UN SEMINARISTA MARYKNOLL REFLEXIONA SOBRE SU CAMINO VOCACIONAL MIENTRAS SE PREPARA PARA SU ORDENACIÓN
Entre los recuerdos más tempranos de la infancia de Victor Mutobera se encuentra el de jugar a celebrar la Misa. “Solía reunirme con mis amigos y mi hermano gemelo y nos asignábamos papeles”, recuerda el seminarista Maryknoll. “Algunos formaban el coro, otros actuaban como lectores y yo hacía de sacerdote”.
El joven Victor recuerda que rodaba una vieja llanta de automóvil por la carretera, diciendo que iba de viaje a una aldea para celebrar la Misa.
El diácono transitorio, quien será ordenado sacerdote el 6 de junio, nació en el seno de una devota familia católica en Kakamega, Kenia. Sus padres lo bautizaron siendo un bebé y lo criaron junto a sus nueve hermanos.
Al convertirse en acólito en su parroquia, Mutobera viajaba a menudo con sacerdotes a capillas en estaciones misioneras periféricas. Era una experiencia que disfrutaba, afirma. Recuerda que la gente le decía: “Vas a ser un buen sacerdote”.
Asistió a un seminario menor diocesano —equivalente a la escuela secundaria— mientras contemplaba ingresar al seminario mayor. Sus padres le aconsejaron: “Obtén un título universitario primero. Si Dios te sigue llamando después de eso, podrás unirte al seminario”.
Mientras estudiaba en la Universidad Kenyatta en Nairobi, Mutobera conoció al Padre Lance Nadeau, quien entonces era capellán católico y hoy es el superior general de la Sociedad de Maryknoll. “Lo que más me inspiró fue la forma en que predicaba el Evangelio, tanto con sus palabras como su estilo de vida. Fue un gran ejemplo para mí”, dice Mutobera. “Sus homilías eran tan profundas y conmovedoras que la capilla no tenía capacidad para todos, así que instalábamos carpas afuera”. Los sermones, añade, “me hicieron reflexionar profundamente sobre mi vocación”.
Victor Mutobera, acompañado de sus padres Roselyn Barasa y Timothy Mutobera, conoció al Padre Maryknoll Lance Nadeau cuando era estudiante en Kenyatta University, Kenia. (Cortesía de Victor Mutobera/Kenia)
El joven Mutobera completó una licenciatura en Economía y Estadística. Durante sus vacaciones universitarias, visitó las misiones de Maryknoll en Tanzania. También viajó a Turkana, en la región norte de Kenia, donde el Padre Nadeau apoyaba una misión que ayudaba a los pescadores a mejorar sus destrezas y a dignificar su modo de vida.
Ese fue el punto de inflexión para Mutobera. “El Padre Nadeau entregó su vida por mi pueblo”, afirma. “A esto es a lo que quiero dedicar mi vida”. Se unió a los Padres y Hermanos Maryknoll en 2018.
Mutobera estudió filosofía en la Universidad Tangaza en Nairobi, y en 2019 viajó a Chicago para comenzar su año de espiritualidad con la sociedad misionera.
Asistir a la iglesia en Estados Unidos por primera vez resultó ser una experiencia bastante diferente, recuerda, pues estaba acostumbrado a celebraciones en las que la gente cantaba, bailaba y aplaudía. “Aquí me encontré con una Misa solemne, con una sola persona cantando en el coro y el resto de la congregación escuchando”, relata. “Con el tiempo, comencé a reconocer cuán significativa y hermosa era la Misa, así como su música”.
La formación de Maryknoll para sacerdotes y hermanos incluye dos años de misión en el Programa de Entrenamiento en el Extranjero de la sociedad. Mutobera fue asignado a Bolivia, donde valoró el fuerte sentido de comunidad y la cultura centrada en la familia. Al principio, se alojó con una familia anfitriona. “Encontré alegría al estar con ellos, a pesar de que no entendía el español”, dice. “El simple hecho de estar allí y escuchar me ayudó a construir una relación con la familia”.
“Valoramos su humildad, sus valores espirituales y su vocación de ayudar a los más necesitados”, afirma René Arze, el padre anfitrión de Mutobera. La familia se sintió inspirada a ofrecerse como voluntaria en los ministerios del seminarista.
Mutobera dio tutoría a estudiantes de bajos recursos en el programa Apoyo Escolar del Hogar Cristo Rey en Cochabamba, Bolivia. (Cortesía de Victor Mutobera/Bolivia)
“Fue verdaderamente inspirador ver el afecto y el respeto que él recibía de parte de los niños y jóvenes a quienes asistía”, continúa Arze. “Me siento profundamente honrado cuando me llama ‘papá’”.
