramentos y participan en eventos especiales. El misionero viaja con regularidad para visitar estas comunidades y otras parroquias.
Dam es ordenado el 2000 por el arzobispo Francis Hurley, de Anchorage, Alaska, en la capilla Nuestra Señora Reina de los Apóstoles. (John Argauer/EE. UU.)
El Padre Dam señala que no hablar japonés es un gran obstáculo para la integración de los trabajadores vietnamitas, pero muchos prefieren enfocarse en trabajar y ahorrar dinero para volver a Vietnam en lugar de adaptarse plenamente a la sociedad japonesa.
La población japonesa suele ver a los migrantes como un problema, afirma. Sin embargo, el misionero Maryknoll coincide con lo que dijo el cardenal Tarcisio Isao Kikuchi, arzobispo de Tokio, en una entrevista del 2024: “Creo firmemente que los inmigrantes no son un problema, sino una esperanza para la Iglesia. Ofrecen a la comunidad católica una oportunidad única para crecer, especialmente con los jóvenes, y para proclamar el Evangelio en zonas donde no hay una presencia activa de la Iglesia”.
El misionero Dam dice que la gente tarda en cambiar de actitud. Espera que la situación de los inmigrantes en Japón mejore en los próximos años y subraya que los migrantes no son solo el futuro de la Iglesia en Japón, sino también su presente. El Padre Dam señala que la vitalidad de muchas parroquias se debe a los inmigrantes, ya que los jóvenes japoneses rara vez concurren a la Misa dominical.
Los inmigrantes en Japón buscan principalmente fe y compañía, afirma. Así como su mamá encontró refugio en su fe, él espera que ellos también se sientan como en casa.
“Vienen a la iglesia también porque quieren encontrar compatriotas, actividades en su lengua materna y compañía”, explica. “Es una gran oportunidad para nosotros llegar a la gente, y tenemos un flujo constante de personas que se informan sobre la Iglesia y se convierten en católicas”.
Este artículo se basa en una entrevista realizada en Toyama, Japón, por Adam Mitchell.
Marietha Góngora V., periodista bilingüe, escribe para medios de comunicación católicos. Originaria de Colombia, reside en Maryland.
Imagen destacada: El misionero Dam sirve en la iglesia de Toyama, Japón, donde ofrece el mismo refugio de fe que su familia encontró en la Iglesia. (Adam Mitchell/Japón)