El servicio de Mutobera en Cristo Rey —un orfanato dirigido por los agustinos para niños y adolescentes que han sufrido violencia— consistía en cuidar de quienes habían sido retirados de sus familias o abandonados.
“Ayudé a los niños con la lectura y les enseñé valores esenciales para una buena vida cristiana. Una misionera franciscana laica y yo hablamos con los adolescentes sobre la esperanza, la importancia de la confianza, la amistad y el papel del amor de Dios”, relata el seminarista. “Había niños interesados en aprender música. Les enseñé a tocar la guitarra”. Y añade: “Cristo Rey proporcionó un entorno excelente para que los niños experimentaran el amor y el sentido de familia que tal vez no habían tenido”.
Además de su ministerio en Cristo Rey, el seminarista participó en visitas pastorales a dos prisiones en Cochabamba. Allí, los misioneros dirigían servicios religiosos y ofrecían la Sagrada Comunión a los reclusos.
Durante su Programa de Entrenamiento en el Extranjero, Mutobera también colaboró con la misión Maryknoll en la Amazonía. En una parroquia rural situada en el Territorio Indígena y Parque Nacional Isiboro Sécure (TIPNIS), impartió clases de catecismo, llevó la Comunión a los enfermos y acompañó a los sacerdotes a comunidades remotas para celebrar la Misa.
Hace tres años, el seminarista regresó a Chicago para continuar sus estudios teológicos en la Catholic Theological Union. Mientras cursaba su maestría en Divinidad, prestó servicio pastoral en la parroquia Madre de las Américas, ubicada en la comunidad de Little Village. El español que había aprendido en Bolivia le ayudó a servir a los feligreses hispanos.
En Madre de las Américas, Mutobera impartió clases de catecismo para jóvenes, supervisó a los acólitos y se ofreció como voluntario en el ministerio de migrantes de la parroquia. “El ministerio consiste en ser vecinos justos y buenos, hermanos y hermanas, y en compartir el amor de Dios con quienes más lo necesitan”, afirma. Cada sábado, la parroquia abre su despensa de alimentos y ofrece comida y ropa a unas 350 personas.
Mientras estudiaba para su maestría de Divinidad en Chicago, Mutobera sirvió junto a otros voluntarios en el ministerio para inmigrantes de la parroquia Madre de las Américas, Chicago. (Octavio Durán/EE. UU.)
Maribel Lenus, directora del ministerio de migrantes, dice que su objetivo es apoyar a la comunidad, especialmente a los feligreses que viven en las sombras. Algunos han dejado de trabajar, comenta. Los niños de familias sin ciudadanía ni residencia permanente tienen miedo de asistir a la escuela, pues sienten la angustia de que sus padres puedan ser detenidos por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de los Estados Unidos (ICE por sus siglas en inglés). El ministerio consiste en informar a los inmigrantes sobre sus derechos.
Lenus añade que está agradecida por la compasión que Mutobera ha demostrado al ayudar a los demás.
“La misión implica construir vínculos con otras personas que pueden ser diferentes a nosotros”, dice Mutobera, “pero estamos unidos por el amor de Dios”. La gracia de Dios continúa siendo evidente a lo largo de su camino vocacional, dice. “Descubrí el amor, la alegría y a Cristo en las personas con las que me encontré”.
Mutobera comenta que ha aprendido lecciones muy valiosas de sus compañeros seminaristas y misioneros; en particular, del rector de formación, el Padre Maryknoll Brian Barrons: “Él enfatizó la importancia de la participación comunitaria y del trabajo en equipo”.
El Padre Barrons, que visitó el pueblo natal de Mutobera el verano pasado, dice que allí pudo ver cómo la fe, la personalidad y la vocación del seminarista se forjaron en el seno familiar
“El amor de Victor por Dios y por el pueblo de Dios le será de gran ayuda en su misión”, afirma. “Se percibe su calidez en las cosas que hace, en las palabras que utiliza para cobijar y animar a los demás y, muy especialmente, en su estilo de vida, tan semejante al de Cristo. Es un verdadero discípulo misionero”.
Después de ocho años de preparación, Mutobera, de 36 años, mira hacia el futuro y aguarda su ordenación. “Me siento profundamente agradecido en este momento de mi vida”, dice. “Rezo para que el buen Dios continúe guiándome.”
Imagen destacada: El seminarista Victor Mutobera, 36, en la Casa de Formación Maryknoll en Chicago en esta fotografía, será ordenado sacerdote Maryknoll el 6 de junio después de ocho años de estudio y formación misionera. (Octavio Durán/EE. UU.)
